Creo que todo se remonta a la etapa de la adolescencia, cuando empezamos a postergar los juegos de pelota por andar más con el sexo opuesto, con las chicas de nuestra edad o menores que nosotros. Creo que ahí empezó todo. Nunca fui bueno en el juego del flirteo. Por el contrario diría yo que fui tímido y torpe. Sumado a esto mi falta de pericia en los bailes de moda y por andar metido en cuestiones de Rock and Roll y del principio “yo no bailo lo que no me gusta” me vi postergado a pasarme las fiesta sin bailar. Aquella época coincidió, para mi mala suerte, con el “boom” de la salsa sensual por lo que con mayor razón me desaparecí prácticamente de discotecas o fiesta porque simplemente me aburría.Toda mi ideología y mis principios del rock se fueron al tacho cuando conocí a mi primera enamorada y por ella aprendí los pasos básicos de la salsa y el merengue y bailé con y por ella infinidad de canciones de ritmos caribeños y de una patada lancé lejos esa idea de no bailar lo que no me gusta. Por eso siempre he pensado que las mujeres de alguna manera dominan el mundo y sólo ellas pueden quebrantar cualquier cosa, cualquier idea, cualquier principio, cualquier moral, tarde o temprano. Sólo es cuestión de tiempo.
Bueno como repito nunca fui bueno con las jovencitas, sin embargo me fue mejor con las mayores. Me llevaba tan bien con las mayores que las mamás de mis amigas querían que estuviera con sus hijas. El problema es que las hijas no querían estar conmigo.
Y no hay prueba más irrefutable que hasta ahora la mamá de mi primera enamorada siempre pregunta por mi a la hora de encontrarse con mi madre.
Si bien es una desventaja no tener una afinidad con las jovencitas, con las adolescentes que se encuentran en plena primavera, resulta también una ventaja tener cierta empatía con las mayorcitas. En mi caso definitivamente fui un fracaso total con las adolescentes, pero no me puedo quejar de las mayores. Es más aún recuerdo cuando aún bordeaba los 16 abriles una cuarentona me despojó de mis ropas, se subió encima y empezó a cabalgar hasta que se detuvo y yo le dije con una voz casi susurrando “ya me oriné”. Tal vez ahí empezó esta afinidad con las mayores.
Por otro lado mi carácter poco alegre, flemático, sosegado, inclinado más a las conversaciones con pocos amigos que a las grandes fiestas y francachelas, me ha conminado a moverme en un círculo pequeño. Y no me podrán negar que la gran mayoría de “chibolas” está pensando en las fiestas, discotecas, en las caras bonitas y los cuerpos musculosos. En cambio una mujer pasando los 30, esas cosas pasan a segundo plano, el orden de prioridades se invierte, la cara bonita pasa a segundo plano, la caballerosidad, la inteligencia, el sentido del humor, la estabilidad que pueda brindar un hombre pasan a tener un mayor peso ponderado.
Y como, tal vez, a esas alturas de la vida, la cara ya no importe, es donde tal vez, he podido ganar un poquito de terreno. Porque como mencioné en un anterior post, no soy de primer impacto. No soy de aquellos que en una noche pueden arrancar algún “chape” a alguna fémina que recién conocen. Yo no puedo. Al menos nadie me ha contado el secreto. Conmigo tienen que pasar largos días y meses para poder conseguir algún objetivo amoroso. Mi amigo, resumió mi técnica de la manera más simple y didáctica: “contigo ya caen por cansancio”.
Y que puedo hacer, no tengo otra arma. No soy ningún Adonis y por si fuera poco soy pésimo bailando. Y más ahora que, no sé desde cuando, hacer rondas se ha vuelto una moda en las fiestas. Aparte que no me gusta bailar odio aún más que me lancen al ruedo a bailar al medio y todos se pongan a aplaudir alrededor. Y peor aún que mi pareja de turno se tire al piso bailando mientras yo me muevo tanto como un árbol en una tarde serena.
Ahí mis problemas con las mujeres. Y por eso, no me queda otra arma más que la conversación. Aunque no soy ningún dicharachero, ningún orador egresado de la escuela del Partido Aprista, no, pero me puedo defender. Aunque muchas veces todo depende de la “química” y aunque este término suene rayado, yo si creo en él. Porque ha habido veces en que conozco alguna chica y puedo hablar hasta por los codos como si la conociera de años. Surge una empatía única y la conversación fluye sin ninguna presión, sin ninguna ansiedad. Pero en otras tantas, cuando no existe esa tal química me quedo embrutecido y no puedo combinar el más simple sujeto con predicado, y dejo silencios eternos en la conversación que termino por aburrirlas.
Cuando hay química puedo conversar y puedo reír y hacer reír. Y no es que tenga los dotes de Miguelito Barraza, sino que he descubierto que puedo hacer reír a las personas simplemente contando mi vida. Y como dice uno de mis amigos: “si haces reír ya tienes el 50% de la partida ganada”.
Por eso, a estas alturas de mi vida me he resignado a cambiar inocencia, engreimiento, tersura, arrebato por experiencia, ecuanimidad, sutileza e inteligencia.
Por otro lado siempre he cuestionado los patrones de belleza femenino establecidos por la sociedad. Me he rebelado a someterme a los cánones de belleza mundiales. Demasiada belleza cansa. No van conmigo. Tal vez sea una desviación, algún gusto bizarro pero para mi una mujer no puede ser perfecta. Si quiero una mujer de proporciones exactas me voy a Gamarra y veo los maniquíes calatos. Así no funciona esa cosa compleja que nos atrae unos a otros. Por eso una mujer siempre debe tener algún defectillo por ahí que la haga humana. Como el diente de Julieta Prandi, como los pies de Marilyn Monroe, como la estatura de Salma Hayek, la nariz de Sarah Jessica Parker, el dedo índice del pié de Valeria Mazza, las orejas de Jennifer Aniston o el dedo adicional de Halle Berry. Así de simple.
Y como buen peruano prefiero la carne. Porque no podría estar con una flaca igual que yo. Con una fémina de cuerpo perfecto “durita” como dicen mis amigos. En las noches pensaría que estoy tocando a otro hombre. A mi no. A mi me gusta la carne. Y lo confieso así abiertamente. Prefiero a Marina Mora de gordita que de Miss Perú.
Aunque después de todo, algunas veces las flaquitas no son tan flaquitas y los gorditas no son tan gorditas. Porque las mujeres suelen utilizar mil y un trucos para engañarnos con la ropa. Por eso prefiero una rellenita sincera que una flaca bamba. Y las cosas se delatan, se muestran a la hora de la verdad. En el choque de titanes, en el ring de las cuatro perillas. Allí realmente se demuestra la verdadera figura. Como dice un viejo amigo “No es lo mismo ver la res en la pampa que colgada en el gancho”.
Y yo les creo a todas. Para mi no va ese dicho que cielo serrano, cojera de perro y llanto de mujer no es de creer. No, eso no va conmigo. Yo les creo a todas sin excepción. Digan lo que me digan. Quizás por eso he salido perdiendo más de una vez, pero también he ganado en otras pocas.
Me voy con dos párrafos de la canción de Loquillo y los Trogloditas, que da título a este post:
…Hay cosas que un hombre nunca llega a saber / los deseos ocultos de una mujer / quien tenga el secreto, la clave en su poder / obtendrá la llave del placer.
...A un hombre la gusta que le hagan creer / que nunca hubo otro como él. / Si no sientes sus uñas clavadas sobre tu piel, / sabrás cómo se pierde a una mujer....