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Era jueves y tenía pendiente la entrega de un expediente para un proceso. La hora de salida ya había llegado, así que al menor descuido agarré mi mochila y me escapé a hurtadillas aprovechando la aglomeración de empleados en la oficina del jefe. Tenía que llegar a la casa de Marcela, era su cumpleaños y el tiempo se había convertido en mi enemigo a raíz que mi entonces enamorada se había vuelto mi principal perseguidora desde que descubrió una tarjeta de hotel en mis bolsillos. Por su puesto que me negué rotundamente, alegando que estaban “volanteando” esas propagandas a la salida de mi trabajo.
Para esto había coordinado con Wencel, (de quien les contaré en el siguiente post), pensando que podría ocurrir algún incidente pues siempre tuve miedo que su ex esposo se aparezca un día y me ataque con una tira de maleantes y fumones que pululan por esa zona. De todas maneras quería asegurarme que existieran testigos en mi muerte y pudieran comunicar a mi madrecita para que venga a recoger mi cuerpo y no terminar descuartizado en alguna facultad de medicina. Si habría de morir, lo poco que pido es un entierro digno.
Marcela vive por una zona bien fea, siempre hay fumones en la esquina en grupos de 5 ó más. Las veces que iba a visitarla tenía que encomendarme a San Roque porque esos drogadictos tenían unas caras de pitbull rabiosos, “San Roque, San roque, San Roque, si me ven que no me toquen” repetía mentalmente. Además siempre pensaba que Diosito podía castigarme por estar haciéndole todo ésto a mi enamoradita. Gracias a la divina providencia hasta ese momento no me había pasado nada.
Por eso aquel día fui con Wencel, aunque era otro escuálido igual a mi, no es lo mismo que 5 golpeen a 1 que 5 golpeen a 2, esa idea, al menos, me hacía sentir mejor.
Llegamos a casa de Marcela. Yo me aparecí con una “Tortita Selva Negra”, sabiendo que a Marcelita le encanta el chocolate. Cuando entramos, ya habían llegado otras compañeras de la empresa. Wencel y yo éramos los únicos hombres. Lamentablemente para ellas a ninguno de los dos nos gustaba bailar, así que la reunión se convirtió en una especie de conversación con cervezas. Más tarde las cosas mejoraron para Marcela. Llegó su mejor amiga con su enamorado y un amigo más “Alejandro”. Este último no trabajaba con nosotros pero solía concurrir a las reuniones llevado siempre por Celia. Entonces empecé a sospechar y sacar algunas conclusiones, como que Celia, quien era amiga de Alejandro por años, lo llevaba siempre que podía porque quería de alguna manera que Marcela se fijara en él, sabiendo que recientemente ella se había separado. Al respecto Celia sospechaba que entre Marcelita y yo había un amorío, pero nosotros nunca lo aceptamos, siempre lo negamos hasta el final, aunque ya era casi evidente. Pero yo había jurado negarme a todo pase lo que pase. Bueno el hecho, es que este sujeto famélico, desabrido se apareció con una sarta de regalitos de la “Cristal”, empresa cervecera donde trabajaba: “Vasos”, “Reloj de pared”, “Destapadores”, “Llaveros”, “Posavasos”, “Pad”, etc. todo de la empresa “Cristal” y por último sacó un último regalo perfectamente envuelto con su moño de cinta de agua. Todas sus amigas gritaban “Que lo abra, Que lo abra”. Marcelita no se opuso al pedido de la mayoría y desempaquetó el regalo, era un perfume “Chanel Nº 5”. Todas las invitadas se arremolinaron a su alrededor para que Marcelita le haga oler y se olvidaron por completo de mi humilde “Tortita Selva Negra”. Yo, por su puesto, celoso por naturaleza, empecé a reventar aunque tenía que tragármelo todo sin hacerme notar. Pero me reventaba tener que soportarlo con sus lentes, escuálido, descompasado para bailar. Un día analizando todas esas características llegué a concluir que de cierta manera se parecía a mí y que por eso Celia lo llevaba.
Para colmo de males, a mi entonces enamorada, se le ocurrió llamar ese día incesantemente, amenazándome con ir a buscarme a pesar que le conté que iba estar en una reunión de sólo amigos. Ante tanta presión había aceptado llegar a su casa a las once de la noche y salir con ella a pasear.
Tumbado sobre uno de los sofás de su sala, cavilaba, sobre las intenciones de este escuálido que la pintaba de buena gente. Mis conclusiones reafirmaron mis sospechas, la clásica de las clásicas, la típica, la común. Celia quería juntar a su mejor amigo con su mejor amiga, faltaba más.
Luego de un rato, pensaba que no debía ponerme celoso. Después de todo yo también era flaco pero tenía mejor presencia y podía desenvolverme mejor, no es que me eche flores pero así lo sentía. En cambio Alejandro era un pobre diablo que tal vez había fracasado siempre con las mujeres, incluso creo que habría querido tener algo con Celia pero nunca lo logró y a raíz de eso pasó a convertirse en el “buen amigo”, en el incondicional que está siempre cuando las amigas se pelean con los enamorados. Yo era músico también y le había escrito un par de canciones a Marcela sobre nuestro amor imposible. Él no. Yo tenía mi floro y siempre que podía le escribía una que otra frase bonita en cartas. Él no. Pero hay una ventaja que este reptil tenía sobre mí, tenía un puesto de trabajo y estaba solo. Bajo esa perspectiva yo perdía de lejos.
El hecho es que desde que llegó este sujeto a la reunión me amargó la noche, tan bien que estaba pasándola y lo peor de todo es que ya tenía que irme. Todo el tiempo que estuve en su casa, pasándola como un amigo más, estuve desparramado sobre su sillón. Me sentí abandonado. Marcelita se pasó todo el tiempo pegada el teléfono. Las llamadas saludándola por su cumpleaños llegaban una tras otra.
Al final como siempre, tenía que terminar yéndome amargado, peleado con Marcela y ella últimamente se había esmerado en que así sucediera.
No me quedó más remedio que despedirme y largarme decepcionado. Salí disparado como alma que lleva el diablo, cuidando mis espaldas, más aún que Wencel se pegó con las cervezas y terminó por quedarse y abandonarme a mi suerte. Aunque aún era temprano tenía que estar atento a cualquier sospechoso que me esté siguiendo o esperando en alguna esquina para clavarme la puñalada.
Me subí rápidamente a la combi, cuando ya estaba bien sentado y haber hecho previamente una revisión a todas las caras de los pasajeros, me animé a sacar el celular para llamar a Marcelita. Su celular sonó y sonó y no contestó. Esperé unos minutos y volví a marcar. Igual no contestó. Me llené de ira. Volví a marcar y recién contestó. Se oía una bulla terrible. Me dijo que estaba bailando y la fiesta se había puesto muy buena. Luego se ponía triste y me dijo que quería que estuviera a su lado. Otra vez se escuchaba alegre mientras me contaba quienes más habían llegado. Me despedí y me quedé pensando lleno de rabia.
Al día siguiente, en la noche abrí mi correo electrónico “fotos de la fiesta” decía en el “asunto”, me las enviaba Marcelita. Abrí entusiasmado para verla a mi lado en esa fotito que nos tomamos a escondidas en la cocina. Aparecieron una tras otra las fotos. La que esperaba nunca apareció. Al final había una foto en la que aparecían todos y en primera plana aparecía el esmirriado de Alejandro comiéndose la torta que yo le había regalado a Marcelita.