Por qué los peruanos seremos así? Por qué queremos sacar provecho de todo? Por qué queremos estafar a los demás? Por qué para las cosas malas somos tan “vivos”?. Realmente somos una raza degenerada?. Realmente existe una raza superior y una inferior?. Es verdad lo que dice mi amigo, para que el Perú progrese debemos matar a todos los Peruanos y traer otra gente a esta tierra?.

Empiezo así, de frente, con la pierna en alto, dispuesto a que me digan lo que quieran. Comienzo de esta manera el 2008, antes de relatarles lo que me ocurrió el 24 de diciembre del 2007, veinticuatro horas antes de navidad donde casi termino como pavo en la mesa de  algún granuja aprovechador.

Era 24 de diciembre y como buen peruano no había comprado los regalos para mis ahijados, pues si no lo saben tengo 4 ahijaditos de bautizo, dos niñas y dos niños. Hasta ahora no entiendo porque me han elegido porque soy un típico peruano “misio” que vive a las justas y donde mi cuenta bancaria sólo se ha convertido en una especie de estación de tránsito donde sólo veo pasar cada mes mi remuneración de mi cuenta, a engordar las cuentas de las múltiples entidades financieras, educativas y casas comerciales que existen en nuestro país. Bueno a pesar de eso me han elegido como Padrino de Bautizo y cumpliendo con mi juramento asisto las veces que puedo a mis queridos ahijaditos aunque sea con alguna ropita o algún juguetito chino barato con plomo.

Para las niñas ya les había comprado sus regalitos de remate en una tienda de juguetes, pero me faltaba para los varoncitos. Como ya están grandecitos los tengo a punta de polos en navidades, cumpleaños, día del niño y cuanta celebración haya. Ya tengo mi “point” en Gamarra donde venden buenos polos marca “Billabong”, “Quicksilver” a buenos precios.

Así que saqué mi troncomóvil, volkswagen año 71 y me dirigí junto con mi esposa Janecita y mi hija Lucía a “Gamarra Falabella” a comprar los clásicos politos. Me deslicé por mi cerrito lindo, tan bonito y lleno de gente tan buena y colaboradora. Agarré Alameda del Corregidor, Avenida la Molina, Javier Prado, Canadá y Arriola. Cuando me dirigía alegremente escuchando mi musiquita en mi Sony Explode entrando al Óvalo Arriola, un sujeto me señala la llanta de mi pobre volkswagen. No le hice caso y seguí de largo. 5 metros mas allá un pareja que se disponía a cruzar la pista me indicó también mi llanta y por último un tercer sujeto me hace señas con lo mismo.

Esta vez si me tomé en serio las advertencias, más aún que mi pobre carro data del año de 1971 y 36 años no pasan en vano. De inmediato me detuve a fin de verificar maldiciendo a mi pobre troncomóvil por haberme fallado justo en esa fecha. Un sujeto vestido con ropa de mecánico, lleno de grasa se me acerca muy amablemente y me dice que mi llanta se está saliendo. De inmediato revisa y saca un pequeño resorte y me dice que se ha roto uno de los seguros y yo, como sé de mecánica, tanto como de microcirugía cerebral con química cuántica espacial, le creí.

Es más agradecí que todo me estuviera ocurriendo justo donde estos mecánicos que me salvarían la vida a estas alturas previas a las navidades. Me dijeron que me cuadre ahí mismo en el óvalo Arriola. Cuando me cuadré ni bien estaba parando apareció otro sujeto que se deslizó hábilmente por debajo del vehículo y empezó a desarmar la llanta. El otro, me decía que apriete el freno. Y yo, creyéndome, hecho todo un sub normal apretaba el freno y por lo tanto no podía bajar y ver que hacía el sujeto debajo del vehículo. Recién ahí empecé a sospechar que algo andaba mal. Mi esposa Janecita, que es más “viva” que yo, a pesar de haber bajado de algún cerro recóndito de nuestra serranía, se bajó y me dijo que el sujeto golpeaba algo que no parecía tener ningún desperfecto. Pero ya era demasiado tarde.

