Cuando llega la etapa de la adolescencia y las primeras salidas con las chicas y los amigos, la ropa empieza a tomar otro peso ponderado. Pasa de un peso ponderado de “2” a uno de “5” en la universidad de la vida. Así ocurrió. Yo que vivía feliz con mis pantalones y jeans “made in Gamarra” o mis zapatillas “sinfín”, “saeta”, “dunlop” y las más elegantes “mis jogger” color azulitas con amarilla que mi papá compró en “chapetex” con “yaya” en uno de sus viajes a Lima, pasó a destruirse después que la sociedad me aventara a la triste realidad de las “ropas de marca”.
Yo fui feliz con mi buzo “wonti” (siempre me pregunté porque en el mío la “M” venía volteada), con mi pantalón jean canguro, esos con bolsillos por todos lados si no lo recuerdan, que tan abnegadamente cosió mi mamá para mi y mi hermano con los 15 metros de tela jean que compró mi papá de remate en alguna fábrica de Lima y que todavía sobró para los pantalones de mis hermanas y un par de bolsos más. Fui feliz con mis zapatillas North Star (y no All Star), mis zapatitos de colegio Bobby de Bata (y no Hush Puppies, éste era otro perro), con mi guayabera blanquísima a punta de lejía y jaboncillo que superaba largamente “el desafío de la blancura” y con mis calzoncillos que venían con el estampado de un tiburón justo en la zona.
Yo vivía así, algo hermoso, algo divino, lleno de felicidad, hasta que... hasta que llegaron las modas, presiones sociales de usar las famosas “ropas de marca” y descartar por completo “la marca chancho” de mi vida. Y no me digan que soy un acomplejado, quién no en una etapa de su vida se ha fijado en esas cosas. Quién no, alguna vez en su adolescencia, sólo quiso usar “ropa de marca”, “ropa de moda” y desechó y refundió en lo más profundo de su cajón las “marcas chancho” para perderse en el olvido con la vil excusa de “ya no me queda”?. Quién no se fijó en la ropa y zapatillas de sus amigos y amigas antes de decir un sí?. A ver quién dice esta boca es mía?. Quién tira la primera piedra?.
Claro a estas alturas, a mis 34, esas cosas resultan una banalidad total (vano y banal), intrascendentes. Es más creo que me he ido al extremo total de no importarme nada y vestirme como se me da mi “regalada gana”. Por ejemplo para venir a trabajar uso ropa de vestir con zapatillas Hi-Tec, nunca uso corbata y mucho menos saco, a pesar de trabajar en oficina. Si algún día me tienen que botar por mis fachas, estoy dispuesto a asumir las consecuencias. Pero bueno, volviendo al tema, a los quince años, es básico contar con un juego de vestimenta de marca para las fiestitas, reuniones, salidas con las amigas, enamoradita, etc. No es la llave que te abra todas las puertas, pero a esa edad, que te ayuda, te ayuda.
Yo recuerdo claramente que muchas amigas, de plano descartaban cualquier galán que pretendiera enamorarlas vistiendo ropa “marca chancho” y mucho más aún si sus zapatillas no se encontraban en el exclusivo círculo de las “zapatillas de marca”.
Bueno, para alegría mía y de mi hermano éramos los menores. Para esa época nuestras hermanas mayores ya trabajaban y ellas con su buena voluntad y su desprendimiento empezaron a proveernos de ropas de marca, quizás no tanto por el cariño que nos prodigaban sino que socialmente no podíamos presentarnos ante sus amistades con unas zapatillas chinitas tipo Bruce Lee, compradas en la paradita, no pues, eso no era socialmente aceptado. Teníamos que vestir bien. A ver que alguien me diga cuando ha visto algún chico “fashion” de las páginas de “Circo Beat” del “Somos”salir con un polito blanco “made in china” que entró al país a precio dumping y zapatillas “Reno”. O alguna chica “pipirinais” con polito topy top y pantalón jean “Bambie”. Así jamás tendríamos la más remota posibilidad de salir siquiera en la página de Sociales que tan bien comenta la muy informada y analítica María Elena Peschiera.
Así por ese desprendimiento familiar consanguíneo me compraron “mis primeras adidas”. Eran unas zapatillas azulitas con las clásicas tres líneas a los costados y el símbolo de la hojita en la parte posterior. Eran Adidas, no “Cannabis” su imitación que venía también con la hojita pero “dentada” tirando más para hoja de marihuana. No, éstas eran las originales. Suela firme con aire comprimido. No era como esas que después de un mes de usarlas se aplastaban y peor aún si pisabas chueco tus suelas terminaban como una tajada de torta.
Así me regalaron mis primeras zapatillas Adidas y no te miento fui feliz, aunque con muy poco amor (otra vez la cancioncita). Fui feliz, hermoso y divino. Salía a pasear por la Plaza de Armas caminando sobre nubes, me deslizaba como una pluma por las callecitas, como un carro último modelo que no le suena el motor, cantando y silbando Así me sentía yo con mis primeras “Adidas” Habíamos sido hechos el uno para el otro. Éramos la dupla perfecta, mi complemento perfecto. Yo sin mis Adidas era como Fonzi sin su chamarra de cuero, como Shagui sin Scoobie, como Slash sin su guitarra Gibson Les Paul, como Ultrasiete sin sus lentes.
Así fui feliz a mis quince años, hasta esas malditas vacaciones de cuarto para quinto de secundaria. Esas vacaciones que las pasé en Lima, donde un maldito hijo de puta nos asaltó a mi primo y a mi en la entrada del edificio. Para colmo de mi mala suerte era domingo y ni un alma entró en los pocos minutos que duró el asalto. El maldito ratero al ver que no cargábamos ni un céntimo, me despojó de mis zapatillas que las llevaba puestas. Se las puso el CSM y huyó despavorido como una rata, dejándome un par de zapatos pezuñentos de tres por medio y yo, yo me quedé en medias, traumado, sin saber que hacer. Perdí mis Adidas y tuve que volver a usar otra vez unas provisionales “North Star” con el dolor de mi corazón.
Tuvo que pasar mucho, pero mucho tiempo más para volver a tener otras “Adidas” parecidas... pero nunca iguales.