Dicen que al terminar una relación uno debe guardar un periodo de luto. Yo debo admitir que en efecto es lo que yo he sentido cuando he terminado con alguien. He sentido que debo guardarle un respeto prudencial. Es como guardar un luto por la muerte de un familiar querido. Adicional a ello, la pérdida del ser amado conlleva  también a un estado de desgano, desánimo, perder las ganas de salir, de ir a fiestas o de estar con otra persona. Es en resumen, esa consideración que debe haber por la persona que se ha perdido, que se ha marchado.

No me imagino terminando con alguien y a la semana siguiente verme bailando en alguna fiestecita de barrio como si nada hubiera pasado. Eso no cabe en mi mente. Es más, considerando que a mi las rupturas me afectan terriblemente, cada final de alguna relación me lanza sin vacilación, por un buen tiempo a la soledad. Y así como yo tengo esas consideraciones con la persona que perdí, espero también en reciprocidad lo mismo. Espero un mínimo de respeto.

Y empiezo así porque, después de haber mantenido una relación amorosa por casi dos años y medio, Marcelita decidió marcharse y dejarme a mi suerte (Se que había prometido no hablar de ella, pero no puedo evitarlo!). Y dos años y medio es toda una vida déjenme decirle. Y cuando se acaba una relación, se vive esperanzado en que tal vez en unos días, en unas semanas, el ser amado regresará a tus brazos pidiendo perdón. Al menos es lo que pienso yo que soy terriblemente sentimental. Y como siempre suele suceder, después de terminar esta relación, empecé a vivir bajo su sombra, pensaba en ella, hablaba de ella todo el tiempo y quería saber que hacía, que había hecho, como le había ido en este tiempo de separación.

Por esos arranques de desconfianza que habían caracterizado nuestra relación había logrado descubrir la clave de su correo electrónico. Aunque considero que éste es un acto totalmente desleal y miserable, también he escuchado que en la guerra y en el amor todo se vale. Así que teniendo su clave me picaba la mano para entrar a su correo cada vez que me sentaba frente a una computadora. Así, me volví un vil reptil. Durante un buen tiempo revisaba religiosamente a las 2 de la tarde su correo electrónico. Quienes le habían escrito, que le habían escrito, a quien ella había escrito y que cosas, esperando encontrar ese mail delator que me lance por una buena vez a la triste y cruda realidad, a esa realidad que muchos hombres tenemos temor: que nos dejen por otro.

Un hombre puede aceptar que las cosas terminen por incompatibilidad de caracteres, por no comprenderse, porque le descubrieron una infidelidad, porque los horarios no coincidían, etc. Pero admitir públicamente que nos dejaron por otro. Por otro sujeto que necesariamente tiene que ser mejor en cualquier aspecto. Y peor aún que algún día te refrieguen en la cara el temible “es mejor que tú en la cama”. Sería el acabose, la muerte definitiva para cualquier macho que se respete.

Pero bueno, buscaba ese correo que delatara por una buena vez su deslealtad, pensando que de esa manera mataría definitivamente cualquier esperanza de volver con ella y resignarme a  buscar otras opciones. Quería esa prueba definitiva para dejar de vivir a su sombra. Pero busqué todos los días y sólo encontré cadenas de ayuda, oraciones a san  judas Tadeo, sobre la burundanga, de regalo de celulares, de anulaciones del Hotmail y otras tantas tonterías más que terminé por aburrirme.

Por otro lado tampoco quería preguntarle a sus amigas por ella, pues tengo mi orgullo, mi amor propio y no podía permitir que llegue a sus oídos mi interés por saber cómo le iba.

Así que preferí alejarme de sus amigas y averiguar por mi cuenta, en el anonimato que puede brindar el Internet. Y como en estos tiempos todo está en Internet, decidí echármela a buscar en el hi5 de sus amigos y amigas algún indicio de su existencia. Me pasaba horas y horas entrando a revisar las fotos de sus amigos, amigas y amigas de amigas. Podrán estar acusándome que dejo un registro de visitas cada vez que entro a un usuario del hi5, sin embargo para eso existe una configuración de cuenta, que me había averiguado con anterioridad de forma tal que no quedaba huella de mis visitas.

Hasta que un buen día me ahorraron el trabajo una amiga de ella, me envía un Mensaje al hi5 el que me llevaba a un video. Entré y apareció una fiesta. La fecha, una semana posterior  a nuestra ruptura. Cumpleaños de una buena amiga de Marcelita. Miraba atentamente el vídeo y no aparecía Marcelita. Recurría en mi la esperanza de que la cámara la ponche en algún instante en algún sillón con la mirada perdida, con la tristeza en la cara. Total! Sólo era una semana de nuestra ruptura. Sin embargo, una toma me arrastró al desengaño total. En un instante sonó “el ombliguito” y apareció Marcelita, bailando emocionadamente al ritmo de “mueve mami el ombliguito”. Se contorneaba y sacudía las caderas, movía la cintura de manera ondulante mientras coqueteaba con su pareja. En otro momento sonó “el murguero”. Esta vez aparecía animando, en la cabeza, dirigiendo un trencito humano que se paseaba por la sala, el comedor. En un instante el tren humano dirigido por Marcelita salía de la casa y se perdía del lente del camarógrafo. Y otra vez aparecía el maldito tren para posicionarse en el centro de la sala y hacer los pasos de coreografía que siempre odié y que por supuesto Marcelita jamás bailó conmigo. y así culminaron los 4 minutos que duró el vídeo entre “bate el chocolate”, “onda onda”, “la gente está borracha” y hasta “a mover el culo”.

Este mensaje me llevó a ampliar mis horizontes de búsqueda y encontré rápidamente otros vídeos: cumpleaños de Alejandro celebrado en el Big Bar, Marcelita chela en mano saludaba a la cámara. Y no sólo fueron vídeos, fotos también: Fiestas Patrias en “El Bolivariano” al lado de “una res”,  Feriado por Santa Rosa de Lima, en el centro “El rincón cervecero” con el "barrilito" en el centro de la mesa, Día de la primavera en San Miguel Shoping Center con “una yarda” y así sucesivamente. Y lo dejo ahí para no seguir magullando mi poco prestigio de macho que se respeta que aún me queda.

Debo admitir que no encontré ningún indicio de alguna relación con otro hombre, si es que eso de alguna manera sirve para paliar mi ya orgullo que está por los suelos. Sin embargo a partir de esa fecha decidí acabar con todo de una buena vez. Olvidar todo. Matar toda esperanza. Dejé de revisar sus correos. De buscarla en internet. De preguntar por ella y hasta borré definitivamente su nombre de mi celular y con ello se fue la melodía que le había puesto exclusivo para sus llamadas “Amor Prohibido”.