Yo soy como Pablo Milanés cuando canta: “Yo no te pido que me firmes, diez papeles grises para amar” o soy partidario de aquella propuesta formulada por una política alemana de promulgar una legislación para que el matrimonio tenga una fecha de expiración.
No me veo parado frente a un altar vestido de pingüino, simulando una fe que no profeso. No me veo haciendo juramentos y promesas que tal vez algún día no pueda cumplir. No me veo caminando por el medio de una iglesia y que todo el mundo me esté mirando, cuchicheando y otros rajando, los que nunca faltan. No me veo saliendo de una iglesia y ver las caras de mis hermanas, tías y primas aventándome arroz, tan caro que está. De mis amigos no lo espero, porque estoy más que seguro que sólo se aparecerían a la fiesta diciéndome “ya pues Eduardito donde están las chelas”.
No me veo firmando unos cuantos papeles con un sujeto que me está filmando y otro más atrás diciéndome, “espera, espera” y mientras yo hago la finta que firmo con una sonrisa forzada, me estampa el flash en la cara para que quede el recuerdo de una sentencia voluntaria.
No me veo en esos estúpidos juegos de sacar la liga de la pierna de la novia y que la gente todavía grite “oeeee, suave” como si aún no conociese todos esos lugares de la anatomía de mi supuesta novia. Y no me veo más aún pararme al frente, dando la espalda a los solteros y que un animador de barrio me diga bajito “shhh a la tercera avientas la liga para ponerle más emoción”. De lo que si estoy seguro, es que si aventase la liga, todos mis amigos correrían, se alejarían, se abrirían como si lo que cayera fuera una bombarda que aquel que la toque será la próxima víctima de una muerte anunciada.
No me veo bailando el danubio azul o el ahora ya clásico “tiempo de vals” de chayanne, en versión 12 pulgadas, con todas las tías, hermanas, primas, amigas, acercándose una tras otra con una sonrisa burlona como diciéndome “te cagaste”.
No me veo gastando los ahorros de toda mi vida en una ceremonia, una boda que sólo dura 24 horas a lo mucho. No me veo dándole de comer y beber gratuitamente a familiares, amigos y paracaidistas que nunca falta, a cambio de recibir unos cuantos regalos comprados en “Mesa Redonda”. Un reloj de pared de 10 soles. Un juego de tazas chinas de 20 soles. Tres cuadros pacharacos, una plancha Imaco o una olla arrocera Miray.
Podrán acusarme de insurgente, de rebelde a las buenas costumbres. Pero déjenme sustentar aún más mi teoría, con el recuento de algunos matrimonios a los que he asistido:
Primer caso
En enero de 1996 se casó mi gran amigo Raúl, El Raulito, militar él. Después de un corto noviazgo con Adriana decidieron que lo mejor era casarse y continuar el camino juntos. Para esa fecha, haciendo un gran esfuerzo Raulito había logrado agenciarse de un dinero a costa de privaciones y dietas forzosas. En realidad era poco, pero al fin y al cabo tenía un gran valor por todo el sacrificio que había hecho con Adrianita para poder atender a los invitados.
Llegó su día “D”, su día clave. Se casó en una ceremonia sencilla y luego todos pasamos al salón de recepción. Empezó la fiesta con un equipo cuadrafónico (como ponen en las tarjetas de polladas) y el bar estaría surtido de la rica y refrescante rubia, pero oh! Sorpresa! El poco dinero que con mucho esfuerzo había logrado juntar el buen Raulito no alcanzó para abastecer esa sed de náufragos de toda la sarta de galifardos que tenía por amigos. Los que, todavía en un acto de “irrespetuosidad” no asistieron a la ceremonia, sino, como buenos peruanos, fueron de frente al salón de recepción. Que felicidad de Raulito ni que ocho cuartos, que venga las chelas gratis, la comida y las hembritas.
Pero el poco dinero no alcanzó para comprar un par de camionadas de cerveza que estimo sería lo suficiente para saciar la sed devoradora de la mancha, sino para una modesta cantidad de 30 cajitas.
El hecho es que se acabó la cerveza, se acabó la fiesta. Mejor vamos a otro lado y que empiece el raje.
Situación actual de Raul y Adriana a la fecha: Separados.
