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Mis Primeras Adidas

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Cuando se es niño, uno vive feliz con lo que nos compran nuestros padres para vestirnos. Yo vivía así. Vivía feliz. No sabía de tristezas ni de lágrimas ni nada que me hiciera llorar como dice el temita de Juan Gabriel.

Cuando llega la etapa de la adolescencia y las primeras salidas con las chicas y los amigos, la ropa empieza a tomar otro peso ponderado. Pasa de un peso ponderado de “2” a uno de “5” en la universidad de la vida. Así ocurrió. Yo que vivía feliz con mis pantalones y jeans “made in Gamarra” o mis zapatillas “sinfín”, “saeta”, “dunlop” y las más elegantes “mis jogger” color azulitas con amarilla que mi papá compró en “chapetex” con “yaya” en uno de sus viajes a Lima, pasó a destruirse después que la sociedad me aventara a la triste realidad de las “ropas de marca”.

 

Yo fui feliz con mi buzo “wonti” (siempre me pregunté porque en el mío la “M” venía volteada), con mi pantalón jean canguro, esos con bolsillos por todos lados si no lo recuerdan, que tan abnegadamente cosió mi mamá para mi y mi hermano con los 15 metros de tela jean que compró mi papá de remate en alguna fábrica de Lima y que todavía sobró para los pantalones de mis hermanas y un par de bolsos más. Fui feliz con mis zapatillas North Star (y no All Star), mis zapatitos de colegio Bobby de Bata (y no Hush Puppies, éste era otro perro), con mi guayabera blanquísima a punta de lejía y jaboncillo que superaba largamente “el desafío de la blancura” y con mis calzoncillos que venían con el estampado de un tiburón justo en la zona.

 

Yo vivía así, algo hermoso, algo divino, lleno de felicidad, hasta que... hasta que llegaron las modas, presiones sociales de usar las famosas “ropas de marca” y descartar por completo “la marca chancho” de mi vida. Y no me digan que soy un acomplejado, quién no en una etapa de su vida se ha fijado en esas cosas. Quién no, alguna vez en su adolescencia, sólo quiso usar “ropa de marca”,  “ropa de moda” y desechó y refundió en lo más profundo de su cajón las “marcas chancho” para perderse en el olvido con la vil excusa de “ya no me queda”?. Quién no se fijó en la ropa y zapatillas de sus amigos y amigas antes de decir un sí?. A ver quién dice esta boca es mía?. Quién tira la primera piedra?.

 

Claro a estas alturas, a mis 34, esas cosas resultan una banalidad total (vano y banal), intrascendentes. Es más creo que me he ido al extremo total de no importarme nada y vestirme como se me da mi “regalada gana”. Por ejemplo para venir a trabajar uso ropa de vestir con zapatillas Hi-Tec, nunca uso corbata y mucho menos saco, a pesar de trabajar en oficina. Si algún día me tienen que botar por mis fachas, estoy dispuesto a asumir las consecuencias. Pero bueno, volviendo al tema, a los quince años, es básico contar con un juego de vestimenta de marca para las fiestitas, reuniones, salidas con las amigas, enamoradita, etc. No es la llave que te abra todas las puertas, pero a esa edad, que te ayuda, te ayuda.

 

Yo recuerdo claramente que muchas amigas, de plano descartaban cualquier galán que pretendiera enamorarlas vistiendo ropa “marca chancho” y mucho más aún si sus zapatillas no se encontraban en el exclusivo círculo de las “zapatillas de marca”.

