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Recuerdos De Colegio

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Hoy terminé de forrar los cuadernos de mi hija Lucía. Todos quedaron muy bien, sobretodo porque, vale decir, los cuadernos de hoy, tienen una presentación envidiable. Forré como 14 cuadernos con la cara de Pucca, los Jonas Brothers y Hanna Montana. Lucía los decoró con algunos stickers que venían en el mismo cuaderno y extrajo los posters que traían de regalo para pegar en su cuarto.

Rápidamente mi mente me llevó a aquellos años en los que yo estaba en el colegio y tuve que llevar mis cuadernos populares, todos chiquitos, con la pasta de un mapa del Perú en fondo plomo, con unas hojas más corrientes y amarillas que parecía que alguien con infección urinaria lo había usado de mingitorio.

 

Para mi papá no había otro cuaderno que no sea el popular, claro está por su precio y no por su calidad. Mi hermano, que ya estaba en los últimos años los forraba con papel de regalo y literalmente pasaba piola .

 

Luego, recuerdo que salieron los cuadernos pre-forrados. Eran lo máximo. Mi hermana como no tenía los benditos cuadernos, los forraba con “vinifan” y luego con una plancha ligeramente caliente los pasaba hasta que el forro se adhería. Cabe señalar que a veces se le pasaba la mano y los forros se achicharraban y lejos de quedar como un pre-forrado quedaba como un pre-arrugado.

 

En un año a mi papá se le ocurrió la grandiosa idea de traer unos plásticos que había en su trabajo para usarlos como “vinifan”. Eran unos plásticos mas duros que forrar un cuaderno se convirtió en toda una odisea. No se podían doblar. Las cintas scotch reventaban cuando intentábamos pegarlos. Pero a fuerza de tesón y terquedad (vale decir no teníamos otra cosa con que forrar) terminábamos de forrar todos los cuadernos. El problema venía después. Cuando terminabas de forrar y lo soltabas el cuaderno se despaturraba por el plástico duro que quería regresar a su forma original. La siguiente idea fue ponerle una maleta pesada encima por una par de días para que el plástico se acostumbre a su nueva forma.

 

Después de ese año ya no tuvimos problemas con los forros de los cuadernos porque estos plásticos eran tan duros que sirvieron para el año siguiente y para el siguiente más. Y como ya se habían amoldado a la forma del cuaderno lo sacabas como si fuera una casaca y se lo ponías al otro.

 

Y luego que Lucía  terminó de arreglar sus cuadernos, siguió con los fólderes, para variar, de Hanna Montana, Demi Lovato y de Nick Jonas. Entró a la computadora, se bajó unas carátulas, puso su nombre, las imprimió a color y listo para empezar las clases.

 

Vaya que sencillo, en mi época cada quien tenía que dibujar su carátula. Yo, si se puede decir, me especialicé en eso. Me gustaba dibujar así que agarré una habilidad para hacer mis carátulas y con una regla de letras escribía mi nombre, calculando el espacio y tratando de evitar que alguna letra se salga del dichoso pergamino o agarre uno de los rollitos que le dibujaba a los lados. Algunos amigos por flojera a veces me alcanzaban un par de monedas y les hacía sus carátulas. Así me “recursié” hasta que empezaron a vender las carátulas en las librerías, ya hechas, sólo para poner tu nombre y mi próspero negocio se fue a la quiebra.

 

Y ya que hablamos del colegio, me acuerdo de las famosas “asignaciones” (ahora hacen asignaciones?). Agarraba mi máquina de escribir y me ponía a digitar mi tarea previamente escrita. Pero los errores nunca faltan así que agarraba mi “radex” y le aplicaba a la letra errada. El problema era regresar a la misma línea, por eso a veces me salía algunas letras montadas como si saltaran por encima de la palabra queriendo figurar. Y más aún que la bendita máquina de escribir se había malogrado y no corría la cinta así que con la mano derecha escribía y con la izquierda iba dando vuelta al rollo de cinta. Al final terminaba con un dolor en la yema de los dedos índice y medio de la mano derecha.

