Cuando Marcelita llegó a trabajar a Pacific Trading los días cambiaron para mi. Cada vez que nos encontrábamos por algún área de la empresa intercambiábamos miradas. Esto ocurrió en repetidas ocasiones y poco a poco pasó a convertirse en un reto sin acuerdo previo alguno de quien hacía bajar la mirada al otro. Como era de esperarse y por la timidez que siempre me traicionaba, generalmente perdía.

Posteriormente nos hicimos amigos. Ahí me enteré que tenía dos hijos y que vivía con un tipo medio vago que no tenía mayores aspiraciones en la vida. Bueno, al menos eso fue lo que me dijo y por su puesto que yo lo creí. Marcelita era lindísima, tenía una sonrisa divina y unos ojos color caramelo preciosos. No parecía tener hijos y aparentaba una edad mucho menor a la que tenía. Así nos hicimos amigos. Siempre nos miramos de forma distinta. No era mirada de amigos. Había algo más definitivamente.

De esta manera y sin pensarlo empezamos una relación amorosa y lo peor de todo “sin querer queriendo” pasé a desempeñar ese rol villano y segundón de ser “el amante”, el “complemento nutricional” “el Sustagen de su vida”: “Seré tu amante bandido, bandido, corazón corazón mal herido”, cantaba como Miguel Bosé.

Un viernes quedamos en salir con dos amigos. Aquel día, abordamos un taxi y nos dirigimos al “Boulevard de Los Olivos”, muy conocido en el cono norte por concentrar discotecas, videos pubs, karaokes, peñas folklóricas. Lugar infalible como punto de reunión para estudiantes de academias, que habían empezado a instalarse en estas zonas, trabajadores de empresas pequeñas y medianas y estudiantes de mecánica de Senati.

Yo hubiera preferido ir solo con Marcelita a otro lugar más tranquilo a tomar unos tragos y después entregarnos a nuestro rito de amor, pero por excepción ese día acepté salir con los amigos de su área, sólo por complacerla. Recorrimos varias discotecas, pero salimos disparados porque la bulla era estridente y no se podía sostener una conversación de cuatro.

Después de dar un par de vueltas terminamos en una peña folklórica, donde pensé encontrar algún grupo criollo entonándose los clásicos valses peruanos, hasta me había proyectado en pedir ese Valsesito titulado “Somos Amantes” para dedicárselo a escondidas a Marcelita. Sin embargo, a los minutos descubrí que estaba totalmente equivocado. No había ningún grupo criollo, sólo había un tipo que hacía las veces de discjockey que no se cansaba de poner cumbias. Sonaban, unas tras otras “Agua Marina”, “Néctar”, “Armonía 10”, “Grupo 5” o “Agua Bella”.

Esta música siempre me pareció marginal, de conos, de pueblo joven y lo asociaba inmediatamente a grandes grescas interminables entre dos bandos, disputándose el grupito de chicas menos feas. Yo definitivamente no pertenecía a esos movimientos. Y que esto no suene a “clasista” o que me crea “la gran cosa”, sino que siempre odié las multitudes, la bulla extrema y más aún cualquier tipo de violencia. No iban con el poco prestigio que me había ganado en la vida.

Pero de un momento a otro me vi envuelto en ese mundo, bailando esos ritmos populares en medio de la pista, intentando coordinar mis movimientos al ritmo de la música. Yo que siempre he sido un rockero de corazón, un metalerito pelucón en mi adolescencia. Yo que sacudía mi cabeza a ritmo de Metallica, de un momento a otro me encontré bailando “la pituca” de Tongo. Yo que le cantaba a la velocidad, a la aventura, al riesgo, a la sangre, a la muerte y al mismísimo demonio, ahora estaba cantando canciones al desamor, a los arbolitos, a las mujeres infieles y a todo sentimiento lacerante. Marcelita, sin embargo muy por el contrario, con las copas demás que se había tomado, se movía cual bailarina de “la movida de Jeanet”, contorneando las caderas, coqueteándome en cada paso, entonando cada lamento de Agua Marina. Demostraba que tenía cancha en el arte de bailar las cumbias peruanas. Inmediatamente se me vino a la mente que, posiblemente años atrás, antes de salir conmigo, era asidua concurrente de los grandes bailes que se realizaban en la Carretera Central, donde concurrían Natachas y Moroquitos en sus días de descanso.