Segundo caso
En 1998 se casó mi amiga Liliana. Lindísima ella. Era una chinita finita de linda sonrisa. Graciosísima. Estaba estudiando para profesora en un instituto local. Solía estar siempre con nosotros, pero no sé en que momento y bajo que circunstancias conoció a un sujeto que la enamoró y para colmo de males la embarazó en el poco tiempo que estuvieron juntos. Y no es que defienda a mi amiguita o la unidad de grupo de aquella época, pero este sujeto era un vago. No estudiaba ni trabajaba. De vez en cuando le salía algún cachuelo poco significativo. Y para colmo de males, que Dios me perdone por lo que voy a decir, pero no encuentro otra frase mejor que describa a este sujeto, era un feo de mierda. No era feíto, era un feo de mierda con las letras bien puestas. Y que conste que no es que esté derramando bilis por haber tenido algún interés sentimental por Lilianita, sólo estoy tratando de ser lo más objetivo. No encuentro otro calificativo mejor que ese.
El hecho es que los padres de mi amiguita decidieron que debía casarse. Así ellos corrieron con todos los gastos (de donde pues! Si el otro ni trabajaba!) y se organizó la famosa ceremonia en noviembre de 1998.
Nunca vi una ceremonia tan radicalmente separada. La familia de la novia todas “fashion” para el lado derecho, dignos de una página de Sociales de El Comercio; y la familia del novio, todos feos para el lado izquierdo, dignos de alguna página de cine de terror.
Nadie se atrevía a cruzar esa línea divisora imaginaria trazada en el centro del salón de recepciones, para ir a sacar a bailar a alguien del lado opuesto.
Situación actual de Liliana: A punto de separarse, con 3 hijos.
Tercer caso
Cuando se casó Rosmery mi amiga entrañable de casi toda una vida me dio mucha alegría. Había tenido un noviazgo por más de 10 años. Habían pasado mil y un situaciones, desde pequeñas peleas, separaciones, postergaciones de boda por quedarse sin trabajo, etc. Etc. El hecho es que después de haber trabajado ella y su novio denodadamente habían alcanzado una estabilidad económica por encima del promedio nacional y por lo tanto habían juntado lo suficiente como para tener una boda digna. Yo estuve con ella en varios pasajes de los preparativos de su boda. Algunas veces cuando su novio no podía acompañarla, yo solía hacerlo. Ir al centro de Lima. Escoger las mejores tarjetas de invitaciones, recuerdos. Hacer contrato para la elaboración de la torta. Alquiler de la limousina, vestido de novia, etc.etc. Rosmery en esos meses previos a la boda bajó de peso tan rápido por todo el stress que si se hubiera metido en un gimnasio en ese tiempo.
El hecho es que llegó la boda. Ella y su novio gastaron una buena suma de dinero en la ceremonia. Había orquesta, sonido, vino, cerveza, whisky, champagne, comida para todos sin excepción.
La pobre Rosmery durante la ceremonia, el clásico paseíto antes de ir al salón de recepciones y durante los ritos que dura la boda se la pasó preocupándose que todo esté en orden, que a nadie le falte nada. Que todos coman y tomen. Es decir se la pasó preocupándose por todos y fue la que menos se divirtió.
Sus amigos y yo, no podíamos corresponder de mejor manera esa preocupación que comer y chupar como desgraciados, como alcohólicos no anónimos, como camión succionador de aniegos de sedapal. A costas del pulmón de Rosmery y su novio, dimos rienda suelta a nuestros voraces apetitos de comida y alcohol.
Situación actual: Su esposo perdió el trabajo. Se separaron. Un hijo.
Podría seguir relatando otros casos más, en donde después de un gran esfuerzo y querer atender a todos los invitados, reciben a cambio un raje tremendo, como las clásicas frases que he escuchado “Que vergüenza, no había cerveza y todos estábamos mirándonos las cara”, “Que roche, donde se ha visto eso, haciendo una chanchita para comprar el trago, si no tienen plata no deben invitar entonces”, “Viste el vestido de la novia, horrible, a cuanto lo habrá alquilado… seguro el más barato”, “La comida estaba fea, creo que hasta ya se estaba malogrando el pollo”, “Que ridícula la familia de la novia, se adueñaron de la cocina y sólo repartían la comida para ellos… y nosotros nada”, “Ese es su novio de fulanita… bien chancadito el pobre”, “tamare, sutanito debe estar bien desesperado para casarse con esa gorda”.
Y termino negándome rotundamente a casarme. A firmar un sentencia voluntaria. ME NIEGO!!!