 

Luego de digitar unos párrafos dejaba unos espacios para los dibujos que iba hacer posteriormente y más valía no cometer algún error dibujando porque sino tenía que volver a digitar toda la hoja nuevamente.

 

Luego salió el “liquid paper”. El problema es que en esa época aún trabajábamos mucho con el papel “bulky” y el papel “periódico” que eran más prietos que ropa percudida. Cuando le aplicabas el “liquid paper” quedaba una mancha blanca que se podía divisar a kilómetros de distancia.

 

Y si tenía que sacar alguna información tenía que irme a la biblioteca municipal. Cabe indicar que previamente había tenido que hacer mi pago respectivo, llevar mi foto carnet blanco y negro y esperar 20 días para que me entreguen mi dichoso carnet con sus respectivos sellos de tinta y sello de agua infalsificable, que me acreditara como inscrito y me permitiera pedir algunos libros para leer en la sala. Sólo tres por día.

 

Y ya que hablamos de colegio, Lucía va a un colegio particular con piscina y agua temperada, con salones acondicionados, lleva música, arte, danza, natación, etc. No es un “gran colegio” pero al menos, creo yo, cumple con un mínimo de estándar para su educación.

 

En mi colegio de primaria en cambio a las justas tenía un patio central. Cuando quisieron ampliar el colegio se cayó una pared. Se escribía en pizarra con tiza. Para los cambios de hora o anunciar el recreo hacían sonar una campana. No existía cursos de música natación y mucho menos había alguna piscina. A las justas había agua en los baños. Yo me tenía que ir caminando al colegio con mi uniforme plomo y mi portafolios más incómodo. Ida y vuelta. Cuando había “paraca” llegaba más enterrado que el uniforme ya parecía blanco.

Algunos Errores Fatales

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Tengo uno de esos amigos que sólo está dispuesto a hacerme la vida imposible en el Messenger. Apenas ingreso mi clave y mi máquina a duras penas empieza a conectarse aparece el recuadro de conversación con un dibujo de un órgano sexual masculino, algún marica o transformista. Y como yo, medio poeta frustrado, suelo poner frases de canciones en mi Nick como “siempre seguí la misma dirección, la difícil la que usa el salmón” o “volveré a buscarte algún día” o alguna otra de inmediato me lanza sus frases como “porque no sigues esta dirección” y me adjunta la imagen de un pene apuntando hacia un lado.

Entonces, como suele fregarme la paciencia cada vez que me conecto a la red del Messenger he optado por entrar como “no conectado”, así me escabullo en el anonimato y converso con quien mejor me parezca. Hace un par de meses atrás, decidí darle una cucharada de su propia medicina y me conseguí las imágenes de otro pene que se formaba con tres claves y uno podía darle el tamaño que quisiera repitiendo la clave del medio. Lo grabé y lo guardé a fin de darle su sorpresa cuando se conectara.

Recuerdo que fue un lunes, estaba en la computadora en horas de la noche y mientras hacía tiempo conversaba con una amiga del trabajo, mi amiga Jazmin, linda ella, quien era seguidora de una religión evangélica y que cada vez que me conectaba a hablar con ella trataba de convencerme de unirme a sus filas, luchar contra el mal y prepararme para la llegada del Mesías. Solía recibir sus correos con pensamientos bíblicos adornados de hermosos paisajes como prueba irrefutable que Dios existe.

Yo, como siempre, si bien no he sido un religioso a ultranza, mantengo mi buena reputación. Puedo jactarme que la gente me aprecia, me considera un buen amigo, un buen padre de familia y buen esposo.

