Ya no vuelvo a organizar un almuerzo nunca más. Por esas casualidades del destino, casi obligado por las circunstancias de la coyuntura terminé organizando un almuerzo al cual no me ofrecí realizarlo. Era cumpleaños de un amigo del trabajo, al cual invité a almorzar con 3 amigos más del área. Luego se plegaron, algunos jefes y gerentes a los cuales no les pude decir que no. El problema fue cuando uno de ellos remitió el correo de invitación para el almuerzo por motivo de cumpleaños de “Edgar” a toda la Gerencia, el cual terminaba con la frase “por favor coordinar con Eduardo si van a participar”. Luego ese correo no solo llegó a la bandeja de entrada de todos los de mi Gerencia sino también fue a parar a la Gerencia donde había trabajado anteriormente el buen Edgar.

El problema es que llegó tanta gente. Algunos me pagaron la cuota fijada, otros me alcanzaron una parte, otros tantos me pagaron con billetes grandes a los que quedé debiendo el vuelto.

De un momento a otro, yo un macho reconocido me vi envuelto de organizador de eventos sociales, del “catering” de la oficina. Pero ya nada podía hacer. Había que seguir adelante con la organización.

Así que, aplicando mis conocimientos de administración adquiridos en la universidad, decidí hacer una lista, un check list para controlar los que pagaban, los que faltaban completar y a los que debía el vuelto. Así también realicé el pedido por anticipado, haciendo la reserva del caso. Por un momento me sentí toda una “lady”, una “secretaria” y creí inocentemente tener todo bajo control. El problema vino después, cuando llegué al restaurante, se aparecieron otros tantos que no los tenía en la lista. Otros pidieron lo que no habían reservado inicialmente. Otro grupo pidió platos adicionales, otro vaso más de gaseosa y literalmente mandaron a la basura toda mi “listita” con los nombres y los pedidos de cada uno. Al final del almuerzo se arremolinaron algunos a pagarme y otros a pedirme su vuelto.

El hecho es que sumando y restando al final tuve que poner de mi bolsillo 170 soles para completar la cuenta CIENTO SETENTA SOLES!!! Que fácil me hubieran podido financiar un lindo fin de semana en algún lugarcito escondido y ficho por Miraflores.

 

Así que he decidido no organizar bajo ninguna circunstancia ningún almuerzo de cumpleaños más. Hasta ahora me duelen mis ciento setenta solsitos que tuvo que financiar mi alicaída economía. Y ni hablar del pobre mozo que se pasó por dos horas atendiendo al centenar de personas que con un hambre feroz lo llamaban insistentemente para que les traiga su plato. Y al final, de la manera mas desfachatada me fui escabullido con el montón de gente que salía mientras veía al pobre mozo que se acercaba a recoger ese empastado de cuero color negro donde traen la cuenta y no encontrar ni diez céntimos de propina.

 

Y no sólo ya no pienso organizar nunca más otro almuerzo, sino tampoco quiero participar de otros almuerzos, organice quien organice porque francamente odio las aglomeraciones, la pésima atención y sobretodo los famosos restaurantes “gourmets”.

 

Alguien me puede decir quien carajo inventó la comida “gourmet” o al menos lo que significa “gourmet”. Según Internet un “gourmet” es un catador y degustador refinado de la gastronomía; motivo por el cual esa palabrita no va conmigo; sobretodo si en su definición lleva la palabra “refinado”.

 

Bueno, con ese pretexto de “gourmet” los restaurantes peruanos se dan la libertad de cobrarnos caro y servirnos una miseria de comida en medio de un plato enorme y con dos verduritas a modo de adorno alrededor.

 

Y eso me recuerda cuando fui ahora poco al “Gol Marino” por motivo del cumpleaños de otro compañero de trabajo. Me pedí un cebiche el cual, después de devorarlo de un solo bocado, lo puedo describir en tres palabras: caro, poquito y feo. Lo peor de todo es que miraba a las compañeritas de trabajo que estaban a mi lado para ver si alguna de ellas dejaba algún trocito de pescado, una yuquita o aunque sea una cebolla y me la ofrezca. Y yo como quien no quiere la cosa, la tome con el viejo pretexto “para que no se quede”, “para que no se desperdicie”, “para sacarle el impuesto” o la última que escuché “para que no vengan muchas moscas”. Pero nada de eso ocurrió. Al parecer a todos les quedó chico el exiguo almuerzo. Desde ese día rebauticé al “Gol Marino” como el “Foul Marino”.

 

El segundo atentado a mi barriga (y a mi billetera) fue en el “Segundo Muelle”, nuevamente en San Isidro. Otra vez cumpleaños, pero esta vez de una compañerita, al que me vi casi obligado a asistir por un acto heroico de compromiso laboral y porque todos en la oficina apuntamos al mismo objetivo según nuestro Plan Estratégico.

 

Esta vez, con la experiencia anterior me junté con dos amigas y pedimos 3 platos diferentes a fin de compartir. Y aquí recomiendo que siempre hagan esto con amigas, con damas, porque existe la posibilidad que ellas coman menos que tú, por los motivos de siempre “cuidar la línea” y las “dietas”. De esta manera puedes dar rienda suelta a tu apetito voraz y arrasar hasta con la última cebolla del plato. Bueno, igual que la experiencia pasada nos sirvieron unos ridículos platos con una comida que solo podría llenar el estómago de algún liliputiense. Después de esta experiencia en el “Segundo Muelle”, lo rebauticé con el nombre de “Ridículo Muelle”

 

Y, en este último párrafo quiero expresar mi protesta contra la comida gourmet, yo quiero mis buenos frijoles con seco, mi cebichazo, mi sopa seca en plato hondo como debe ser. Que refinerías ni cursilerías de gourmet y servir una champita con más adornos que comida. He dicho!.