 

Bueno, para alegría mía y de mi hermano éramos los menores. Para esa época nuestras hermanas mayores ya trabajaban y ellas con su buena voluntad y su desprendimiento empezaron a proveernos de ropas de marca, quizás no tanto por el cariño que nos prodigaban sino que socialmente no podíamos presentarnos ante sus amistades con unas zapatillas chinitas tipo Bruce Lee, compradas en la paradita, no pues, eso no era socialmente aceptado. Teníamos que vestir bien. A ver que alguien me diga cuando ha visto algún chico “fashion” de las páginas de “Circo Beat” del “Somos”salir con un polito blanco “made in china” que entró al país a precio dumping y zapatillas “Reno”. O alguna chica “pipirinais” con polito topy top y pantalón jean “Bambie”. Así jamás tendríamos la más remota posibilidad de salir siquiera en la página de Sociales que tan bien comenta la muy informada y analítica María Elena Peschiera.

 

Así por ese desprendimiento familiar consanguíneo me compraron “mis primeras adidas”. Eran unas zapatillas azulitas con las clásicas tres líneas a los costados y el símbolo de la hojita en la parte posterior. Eran Adidas, no “Cannabis” su imitación que venía también con la hojita pero “dentada” tirando más para hoja de marihuana. No, éstas eran las originales. Suela firme con aire comprimido. No era como esas que después de un mes de usarlas se aplastaban y peor aún si pisabas chueco tus suelas terminaban como una tajada de torta.

 

Así me regalaron mis primeras zapatillas Adidas y no te miento fui feliz, aunque con muy poco amor (otra vez la cancioncita). Fui feliz, hermoso y divino. Salía a pasear por la Plaza de Armas caminando sobre nubes, me deslizaba como una pluma por las callecitas, como un carro último modelo que no le suena el motor, cantando y silbando  Así me sentía yo con mis primeras “Adidas” Habíamos sido hechos el uno para el otro. Éramos la dupla perfecta, mi complemento perfecto. Yo sin mis Adidas era como Fonzi sin su chamarra de cuero, como Shagui sin Scoobie, como Slash sin su guitarra Gibson Les Paul, como Ultrasiete sin sus lentes.

Así fui feliz a mis quince años, hasta esas malditas vacaciones de cuarto para quinto de secundaria. Esas vacaciones que las pasé en Lima, donde un maldito hijo de puta nos asaltó a mi primo y a mi en la entrada del edificio. Para colmo de mi mala suerte era domingo y ni un alma entró en los pocos minutos que duró el asalto. El maldito ratero al ver que no cargábamos ni un céntimo, me despojó de mis zapatillas que las llevaba puestas. Se las puso el CSM y huyó despavorido como una rata, dejándome un par de zapatos pezuñentos de tres por medio y yo, yo me quedé en medias, traumado, sin saber que hacer. Perdí mis Adidas y tuve que volver a usar otra vez unas provisionales “North Star” con el dolor de mi corazón.

Tuvo que pasar mucho, pero mucho tiempo más para volver a tener otras “Adidas” parecidas... pero nunca iguales.