En lo mejor de la conversación con Jazmín, aparece la clásica ventanita “Carlos se ha conectado”. De inmediato eché a andar mis planes, abro el recuadro de conversación y leo que su “Nick” decía “Costa Rica, allá voy”. Conociendo a Carlos, no me extrañaba que estaría próximo a viajar. Así que ni corto ni perezoso eché a volar mi imaginación y antes que se pudiera adelantar le escribo “De costa rica te voy a dar ésta” y le adjunto el dibujo del miembro viril y se lo lanzo. Lo que no me había dado cuenta es que mientras escribía, Jazmín me había enviado un mensaje y por esas cosas que tiene internet, se había activado su ventana y en vez de escribirle a Carlos le había escrito a ella.

Cuando quise reaccionar y subsanar mi error era demasiado tarde. No pude detener tremendo Príapo que le había enviado, que aparecía inmenso ocupando toda la ventana y que para colmo de males era animado y le vibraban las venas como una serpiente eléctrica. Intenté resarcirme, limpiar mi imagen. Pedí disculpas pero se había desconectado. Llamé por celular y no respondió.

Desde ese día perdí una amiga por un error fatal.

En el colegio de mi hija me conocen como un esposo y padre modelo. Si bien no soy de asistir y estar metido en todas las reuniones cumplo en la medida de lo posible con mis obligaciones. Janecita mi esposa se ha encargado de difundir mi fama de buen padre y esposo contando nuestras actividades familiares de los fines de semana. La directora en el par de ocasiones que hemos coincidido hemos tenido una conversación amena y hemos discutido temas sobre proyectos sobre el futuro de los niños y el colegio. Cada vez que la directora se encuentra con Janecita le hace saber que soy un caballero y en más de una ocasión me ha puesto de ejemplo en las reuniones de padres de familia “el señor Rodríguez que es un caballero…”

Las cosas ocurrieron un viernes en la mañana. Yo estaba de vacaciones, así que aprovechando esos días empecé a llevar a mi hija Lucía al colegio. Yo soy un maniático de la puntualidad. No existe día en que llegue tarde al trabajo o alguna cita. Si en las tarjetas de fiestas infantiles o matrimonio me ponen “a las 4:00 p.m”, yo me aparezco como dicen las reglas de urbanidad, diez minutos antes. Si no me creen prueba de ellos son mis familiares que en sus reuniones me he aparecido cuando recién están colocando los globos o la decoración de la fiesta. Y todavía me dicen “Ponemos a las 4, porque en el Perú la gente se aparece una hora después”. Pero no, yo soy puntual a prueba de todo.

El hecho es que el día viernes me quedé dormido. Cuando desperté era ya un poco tarde y no podía permitir que mi hija Lucía tuviera una tardanza, más aún que pareciera que ella hubiera heredado esa manía de la puntualidad. La hice cambiarse rapidísimo y tomar el desayuno prácticamente de un solo bocado. Saqué el carro y arranqué de inmediato al límite de la velocidad. Pero cuando se hace tarde aparecen más carros y más gente, así que volteando la avenida, ya a escasos metros del colegio se había atravesado una camioneta guinda impidiéndome el paso. Estaba en el carril izquierdo. Así que empecé a tocarle el claxon insistentemente. Le hacía el juego de luces y nada. Miraba el reloj y ya eran las 07:45, hora de entrada al colegio. Nuevamente el claxon y las luces y sacaba las manos por la ventana haciéndole gestos poco amables. Apenas la camioneta avanzó un metro a la derecha, pude colarme y avanzar. Al pasar a su lado sobre paré un instante y me disponía a lanzarle el clásico “mujer tenías que ser”. Cuando estoy casi a su lado reconozco la cara de la Directora del colegio. Me hice el loco, bajé la cabeza, avancé unos metros. Dejé a Lucía y me desaparecí del colegio. Desde esa fecha no me han vuelto a nombrar como ejemplo en las reuniones de padres de familia.

