Se acerca el fin de año y mi correo se llena de publicidad de fiestas y reuniones. Cosas como "La mejor Fiesta de Fin de Año", "Diversión Garantizada", "Ven y Diviértete con nosotros", "Cena y trago incluido", "Mejor Cotillón" y aparecen fotos de chicas bellísimas, provocadoras, grupos de jóvenes levantando una copa de algún licor y riendo de oreja a oreja. En otra fotito el cotillón cae a borbotones mientras un grupo inmenso baila haciendo coreografías.


Y la verdad a mi no me llama la atención. Y podrán acusarme (como lo hace la mayoría de personas que me conoce) que soy un aburrido y "aguafiestas" y déjenme decirle que están en lo correcto. Y tengo mis razones para sostener mi posición cuando alguien intenta llevarme o inducirme a asistir a estas fiestitas de fin de año.
En primer lugar, por ser una fiesta de fin de año, el solo nombre, convoca a un sin número de personas. No hay lugar libre. Todos los locales, discotecas, se encuentran abarrotadas de personas, de bote a bote. Y por lo tanto cuando un local se encuentra por encima de su capacidad, pues no habrá una buena atención. No se puede bailar. Hace mucho calor. Te están empujando por todos lados. Si pides un trago o una comida se demoran en traértelo. La música es estridente y no te permite conversar. No me gustan los cohetes y en general cualquier fuego artificial. Tienes que gritar al oído si quieres conversar con alguien. Hay peleas y broncas. Por lo general las comidas que sirven en estas fiestas son pésimas, para salir del paso. Las fiestas que incluyen tragos gratis tienes que hacer cola de 2 horas por cada vaso de cerveza, es decir el tiempo que te toma acceder a estos tres vasos, ya amaneció y por lo tanto ya se acabó la fiesta. Odio la gente ridícula que se pone sus lentes del año 2009, sus gorros de color amarillo y sus collares de flores artificiales mismo Hawai. Los baños al poco rato de iniciada la fiesta, se vuelven un mar de "pis", por no nombrar lo otro. Sale un olor nauseabundo y finalmente porque no me gusta bailar. Presumo que debo tener una especie de "multitudfobia". Nunca me gustó ver tanta gente junta. Por esa razón odio las procesiones, fiestas, discotecas, mítines y cualquier reunión o motivo que congregue más allá de 20 personas juntas.


Por eso muchos años nuevos me los pasé durmiendo. Como cualquier día. Cenaba a mi hora, como debe de ser y luego a dormir. Todo transcurrió así hasta que un año nuevo mis primos me propusieron pasar el año de campamento. La idea me pareció genial, lejos de la bulla, el tumulto y la algarabía y éxtasis colectivo.

El problema fue que escogimos mal. El destino era la playa “León dormido”. Así que agarramos nuestras mochilas, carpas, sleeping, latas de atún, hot dog, galletas de agua y trago, mucho trago.

Enrumbamos al sur de noche en algún bus pirata un 30 de diciembre de 1995. Bordeábamos los 22 años casi todos, listos para pasar un año nuevo distinto. El ómnibus nos dejó en la playa “León Dormido”, bajamos. Estaba totalmente oscuro, caminamos alumbrados con una linterna a duras penas por el arenal, hasta llegar a la playa. Cuando llegamos corrimos como perros en el campo. La playa estaba vacía excepto por una carpita iluminada por una fogata. Se escucharon voces y risas de chicas y ni siquiera necesitamos hablar para saber que teníamos que instalarnos cerca y por esas casualidades de la vida terminar compartiendo trago, comida, carpas y quizás hasta sleepings.

 

Armamos rápidamente la carpa y dos de mis primos enrumbaron por la orilla de la playa a indagar nuevos horizontes. A los minutos regresan y nos dicen que los inquilinos de la carpa vecina nos habían invitado a tomar un trago. Si, esa carpa de donde salían esas vocecillas femeninas.

De inmediato nos alistamos, sacamos una botellita de ron, porque no íbamos a aparecernos con las manos vacías, y caminamos rumbo a aquella carpa a conquistar el mundo. Llegamos y había tres chicas y tres chicos, lo cual a primera impresión, nos bajó los ánimos, ver que de alguna manera estaban “emparejadas”, pero al segundo vistazo era fácil darse cuenta que estos tres chicos no eran muy varoniles que digamos, empezando por los sobrenombres que tenían: “Barbie Rocker”, “Pedorra” y “Chibolín”.