Aventuras En El JiróN Cailloma

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Era febrero de 1989, vacaciones de colegio, antes de entrar a quinto de secundaria. Era un niño, un párvulo de apenas quince añitos, inocente, inmaculado, virgen, limpio e inexplorado. Estaba en Lima de vacaciones. En esas de verano, entre el cuarto y quinto de secundaria. Durante mi estancia me llamó mi amigo Joselo, amigo del colegio, mi promoción, mi yunta, mi uña y mugre que también había venido. Me llamó para salir, para ir a “latear” por ahí. Joselo era mayor que yo por un año y ya había venido varias veces a Lima. Se apareció como a las 3 de la tarde  por el departamento que vivían mis hermanas en Jesús María. Salimos y tomamos esos ómnibus morados que van por la Brasil “la 10”. Llegamos a Miraflores. Reconozco que yo no conocía Lima, me sentía como la “Paisana Jacinta”, como “Nemesio Chupaca Porongo” recién bajado. Caminamos por las callecitas y por el parque Kennedy. Después de visitar las tiendas sin comprar nada, Joselo se animó a adquirir una camiseta de Alianza Lima. Particularmente nunca fui aficionado al fútbol y mucho menos a ningún equipo del Perú, así que me parecía una tremenda estupidez venir de lejos para comprar una camiseta de Alianza Lima.Después de varias horas de caminata, tomamos otra vez “la 10” y nos llevó esta vez hasta Wilson. Y otra vez caminar, subimos por “La Colmena”. Nos desplazamos lento mirando con ojos de lujuria, los letreros de los cines, con la boca abierta, leyendo los provocadores títulos de las películas. Cada paso nos daban volantes pequeñitos “Charapitas ardientes” “Exclusivo Solo para caballeros”, “15 soles 30 minutos con pose”, “Ven y experimenta la Tortuga Renga”. Así seguimos caminando hasta llegar a Cailloma. Sí al famoso y venido a menos Jirón Cailloma.Mi amigo Joselo, me dijo “Vamos a ver a las chicas malas un ratito”, “Qué vas hacer ahí mirando?” le dije con un poco de temor. “Vamos a ver piernas un ratito”. Particularmente me daba vergüenza caminar por esos lares, yo que tengo una imagen impoluta apegado a la moral y las buenas costumbres que por tantos años me han inculcado mis padres, que me vieran caminando por esos sitios de placer mundano, de dudosa reputación. Pero bueno, ante la presión, caminamos por esa callecita estrecha. Cada 5 pasos habían chicas, señoras, gordas, flacas, pero eso sí todas feas, paradas, con cara de pocos amigos. No sé como ofrecían sus servicios con esas caras. Un buen cursito de marketing directo no les vendría nada mal!!!. En una de las calles había un callejón de mala muerte. Ahí estaban las chicas y justo al frente como 50 varones parados, mirando. Yo no entendía que hacían allí. Quizás solo habían ido a hacer lo mismo que nosotros. Mirar las piernas. Nos paramos como “aguantados” en la pared del frente mirando. Después de unos quince minutos de estar parados con las manos en los bolsillos, las gordas ya no se veían tan gordas y las feas no se veían tan feas. Joselo me dijo “Sabes? Ya me dio ganas... vamos a cambiar este billete a la vuelta. Primero entro yo después tú”. Salimos disparados a la calle paralela, a una casa de cambio. Después de convertir los 10 dólares en soles regresamos, nerviosazos, caminando despacio.Mientras íbamos haciendo una visión, un análisis cualitativo y cuantitativo de las trabajadoras sociales, Joselo iba preguntando “amiga cuanto cobras?” – “Diez soles en la casa y quince el hotel”. La casa era un callejón de mala muerte, piso de tierra, puerta de madera parchada, cayéndose. El hotel era un edificio de tres pisos, pero igual de sucio, ventanas oxidadas, llenas de hollín. Cuando pasabas por la puerta salía un vaho caliente con olor a terminal pesquero. “Que pasa won?, estás nervioso?” me