La Llamada

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Había salido un par de veces con Miluska al culminar las clases de Inglés. Una vez nos habíamos quedado en la cafetería del instituto tomando un café y un sándwich y nos habíamos reído como nunca. La química estaba funcionando muy bien. La segunda vez me dijo para ir al cine. Hay una película de terror buenísima me dijo. Y aunque no me gustan para nada las películas de terror accedí a ir sólo para complacerla y para estar más tiempo con ella. Al terminar ella salió feliz comentando todos los chorros de sangre y las tripas que habían salido volando y yo conteniéndome las ganas de decirle que después de ver esa película nunca más iba a comer Ketchup y que me había quitado todas las ganas de comer mi canchita extra grande.

Todo iba bien, hasta el sábado siguiente que el instituto había organizado una fiesta para todos los alumnos. La llamé el día anterior, como siempre como quien no quiere la cosa, preguntándole si iba ir. Claro! Me dijo entusiasmada. Ahí nos vemos, agregó y yo, esperando ansioso el sábado. Me puse mi mejor camisa, mi perfume con feromonas y con los secretos de las Huaringas y salí disparado a la fiesta. Cuando llegué. Saludé a algunos amigos y la busqué con la mirada. Allí estaba Miluskita, conversando con un tipo. Me acerqué, le toqué el hombro. Hooolaaaa! Me dijo entusiasmada. Como estás le dije. Te presento a mi enamorado! Me dijo ella y yo zuácate con la quijada en el piso como el coyote cuando el correcaminos pasaba a su lado a cien por hora. Hola que gusto, dije titubeando y después de un par de palabras más como haciéndome el loco, como que alguien me llamara, me fui desviando hacia otro lado.

Así que resignado a mi suerte no me quedó que conversar por ahí con uno u otro y aplicarme grandes dosis de cerveza, que gracias a Dios, eran gratis.

Pero después, nunca faltan los amigos pileros, los que quieren ver a bailar a todo el mundo. Jacky quien se había atribuido funciones de organizadora, de promotora de la hora loca, nos juntó a todos los del salón y nos hacía bailar y me jalaba como si me hiciera un favor metiéndome a la ronda. Y todos bailaban felices y yo estaba sólo como un apestado, un lumpen haciendo relucir mi sonrisa como si nada pasara. Luego apagaron la música, nos sentaron todos en una mesa para degustar la comida y para coronar mi mala suerte me sentaron al lado de Miluska. Así que a un lado estaba el sujeto ese que me había atrasado y al otro lado estaba yo. Miluskita se repartía para hablar con él y de vez en cuando conmigo. Así que estaba haciendo el papel del idiota, del desadaptado social, así que sacando moral, posiblemente del alcohol que corría por mis venas, me la quise pintar de que no era un fracasado en las lides del amor. Al contrario que era un experto, que tenía cientos de chicas que se turnaban para salir conmigo y me desparramé en la silla y me conté un par de chistecitos en la mesa mientras llegaban los platos de la cena.

Todos se rieron y levanté más la moral. Ya era cerca de la una de la mañana y no se me ocurrió mejor idea que si recibía la llamada de alguna fémina a esa hora coronaría mi actuación de galán asediado. Así que caleta nomás saqué mi celular del bolsillo y busqué el nombre de Sarita. Ella no me fallaría y más que seguro a esa hora estaría también disfrutando de alguna juerga por ahí. Timbré unas 5 veces y colgué. Después de un minuto empezó a sonar mi celular. Esperé que la melodía llamara la atención de Miluskita y de las otras compañeras y lo saqué del bolsillo, miré la pantalla y dije “Sara”, sonreí y respondí. Aló, le dije. Al otro lado de la línea. Me llamaste?. Hola que tal que es de tu vida, que milagro, respondí. Oe me has despertado, me dijo Sarita, para eso me llamas. Y yo respondiendo cualquier cosa. Yo aquí en una fiesta del instituto le dije mientras me echaba en la silla y jugaba con el tenedor. Carajo me dijo Sarita, para eso me llamas y me colgó. Lógicamente nadie escuchaba lo que decía Sarita así que yo seguí floreando para que me escuchen. No, hoy no puedo, te digo que estoy en una fiesta del instituto. Dejaba un silencio y luego nuevamente. Ya ok, si me animo yo te llamo, dije en voz alta nuevamente. Un Chau chau y colgué. Sonreí nuevamente haciendo no con la cabeza y me uní a la conversación otra vez.

