A mis treinta y tantos he concluido que necesito un auto. Uno a esta edad no puede seguir siendo un ciudadano de a pié, moviéndose en combis cochinas o en el mejor de los casos en algún taxi destartalado. Alguien de mi alcurnia que desciende de los más importantes abolengos de los Villalpando y Matalascayando no puede seguir siendo maltratado por cualquier cobradorcillo de transporte público.

 

Necesito un auto, porque no hay nada como llegar a una reunión social, a algún matrimonio de un familiar o un amigo en un auto propio. Bajas bien vestido a tu evento social y te diviertes y la pasas de lo lindo, sabiendo que cuando quieras retirarte, saldrás, encenderás el motor, meterás primera y directo y sin escalas a tu casita o al lugar que desees. Y si en la fiestecita lograste conquistar a alguna fémina, lograste convencer a alguna incauta, saldrás victorioso, la subirás al auto y la llevarás directo a algún hotel, algún “telo”, “telúrico”, “Telmex” y te meterás de frente hasta la cochera sin tener que hacerle pasar el roche de ir caminando por la vereda y justo al pasar frente a esa puerta luminosa con una “H” enorme que se prende y apaga, girar repentinamente y escabullirte como un ladronzuelo en su madriguera.

 

En el caso contrario, a estas alturas de la vida, no se puede llegar a algún evento social importante en un taxi tico amarillo o en un station wagon blanco y que todavía tenga inscripciones en el parabrisas cosas como “En memoria de mi madre Cirila” o en la parte posterior “Guíame Sr. De Muruhuay”, No pues! Esas cosas no son dignas de un treintón.

 

Y peor aún si a algún amigo se le ocurriese hacer su fiesta en alguna capilla escondida de algún distrito populoso de Lima, no te quedará más remedio que chapar tu mototaxi y, caballero nomás, llegar bien al terno “Giorgio Mamani”, “Gamarrage” o “Christian Pior” y bajar de esas mototaxis que le ponen lucecitas azules, rojas y escuchando reggaeton a todo volumen. En base tres esas cosas son imperdonables, y más aún si tienes el descaro de llevar pareja.

 

Y si en la fiesta, por esas casualidades de la vida, alguna jovenzuela cayó en tus sucias garras y no tienes auto, tienes que actuar de inmediato, saliendo y agarrando el primer taxi que se cruce en tu camino (si es que encuentras) y pagarle al chofer el precio que te pida. En estas circunstancias el “regateo” no tiene cabida. Sabes, que esos segundos, esos minutos que te demorarías en conseguir otro taxi destartalado pueden jugar en tu contra. La susodicha se puede desanimar, puede cambiar de opinión o en el peor de los casos puede recibir alguna oferta más atractiva y arrancarse sin compasión ni miramientos, pues se ahorraría el tener que estar esperando que su pareja consiga algún taxi o caminando hasta avenidas principales con el riesgo de ser asaltados a esas alturas de la noche.

 

Necesito un auto, porque un auto te da un plus, un adicional con el sexo puesto. Ahora me dirán que uno es igual con auto o sin él. Y en efecto, apoyo esa idea, pero no me podrán negar que contar con un auto te abre otras posibilidades. Si tienes un auto puede ser un buen pretexto para “jalar” a alguna fémina por el camino. Si vas sólo puedes hacer tu juego de lucecitas si ves alguna jovenzuela paradita esperando su microbús. O simplemente le tocas un par de bocinazos. Y si ya la tienes a tu lado, le puedes aplicar unas miraditas, una sobadita de pierna alegando que te equivocaste al querer hacer el cambio. Ah! Porque un macho reconocido maneja un carro mecánico. El carro automático es para señoritas. Un hombre que se jacte de tener sus testosteronas completas no puede ir desplazándose por las calles en un auto acelerando y frenando como carro chocón, eso no es de machos.

 

Bueno, por ahora, sólo me queda seguir viajando en estas combis destartaladas, descuajeringadas, así que he optado por sentarme al último para que nadie me esté empujando y para librarme que pudiera subir alguna ancianita y tener que cederle el asiento después de lo mucho que me costó sentarme. Y no es que sea un malcriado y no quiera dar el asiento. Por el contrario yo soy el primero en levantarme como un resorte si sube alguna viejecita, una mujer embarazada o alguna señorita guapa. Soy el primero en levantarme si estoy en uno de los primeros asientos, así no sea el reservado. Por eso, como siempre estoy cansado me siento al final, tranquilo y cuando sube alguna ancianita, soy el primero que grita “asiento reservado” y de inmediato me escondo en el anonimato.

 

Bueno, me desvié del tema, necesito un auto porque ya me cansé de ser torturado cada mañana, todos los días, 4 veces al día (y otros días 6) por las combis de este país. Aunque en estos últimos 5 meses he preferido las Couster. (Couster o nada!) a las combis pequeñísimas.

 

Me cansé de los cobradores, todos cochinos por igual, de los cuales recomiendo alejarse de su lado si desean mantener la salud de su nariz. Y peor si los ves usando esas camisetas de fútbol sintéticas que le sacan un olor a comino terrible, te sugiero caminar de inmediato sin parar hasta el fondo de la combi. No esperes que te lo pidan, dirígete derechito hasta el último extremo del pasamanos. En este país, pareciera que fuera un requisito indispensable tener un buen “alacrán” para ser cobrador de transporte público.

 

Me cansé que me estén diciendo “avancen, avancen! dos filas!”, “avancen por la derecha dos pasamanos!”, “colabore pues señor”, “al fondo entran cuatro”, “apéguese por favor apéguese”. Y ni hablar de los vendedores ambulantes que suben en cada esquina y te ponen sus “productos golosinarios” en la cara.

 

Necesito un auto porque ya me cansé de gorrearle el carro a mi hermana. Todos estos años he vivido como Facundo Cabral “No tengo auto porque mis amigos lo tienen”, pero ahora ya me cansé de depender de mi hermana para los paseos, de ajustarme a sus horarios,  sus necesidades y de que me deje un espacio pequeñísimo en su maletera.

Necesito un auto, y necesito también el dinero para poder comprarlo. Alguien me podría prestar?.