Yo, por mi parte, una vez más, quedé muy mal. Si hay algo que debo criticarme es que bailo pésimo, y es más, nunca me gustó bailar. No podía coordinar dos pasos seguidos sin equivocarme. Siempre en las fiestas prefería encontrar alguien interesante con quien conversar y tomarme unos buenos tragos, y si era mujer con mayor razón.

Las jarras de cerveza que me había ingerido, habían tirado por tierra mi poco prestigio que me quedaba. Pero bajo los efectos del alcohol esas cosas no importan. Lo único que interesa es obtener el objetivo final. En estos casos el fin si justifica los medios.

El hecho es que cuando decidimos retirarnos, me percaté que Marcela se había pasado de copas. Sus amigos se fueron en el primer taxi que se les cruzó. Yo por mi parte paré un taxi y decidí dejar a Marcela en su casa. Yo soy un caballero y bajo esas circunstancias prefería dejarla descansar.

Ya en el taxi, Marcela empezó a abrazarme, apretarme, hacerme cosquillas, morderme y me propuso ir a un hotel. Yo me negué al verla en esas circunstancias, pero ella se encargó de hacerme sentir mal diciéndome “no quieres estar conmigo”, “no me amas”, “no me deseas”, “no te excito”, “voy a llegar a mi casa y me va agarrar el vago de mi marido”. Esta última frase hizo que le cambie el rumbo al taxi y lo desvíe al primer hotel que divisé en el camino.

Así que, ya que estando en esa situación decidí relajarme y dar rienda suelta a toda mi fama de buen amante que me había ganado en mi corta trayectoria. Ya totalmente relajado y preparado empezamos el combate. Pero apenas iniciábamos, me negué a que me mordiera el cuello. Bastó eso para que empezara a llorar, a reclamarme, a rechazarme y a lamentarse de tener un marido y que yo sólo sea “su amante”. Lloró y lloró, desconsoladamente hasta que se quedó dormida. Grave error!. Si hay algo que aprendí en todo este tiempo que veníamos saliendo juntos es que no debía dejarla dormir. Marcela tenía un sueño pesado. Una vez que se dormía no se despertaba por nada del mundo. En algunas ocasiones llegué a echarle agua en la cara para que reaccionara.

Miré mi reloj y eran casi las dos de la mañana. A esa hora sólo quería llegar a mi casa y descansar en mi camita y no en ese hotel que para mi desgracia era terriblemente malo, todo por el apuro de Marcelita. Por otro lado tenía que llegar cuanto antes a mi casa para evitar otra pelea con la que era en ese entonces mi enamorada quien solía aparecerse en mi departamento los sábados en la mañana y se había convertido en mi principal controladora. Me descubría con una habilidad única cualquier mala noche, juerga, incluso hasta alguna pequeña reunión. Rebuscaba mis cosas, boletas, facturas, mensajes de texto, entradas y salidas de llamadas de mi celular. Así que me urgía despertar a Marcela. Segundo error!. Despertó y empezó otra vez a pelearme. Sus gritos se escuchaban en todo el pasillo del hotel. Del cuarto contiguo golpeaban la pared. Forcejeamos, caímos al piso, tumbamos la mesa de noche, nos estrellamos contra la puerta. Hasta que decidí irme del cuarto para evitar tremendo escándalo que ya se había armado.

Salí del hotel, no sin antes escuchar cuando caminaba por el pasillo “abusivo”, “déjala compadre”, “Me cortaste la inspiración”, “Palteaste a mi hembrita won”. Afuera, me paré en la avenida mirando la ventana del cuarto. Después de cinco minutos apareció su silueta entre las cortinas. Me vio, volvió a desaparecer. Después de 15 minutos, cuando ya me había cansado y me había sentado en la banca del paradero, salió presurosa y se fue corriendo por la callecita del lado. Mientras cruzaba la pista y corría tras de ella, la perdí en la distancia.

Regresé derrotado a mi casa, con mi prestigio por los suelos y con unas ganas terribles de tener sexo. Me quedé con las ganas. Había sido en vano bailarme todas las cumbias y pasillos por nada.