Así que era hora de aplicar nuevamente lo mismo, esta vez, con Claudita. Ella fijo, que en estos momentos también estaría en alguna fiesta de una amiga. Así que nuevamente caleta bajé el celular, busqué Claudia y le di “send” esperé que timbrara unas cuantas veces y cuando iba a cortar para que luego ella me devuelva la llamada, me doy cuenta que no decía “Claudia”, sino “Claudio Vera”. Claudio Vera era mi jefe inmediato, un ingeniero geólogo con el que me habían asignado a trabajar y a quien yo reportaba a diario sobre mis labores cuando salía de viaje a provincia.

Era la una de la mañana y apreté como diez veces el botón rojo para colgar la llamada. Rogué que no hubiera escuchado el celular y traté de tranquilizarme. A los 2 minutos, suena mi celular. Todos los de la mesa nuevamente voltearon a mirarme. Y yo, como estaba con el alcohol en vez de no responder, cortar y al otro día inventarme cualquier excusa no se me ocurrió mejor idea que responder la llamada. “aló” digo. “Me llamaste” me dijo el ingeniero. Y yo con mi voz de niño vendedor de caramelos, “Si, ingeniero, para decirle que ya le envié el informe a su correo. Llegué ayer ingeniero, levanté la información y todo correcto ingeniero, sin ninguna novedad”. “Ya ok” me dijo “hablamos en la oficina” y me colgó. Nunca en mi vida me había reportado a la una de la mañana y encima ebrio y con risas en el fondo.

Después de eso me apagué por completo y toda mi actuación de galán asediado se fue al tacho.

- Que pasó Eduardito – me dijo Miluskita – quien te llamó que te cambió la cara-

- jejejeje sonreí- y titubeé sin saber que decir.

- ya sé- me dijo – seguro que tu ex –

Me sentí como un moribundo a quien le ponen respiración artificial.

- Que comes que adivinas- alcancé a decir

- Ay hombres- dijo ella y siguió hablando con su enamorado.

Hasta el hambre se me quitó, me quedé un rato más, apenas revolví la comida y me retiré derrotado. Menos mal que el lunes tenía que viajar nuevamente y no tendría que verle la cara del ingeniero por lo menos una semana más.

Ya Estoy Viejo

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El día sábado fue cumpleaños de Inesita. Como se que lee este blog, me reservo mi derecho a no mencionar su edad, a fin de mantener su amistad.

Como todos los años Inesita celebró su cumpleaños, esta vez en la “Dolce Vita”, lugar al que nunca antes había ido, así que era una buena oportunidad de conocer nuevas alternativas de diversión.

 

Según las condiciones del local, la reserva solo era hasta las 11 de la noche. Luego de esa hora tu mesa reservada se la daban a cualquier parroquiano que la pida, así que como siempre, yo tan puntual, llegué a tiempo a fin de asegurar “la mesa”. Y pongo “la mesa” entre comillas porque me dieron un cuadradito, un cubito ínfimo con unas sillas pequeñísimas, dignas de algún nido, de algún inicial de niños de 3 años. Eran unos asientos incomodísimos sin respaldar. Por si fuera poco la ubicación de la mesa estaba cerca de la pista de baile, que no era más que un breve espacio, una pequeñísima franja que poco a poco se fue llenando de jovenzuelos despeinados y jovencitas guapas.

 

A la hora se apareció Inesita con unos amigos, como siempre tarde. El local se llenó rápidamente de bote a bote a tal punto de parecer una combi en plena hora punta.