Mi reacción no fue lo suficientemente oportuna y me habían desarmado Dios sabe que cosa de mi pobre y fiel troncomóvil. Y yo que lo había maldecido después de haberme acompañado en tantas aventuras.

Me llamaron a un lado donde me llevaron donde un tercer sujeto quien me dijo que cambiaría no sé que cosas y me pidió 10 soles. Pero como para ese momento ya no le creía a nadie me negué a darle siquiera un mísero sol. Regresé al auto cuidando las cosas, mi radio/Cd Sony Explode, que vale más que el vehículo, mis parlantes y mi platita que llevaba para gastar en Gamarra. A mi esposa Janecita se le prendió el foco y llamó de inmediato a mi hermano que gracias a la santísima Virgen del Carmen había venido a Lima. Por si no les he contado mi hermano es militar y tiene más cuerpo que yo y tiene una cara de Rottweiler rabioso. Al menos a mi, en la vida se me iba a ocurrir buscarle la bronca a estos sujetos donde largamente iba a salir perdiendo. Ellos eran cuatro y yo sólo uno. Bueno, debo admitir que así fuese uno solo también salía perdiendo.

Así que apelé a mi hermano y después a un primo que es policía que vive cerca al óvalo Arriola. Mientras tanto seguía haciéndola larga para que estos sujetos no se lleven en peso mi pobre autito o no lo desmantelen con esa habilidad propia de pirañas. Que si bien es viejito tiene llantas nuevas, un equipo de sonido aceptable y asientos respetables.

Por último se aparecieron un tercer y cuarto sujeto. Uno de ellos con unos supuestos repuestos nuevos que había traído y el otro que haría el trabajo de ponerlos. En ese momento solo me negué una y otra vez aduciendo que no tenía dinero. Mi esposa Janecita soltó el rollo de “mi mamá está enferma y no tenemos dinero”. Me negué a pagar los 60 soles que me querían cobrar más 20 soles de mano de obra. Dije que había llamado a mi hermano que venía con su vehículo a “jalarme” porque no tenía dinero.

Estos sujetos me insistían e insistían y amenazaban con irse y dejarme tirado ahí en pleno óvalo Arriola con la llanta desarmada a pasar mi navidad en medio de tanto maleante y fumones. Ya me había hecho la idea de tomar mi chocolate y mi panetón encerrado en mi troncomóvil en ese lugar grasoso y maololiente.

En esos instantes que se hicieron interminables apareció mi primo policía. Mi esposa Janecita que lo vio salió disparada del vehículo y en segundos le contó toda la historia (y la sigue contando hasta ahora a cuanto familiar encontramos, dejándome como un completo mentecato ante todos). Uno de los sujetos me preguntó a donde había ido mi esposa y le dije que había llegado mi primo que era policía.

Acto seguido cuando miré a mi alrededor todos los supuestos mecánicos y vendedores de repuestos desaparecieron. Mi primo solo pudo capturar a uno de ellos que después de previo palabreo y de enseñarle su placa de Policía acreditado le hizo armar la llanta del carro nuevamente. Mi hermano que también se apareció en esos momentos con su cara de Rottweiler apoyó con la idea y evitó que este último sujeto se fugara sin armar mi carrito.

Esta vez salí bien librado, porque no pagué ni un sol, pero durante mi instancia que se me hizo eterna pude ver por lo menos dos vehículos mucho más presentables que el mío. Una camioneta Van negra y luego otra doble cabina 4x4 que posiblemente cayeron en el mismo cuento (que recién todo el mundo me dice que es más viejo y yo no sabía) y terminaron pagando fuertes sumas de dinero.

Gracias a Dios, gracias primo, gracias hermano que me libraron esta vez, pero eso no significó que me haya sentido un completo PAVO en vísperas de navidad.