decía Joselo. “Tranquilo nomás, primero yo, después tú... más bien escoge porque va a ser la misma para los dos, para que nos haga un descuento”. Del solo pensar entrar después de Joselo “Me dio cosa” y que esta frase no ponga en duda mi virilidad y mi preferencia por el sexo opuesto sólo que ya desde esa edad uno tiene que “darse su lugar”, que se habrán creído que yo, virgen, inmaculado, iba a entregar mi más preciado tesoro, mi tesorito en un lugar cochino y maloliente. Y todavía después de Joselo... no pues que se habrán creído. Pero a los quince años me presionaban los fantasmas. Esta historia sería contada si o si a nuestro regreso al colegio.Hasta que encontró una señora, una tía gordinflona, mofletuda, apretada por todos lados. Su rolliza figura se salía por los lugares donde los elásticos habían reventado. Después de una breve conversación atracó los dos por 15 soles (pero uno por uno, aclarando!). Joselo se acercó y me dijo “agarra mi camiseta”, “Primero yo, regreso y  de ahí tú”. Y se dirigió con la fémina a la casa de mal aspecto. Cuando se perdió por esa puerta que se estaba cayendo me sentí solo, con temor. Caminé despacio por la callecita “A sol la barra!!! A sol la barra!!!” gritaban los jaladores de los Nights Clubs, si cabe el nombre. Mientras pensaba y caminaba, me quedé obnubilado pensando si haría un buen papel en mi debut. Me encomendé a la Mano Milagrosa que me proteja de todo mal y que dure más de 5 minutos. Yo que siempre he sido tan sensible, tan sentimental, venir a debutar con una fémina con cara de pocos amigos y encima en un cuchitril de mala muerte.Cuando mi mente estaba volando y haciéndose mil preguntas, aparecieron dos “tías” corriendo, con  los zapatos en la mano. Sus carnes se movían en cámara lenta al compás del viento, para arriba y abajo. Gritaban: “Batida, Batida!!!!”, todos los aguantados empezaron a correr, las putas se metían a casa y tiendas y cerraban las puertas y yo, solo, solito parado en medio de una estampida, sin saber a donde ir. Y Joselo?. Mientras pensaba a donde correr, una mano me coge por el hombro y en peso me levantan a un camión de policía. Arriba me encontré con putas oliendo a colonia barata, con borrachos oliendo a trago y con ladrones con caras de pitbull rabiosos. “A ver documentos” me dijo un policía y yo con una cara de asustado como si hubiera visto al mismísimo Judas Calato, rebusqué entre mis bolsillos, las manos me temblaban (prometí en silencio ya no volver hacerlo más!!!!). Saqué mi Partida de Nacimiento doblada en cuatro. “Menor de edad!!!” “que hacías aquí?” “Voy a llamar a tus padres” el policía me hablaba, me atarantaba y me asustaba más y yo tartamudeando “Jefe, yo estaba caminando...”, “Cállese!!!”. “Que tienes ahí?” me dijo y me arranchó la bolsa con la camiseta de Alianza. “ahhh Aliancista todavía”. Yo que siempre odié el fútbol había terminado en medio de tanto lúmpen y acusado de aliancista todavía. Cuando llegamos a la delegación policial. Me devolvió mi partida de nacimiento y me dijo. “Vete y no te quiero volver a ver por aquí” “Te salvaste porque yo soy aliancista también” y yo, forcé una sonrisa, un poco aliviado. Estiré la mano “Jefe mi camiseta”. Me miró con cara de pocos amigos “Vete o quieres que te encierre acá toda la noche”. Salí disparado como alma que lleva el diablo. Nunca encontré a Joselo. Caminé sin rumbo, sin conocer nada, preguntando como regresar a la Avenida Brasil.Creo que en el fondo, después de todo agradecí a la policía que me haya rescatado de ese lugar sucio, resina, cochinazo, con olor a choros con látex.Nunca dije ni conté nada al respecto. Hoy tenía que hacerlo para quitarme este fantasma de encima... ah! cuando regresamos al colegio tuve que pagarle la camiseta a Joselo.