La gente bailaba apretujada, sudorosa, prácticamente se volvió imposible para mi bailar, no podía moverme en esos reducidos espacios. Y no es que sea un bailarín eximio pero pido al menos un pequeñísimo espacio para poder dar un “pasito pa adelante y otro para atrás”. Pero a los chibolos poco o nada le importaba que la pista de baile estuviera llena. De un salto se abrían paso y hacían coreografías y se iban hasta el piso y se abrían espacio a punta de caderazos. Y yo, sin poder moverme.

Cuando estaba sentado, las sillas eran tan diminutas que mi cara prácticamente daba a la  espalda baja de los que estaban parados. Y como estábamos sentados al borde la pista de baile, en un momento sentí unos ligeros empujoncitos en mi cabeza, volteé y me encontré literalmente con “un poto” centelleante, redondo, apretado por unos jeans a la cadera de alguna fémina que se contorneaba al compás de la música. Yo que había volteado con el ceño fruncido con unas ganas de armarle la bronca a cualquier mozuelo que estuviera incomodándome, tremendo espectáculo hizo que me cambiara la cara y babeara como un inexperto quinceañero. Bajo esas circunstancias dejé que las cosas sigan así, me dejé llevar por la música, por el masajeo gratuito, que yoga ni que Pilates, no había mejor relajación que esa terapia.

 

Así transcurrió la noche y exceptuando la situación del masajeo, sinceramente no me sentí a gusto. Me sentí un bicho raro, un desubicado, como un huevo en un cebiche que no tiene nada que hacer allí.

 

Por eso he concluido que ya estoy viejo, que ya no estoy para estos trotes. Ya no estoy para que me estén empujando mientras bailo. Ya no estoy para la música estridente. Ya no estoy para estar peleando por un metro cuadrado. A estas alturas de mi vida prefiero mil veces una conversación que un baile. Ya no me divierte moverme como un loco sin poder conversar tranquilo. Por eso, repito, he llegado a la conclusión que ya estoy viejo.

 

Otro síntoma que me ha hecho llegar a este colofón es que, si alguna vez pretendo hacer algún pasito nuevo de baile en las coreografías de las canciones que dicen “para abajo, para abajo, para arriba, para arriba”, esta lumbalgia, este nervio ciático que recorre mis nalgas me hace acordar que por las puras puritas no se tiene treinta cinco años a cuestas.

 

Y este dolor intenso en la espalda, me ha hecho algunas malas jugadas. Por ejemplo, hace unos días me senté en el asiento final de una “couster” que corría como loca por las calles de Lima y se pasaba los baches y los rompe muelles sin la menor consideración. En cada rompe muelle me hacía saltar hasta el techo y con este dolor de espalda me hacía ver al mismísimo Judas Calato. Así que prácticamente iba en el aire, por lo que opté por levantar la pelvis, despegar el trasero del asiento en cada bache para ir en el aire y no tener que sufrir el dolor de los brincos de la combi. El problema es que como estaba la combi llena, frente a mi habían dos jovencitas guapas que me veían que cada cierto tiempo levantaba el trasero del asiento y le hacía unos movimientos pélvicos, que si bien lo hacía por un asunto de salud ellas asumieron que era algún degenerado, algún sibarita aguantado haciéndole gestos obscenos. Las féminas desaparecieron a los pocos segundos y yo quedé como un viejo verde degenerado.

 

Y una vez más concluyo que estoy viejo porque últimamente orino en dos direcciones. Y no es que la naturaleza haya sido generosa conmigo o que sea Pepito Dos Cañones, sino que luego de mis indagaciones profundas en Internet, he descubierto que eso es un síntoma de una “prostatitis”.

El problema es que cada vez que voy a un baño ando como perro callejero dejando mi marca por todos lados. Y no puedo apuntar con habilidad para darle al water o al urinario. Últimamente se me cruzó la loca idea de sentarme para orinar pero mi orgullo de macho que se respeta no lo permitió.