-         Pedorra, Pedorra, tu hot dog, se quema tu hot dog- gritaba una

-         Ay no seas escandalosa – decía pedorra- si total acá ya tenemos 5 más –lo decía en clara alusión a nosotros 5 que acabábamos de llegar

 

Después de una breve conversación sacamos conclusiones contundentes, los chicos no eran tan varoniles y las chicas no eran tan femeninas que digamos, con decir que solo les faltaba tener pelo en pecho.

 

Y nos dimos cuenta que habíamos sido timados vilmente por las féminas, usadas de carnada por estos sujetos para atraernos con engaños con la posibilidad de engatuzarnos y terminar compartiendo carpa y sleeping. Por supuesto que nada de eso ocurrió.

 

Prácticamente salimos despavoridos de su fogata, derrotados, solos y lo peor de todo comparados con unos pobres hot dogs, ni siquiera chorizos o por último rellenos, sino unos pobres y escuálidos hot dogs.

 

Al día siguiente, al amanecer del 31, con la luz del día nos pudimos dar cuenta que el león dormido no había estado tan dormido porque no aparecía por ningún lado. Recién descubrimos que estábamos en otra playa, Cerro la Virgen, y que el jijuna del ómnibus pirata nos botó antes de lo debido a fin de aligerar su carga o dejar asientos vacíos para nuevos pasajeros.

 

Ese mismo 31, empezó a llegar gente como si fuera una invasión anunciada, como si se estuvieran regalando terrenos en la playa. Llegaban en carros, ticos, camionetas 4x4 y hasta camiones llenos de gente. Llegaban e instalaban carpas de todo tamaño. Yo que había salido huyendo del tumulto de Lima, de pronto me vi invadido por todos lados. Había llegado tanta gente que las carpas prácticamente se encontraban una al lado de la otra.

 

Y llegó todo otro contingente de homosexuales que se unió con el primer grupo y se armó un escándalo total. Llegaban también chicas lindas acompañadas con sus galanes. Y nosotros solos ya nos habíamos terminado de comer todas nuestras raciones de comida y estábamos a punta de galletas de agua y atún.

 

El día de año nuevo llegó, reventaban los cohetes, ponían música a todo volumen y bailaban. En la carpa contigua se escuchaban gemidos y sonidos guturales y nosotros 5, sentados mirándonos las caras sin trago, sin una comida decente y sin mujeres.

 

Ese día si apenas pude conciliar el sueño. Despertamos, entramos al mar y nuevamente sacamos nuestras galletitas de agua, abrimos la última lata de atún y nos dispusimos a desayunar.

Y estábamos tan pegados unos a otros que no podíamos evitar ver al sujeto de la carpa contigua, a escasos 2 metros sacar cuidadosamente una maleta e instalar una tremenda parrilla, por supuesto acompañado de una fémina hermosa vestida de un diminuto bikini amarillo.

 

El tipo todo galán, sacó el carbón y cual todo experto en la materia encendió el carbón en un dos por tres. A su lado tenía un cooler azúl de tapa blanca, del cual sacó, algunos trozos de carne, hamburguesas, chorizos, salchichas y con una destreza única y con todos los implementos que un buen parrillero necesita empezó a dorar su carne. Ella lo miraba y lo admiraba, lo abrazaba y lo besaba mientras él con una pericia única daba vueltas a la carne que despedía un olor irresistible.

 

Nosotros sentados alrededor tratábamos de poner nuestras galletas de agua para que le caiga siquiera un poquito de humo y ya no tener que sentir más el sabor del atún. Así estábamos mirándonos las caras, en silencio, en medio del sol, hasta que uno de mis primos, quizás de pura envidia, se soltó una sonora flatulencia, no fue un gasesillo, un “Gueiser” decente, fue una señora flatulencia que salió con cólera, con rabia, desde las entrañas, que hizo voltear asustados al tipo este y a su novia, quienes casi despavoridos sacaron las carnes, apagaron el fuego cerraron la parrilla y se marcharon lejos.

 Cuando se fueron, recién nos desternillamos de risa, doblados en la arena, nos olvidamos por unos instantes de la falta de comida, trago y mujeres.