AlimeñAdo Y AlimañAdo

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Yo llegué a Lima, a los 16 años. Cuando terminé la secundaria y por regla casi obligatoria de la familia, tenía que salir de mi Pisco querido (si ahí donde ocurrió el terremoto!) rumbo a Lima, a luchar como varón como dice el viejo vals de Laureano Martínez Smart y que tan bien la interpreta Luis Abanto Morales, con la única diferencia que él pudo conseguirlo, alcanzando su anhelo de vivir en todo su esplendor, objetivo del cual yo me encuentro a años luz de distancia.

Como mencioné salí casi despedido por mi padre rumbo a Lima, porque a esa edad a los 16 años, tenía una enamoradita de la cual no quería separarme, andábamos juntos toda la tarde, pegados como “triz”, como “uhu”, como “terokal” de piraña y por su puesto quería quedarme. Mi padre se encargó de mandarme derechito, directo y sin escalas a Lima, con amenaza de por medio que no quería verme allí cada fin de semana.

Vale la pena mencionar que nosotros somos 4 hermanos. Cuando partió mi hermana mayor mi madre lloró como una magdalena, inconsolable. Lloraba todas las noches y como aquella época la telefonía no estaba muy desarrollada era casi imposible hablar con ella lo que hacía más fuerte el dolor de su partida. 3 años más tarde le tocó a mi segunda hermana y otra vez la casa se volvió un mar de lágrimas. Cuando mi tercer hermano, que me lleva solo un año y medio terminó la secundaria y viéndose mi padre con la terrible incógnita de tener que solventar dos manutenciones en Lima, casi seguidas, habló con un tío de la familia y rapidito nomás lo metieron a la Fuerza Aérea. O para expresarme mejor, lo metieron a la fuerza, a la “Fuerza Aérea”. Mi hermano era apenas un púber cuando tuvo que enrolarse a las filas de la vida militar y para variar mi madre otra vez lloró un río el día de su partida.

Recuerdo que su primera visita fue después de tres meses de internado. Cuando lo visitaron lo encontraron flaco, esmirriado, lánguido, quemado por el sol, como judío en campo de concentración nazi. Ninguna pudo contener el llanto, lo abrazaron como si fuera la última vez y lloraron juntos. Le llevaron comida que mi hermano devoró como si no hubiera probado bocado alguno en esos tres meses de reclutamiento.

Como les mencioné mi hermano y yo sólo nos llevábamos año y medio, así que al año siguiente tuve que partir yo rumbo a Lima. Previamente a haberme negado rotundamente a seguir el camino de la vida militar, mi padre se encargó de despacharme como encomienda, derechito cual servicio expreso a Lima. Por su puesto que después de tanto llanto por todos los hermanos que me precedieron demás está decir que se les había acabado ese líquido elemento que sale por los ojos y nadie lloró por mi el día de mi partida. Me consuelo de pensar que el dolor de mi partida fue menor porque coincidió con los viajes semanales que hacía mi señora madre para visitar a mi pobre hermano que vivía recluido en los cuarteles militares.

Bueno, ahora ya en Lima, por más de 18 años, y luego de haber pasado por academias, institutos, universidades, centros laborales, parques, boulevares, restaurantes, discotecas, costa verde, campo de marte, botecito, las cucardas y un largo etcétera en esta ciudad, puedo decir que he hecho una vida acá. A mis 34 ya llevo más años vividos en Lima que en mi ex Pisco querido y esos años pesan, pesan tanto que siento haberme “alimeñado”.

Me he “alimeñado” y no lo digo con orgullo ni inflando el pecho, sino, porque ahora ya no puedo estar en Pisco mucho tiempo sin estar pensando en volver pronto. Por ejemplo en mis últimas vacaciones estuve por allá un par de semanas (en verano antes del terremoto), que se me hicieron interminables, me llegué a cansar de las playas, el sol, el mar, hasta de las chicas en bikini.Visité a mis amigos, todos casados, con “panza chelera” sobresaliente, con hijos que atender, con trabajo, con horarios que cumplir, con esposas que lo acosan (me consuela no ser el único a estas alturas). Y debo confesar que extrañé mi casita, mi computadora e internet, mi música, mi guitarra, mi parquecito tranquilo frente al edificio, mi camita y mis escapadas con los amigos de Lima. Y las cosas tan pequeñas se extrañan tanto y recién las valoras cuando estás lejos. Por ejemplo extrañaba echarme en mi camita, colchón de resortes ortopédico, mano dentro del pantalón, como “Al Bondy”, y en la otra el control remoto manejando el televisor para moverme por los 90 canales del cable.Por eso soy firme creyente que uno se llega a acostumbrar al lugar donde vive y ahora Lima me pesa más que Pisco. Somos animales de costumbre, como siempre escucho decir. Si no me creen miren ahora a mi hermano, gordo, fresco como una lechuga, sacándole la vuelta a la vida militar, como dueño del mundo. Ya no es el muchachito lánguido y esmirriado de la primera visita.En esas cortas vacaciones, en los momentos de aburrimiento y de mucho tiempo de ocio, he concluido que Pisco es una especie de un Callao o un Barrios Altos en pequeño. La gente en la noche saca sus sillas a la calle y se sienta a tomar aire (el calor es insoportable), algunos con sus botellas de cerveza en plena vereda. Otros más desvergonzados sacan su mesa e impiden el libre tránsito. Juegan bingo, cartas, póker a vista y paciencia de los que caminan por allí. Y también, al igual que esos distritos, abundan los rateros.Abunda también las mototaxis, cual mismo "enchúlame la máquina" en su versión “enchólame”, le han hecho una serie de transformaciones, acondicionamientos, lucecitas, azules, rojas por todos lados. Las "carrandangas" como las llamaba mi Abuela (Q.E.P.D.), pasan a toda velocidad por cualquier lado que uno mire y con una bulla terrible, “full reggaeton” a todo volumen, parecen discotecas andando. No se si ya estoy viejo, pero todo lo veo una confusión, un caos total. Estos sujetos, manejan como mejor les parece, no respetan las vías preferenciales ni las más mínimas señales de tránsito. No tienen licencia de conducir, no tienen luces. Viajan 2 en el asiento delantero. Cuando van a girar a la izquierda sacan el pié en vez de sacar la mano y mejor me detengo porque puedo llenar todo este “post” detallando todas sus infracciones.En Pisco, al igual que en Lima la policía es corrupta, solo que allí se quieren menos. En Lima cuando uno comete una infracción, la tarifa mínima es de 10 soles (hablo de tarifa mínima de soborno, porque los usos y costumbres se vuelven leyes. Es un derecho consuetudinario, adquirido por nuestros hermanos policías), en cambio en Pisco, son más baratitos, con dos soles o una gaseosita de sol cincuenta, se arreglan las cosas.Ahora entiendo, también porque mis hermanos y amigos que vinieron hace muchos años de alguna provincia escondida del Perú ya no quieren volver a su terruño y se han “pituqueado” y ahora solo quieren ir al Jockey Plaza, a Larco Mar, a Chacarilla y a Asia (pronúnciese eishia). Quizás Lima les pese más que el pueblo, la aldea, el villorrio que los vio nacer. No los culpo ni los eximo.Por eso preferí volver rápido a mi casita de Lima, anidado en un cerrito pujante de gente trabajadora. Mi casita tranquila, silenciosa enclavada en un cerrito de La Molina, con sus respectivas rejas para que no se metan los ladrones ni las combis destartaladas y sus cobradores cochinos que huelen a chifa del centro de Lima.Y no solo me he “alimeñado”, de alguna manera también me he “alimañado”, es decir me he vuelto una “alimaña” de la sociedad limeña. Me he vuelto un zorro, un gato montés una comadreja de esta urbe tan grande, aprendiendo a sobrevivir. Si hay algo de lo que me jacto es que siempre he tratado de ser correcto y respetar las reglas establecidas, pero a veces la policía te busca la sin razón para aplicarte una papeleta y cobrar su comisión. Bajo esas circunstancias debo confesar que también me escapo un ratito de las normas y les bajo su “sencillito”. Se que está mal pero antes de pagar una papeleta y perder tiempo en ir al banco prefiero colaborar con nuestros hermanos policías.Y me he “alimañado” también en los tragos, las comidas, las mujeres, el sexo y en otras tantas cosas más de la vida, que merecen un artículo aparte.Por eso este post de lo que ha sido mi vulgar y corriente vida. Me he alimeñado y alimañado a la vez, sin perder por su puesto el enorme cariño que le tengo a mi Pisco querido (a la ciudad y a la botella también) y el respeto a las normas de urbanidad y convivencia (Si! Soy un aburrido!!!).

Porque Yo En El Amor Soy Un Idiota

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Era lunes, único día para presentar los papeles para una convocatoria de personal en la Región Callao. Había ido tempranísimo, bien preparado con todos mis papeles conforme lo exigía dicha institución. Me encontré en la cola con mi amiga Inesita quien también había pedido permiso en el trabajo para presentarse al concurso y para variar, le faltaba fotocopiar “ene” documentos, incluido DNI (ya en otro artículo les contaré de ella). Como sabrán la Región Callao está alejada de la civilización, no encuentras ninguna librería o tiendita cerca. Inesita me miró con ojos de desesperación, con esa cara que me hizo acordar al gato con botas de Shrek, así que no tuve más remedio, como todo un caballero, que ofrecerme a sacarle copia a sus documentos, mientras ella “guardaba” la cola. Tomé un taxi y le dije que me lleve al mercado más cercano. Disculpen mi ignorancia urbana pero jamás me había movido por esos lares. El taxista me llevó al “Mercado de Bocanegra”. Bajé y recién estaban abriendo los distintos comercios. Esperé pacientemente mientras preguntaba a medio mundo sobre una fotocopiadora. Me llevaron hasta un puestito en medio del mercado. Entre libros, lapiceros y útiles escolares estaba una señorita (o era señora?) de unos 32 años mas o menos. Risueña. Estaba recién abriendo el puesto. Me sonrió y me pidió que la espere. Mientras ojeaba algunos juguetes, mi celular sonó 3 veces. Era Inesita preguntando sobre sus copias y advirtiéndome que la cola se estaba acercando a la puerta de entrada. “Que bonita la melodía de tu celular”- Me dijo la chica de la tienda. “Ah! Gracias” le dije. Y empezamos a hablar de las melodías y le ofrecí pasárselas gratuitamente por “infra-rojo”. Como buena chica de pueblo le gustó “El Cervecero”, “El Arbolito”, algunos merengues y un par de reggaetones. Mientras sacaba las copias seguíamos conversando, de vez en cuando interrumpidos por Inesita que seguía advirtiéndome que la cola avanzaba y que ya iba a entrar a la Región. Me había olvidado por un buen rato de la bendita convocatoria y me había atrapado con la chica de la fotocopiadora. Desde ahora Becky. Ya me había dicho su nombre. Becky, me sonreía feliz, sacando copias, coquetísima ella. Yo orgullosísimo aproveché en sacar mis papeles para que los fotocopie también. Ya tenía mis documentos completos pero tenía que impresionarla. Saqué mi título profesional de Economista, graduado con honores en una nacional. “con cuidadito please”, le dije. Saqué la constancia de mi maestría y la miraba por el rabillo del ojo que ella leía mis documentos y yo le iba sacando una a una mis constancias como ases bajo la manga para que sepa que no era cualquier pobre diablo que anda por ahí. Mi constancia de tercio superior, mi diplomado en finanzas, mi certificado de Abaco de computación, mi certificado de inglés del ICPNA y mi certificado de buena conducta de secundaria. Mientras deslizaba sus manos con una habilidad única por la fotocopiadora, conversábamos y reíamos. Intercambiábamos de vez en cuando melodías. Y mi celular nuevamente que sonaba y sonaba e Inesita gritándome que estaba a diez personas de la puerta y que ya iba a entrar. “Te llama mucho tu enamorada”- me dijo Becky. Yo sonreí y le dije las palabras mágicas, “No es mi enamorada, es solo una compañera de trabajo” (no dije el viejo truco que era mi hermana porque ya había visto los papeles de Inesita). Después de tantas miraditas, coqueteos e intercambio de melodías terminó de sacarme las copias. Te puedo llamar? Le dije – Claro!-, me dictó su número que rápidamente anoté en el celular y le puse con letras mayúsculas “Becky”. Le pedí su MSN también.Nos despedimos con la firme promesa de volver a conversar, vernos otra vez y salir a bailar esas melodías que intercambiamos por infra-rojo, pero esta vez con las orquestas en vivo. Debo confesar que soy un rockero de corazón, pero puedo postergar mis principios cuando el deber de la conservación de la especie me llama. Cuando el animal, el hombre primitivo se antepone y hace valer los miles de años que le lleva de ventaja a este cerebro racional.Luego de este pequeño trance hormonal, salí disparado del Mercado de Bocanegra y tomé el primer taxi a la Región Callao. Cuando llegué había una cola inmensa. Inesita que ya me había vuelto a llamar cinco veces más ya estaba dentro de la Región. Se asomó a la puerta y por encima del “guachimán” le alcancé sus papeles. Inesita habló con el “guachimán” para que me deje pasar argumentando que yo estaba ahí desde temprano, que había madrugado, que había sido el primer cliente de la señora que vende avena con maca caliente en la esquinita. Pero el “guachimán” se negó rotundamente. Solo repetía y repetía ante cada argumento su ya conocido “desconozco mayormente”.Caballero nomás, me fui al final de la cola. A los quince minutos salió Inesita y me vio con cara de felicidad. Con mi sonrisa que me iluminaba toda la cara. -Que te pasa?, Porque esa cara de huevis?- me dijo (porque así habla ella). “Nada” respondí sonriendo. Me dijo que no me podía esperar y que hablábamos a la hora del almuerzo en el trabajo. Se despidió y me dejó en la cola.Después de soportar estoicamente una hora, logré pasar a la Región donde me recibieron mis documentos y me sellaron el cargo. Salí como alma que lleva el diablo al trabajo y no le conté nada a Inesita sobre mi demora en el Mercado de Bocanegra.Esperé pasar un par de días para llamar a Becky, aplicando la estrategia de hacerme esperar para que no piense que estoy desesperado y que me puedo escapar de sus manos. Cogí mi celular, busqué su nombre y “send”. Mientras timbraba pensaba en decirle a que hora salía y a que hora podía pasarla a recoger. Mi mente en fracciones de segundo había pensado en “refinar” un poco a esta señorita, alejarla de las fiestas chicheras de pueblo y llevarla a un lugar más “nice”. Escogí mentalmente ese lugarcito escondido en el Mega Plaza de los olivos donde no va mucha gente y se puede conversar, para no alejarla mucho de su casa. Un heladito almendrado de damasco con fudge y listo, lo demás vendrá solito. Después de varias timbradas me contestó una voz de hombre, aguardientosa, “voz maleada”, “voz de llenador de combi”, “voz de jalador de tienda del jirón de la unión”. Rápidamente corté sin decir nada. Memoricé el número y después de una hora volví a llamar pero esta vez con la opción “llamada privada” para que no identifique mi número. “Aló” otra vez la misma voz. “Aló, disculpe... se encontrará Becky”- “Becky?, quien Becky” – “Este no es el número de Becky?”, “No causita te has equivocado”.Abrí mi correo electrónico dispuesto a pedirle nuevamente su número que por algún error involuntario, por el apuro de aquel día, por las constantes interrupciones de la “jodida” de Inesita, había digitado mal. Apelando a mi habilidad de buen escritor, redacté rápidamente “Hola Becky, soy Eduardo, me recuerdas? Estuvimos sacando copias e intercambiando melodías el lunes.... jejeje, sorry, linda, por un error de digitación puse mal tu número y me está contestando un tipo con voz de pocos amigos, por favor envíamelo nuevamente”. Otra vez “send” y listo. Esperar. Después de un minuto aparece “usted tiene un nuevo mensaje”... jejeje sonreí, está desesperada. Volví a entrar a la “Bandeja de Entrada” y me aparece el clásico DELIVERY STATUS NOTIFICATION (FAILURE),  NO EXISTIA SU CUENTA DE CORREO!!! Maldita Sea, jijuna gran p.... ME ENGAÑO!!!
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