Lógicamente que me rehúso a aceptar esa enfermedad, porque temo ir a algún consultorio y ver que el médico se ponga esos guantes de látex a fin de corroborar mi dolencia.

Tengo 35 años, a menos de un mes de llegar a los 36 y ya me siento viejo. Necesito olvidarme del trabajo, de los estudios, de los problemas y del stress. Necesito relajarme, necesito hacer yoga o Pilates, o mejor que eso, necesito el masajeo del algún poto centelleante.

La Primera Vez

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En febrero de 1990 yo tenía 16 años y tenía mi primera enamoradita. Miluska se llamaba. Ella tenía un año más que yo. Era una chica preciosa entradita en carnes y con una sonrisa capaz de hacer salir el sol en pleno invierno. Compartíamos los mismos gustos musicales. Todo empezó así intercambiando los ya obsoletos cassettes. Yo me esmeraba en conseguir esas cintas piratas de Bon Jovi, Poison y Europe que tanto le gustaban a ella. Era el tiempo del Glam metal.

 

Ella y yo, éramos unos párvulos inexpertos e impolutos que empezábamos a experimentar cosas nuevas en cada beso, en cada abrazo, en cada caricia subidita de tono.

 

Miluska vivía en una casa alquilada en un segundo piso. Tenía un hermano, que no era más que un pobre ganso que su vida se resumía en salir a jugar “fulbito” cada tarde. Su vida giraba en torno a una pelota. Luego de eso no le interesaba nada más. En cambio Miluskita, a pesar de ser su hermana de padre y madre, le encantaba el arte, la música y por supuesto yo.

Sus padres trabajaban todo el día y llegaban exactamente a las 6 de la tarde. Era su rutina de todos los días. Su rutina que también hice mía, pues sabiendo que no estaban en casa, cada tarde, después de almorzar, me cepillaba los dientes hasta tres veces, me compraba un halls de diez céntimos, agarraba mi bicicleta y pedaleaba las 20 cuadras que separaban mi casa de la de ella. Pasaba por la canchita de “fulbito” donde veía su hermano correr, como siempre tras la pelota. Llegaba a su puerta. Tocaba el timbre. Pasaba, dejaba mi bicicleta en el primer piso junto a la escalera y subía para verla.

Así transcurrían las tardes de febrero. Éramos dos jovencitos descubriendo el amor. Cada vez nuestros besitos se hacían más intensos. Los abrazos eran con más toqueteo y cada día nos íbamos quitando más la ropa. Cuando el reloj se acercaba a las 6 p.m. me despedía de ella, bajaba, montaba mi bicicleta y regresaba a mi casa al límite. A punto de estallar.

Un día le cuento a mi amigo Fernando. El “Nando”, mayor que yo, quien cual experto en la materia se encargó de hacerme quedar como un subnormal, como un retrasado sexual que al estar yo solo con Miluskita cada tarde hasta ahora no había debutado con ella.

Recuerdo aún ese día, fue un viernes, como cada tarde estaba con Miluska en su casa, nos besábamos, abrazábamos y poco a poco nos calentamos hasta terminar en su habitación. Después de hacer un par de intentos como “el misionero”, ella me dijo. “Mejor yo arriba” cuando estaba arriba, apenas empezando, suena la puerta del primer piso. Sonó la lata estrellarse. Miluska salió disparada a cambiarse y no tuvo mejor idea que decirme “métete debajo de la cama” (después de ese día entiendo todos esos chistes que hablan de esconderse debajo de la cama). Apenas pude jalar mi pantalón y escabullirme como un ladronzuelo bajo la tarima. Abriéndome paso entre algunos zapatos y juguetes, me quedé en completo silencio hasta contener la respiración. En esos momentos escucho abrirse la puerta de la habitación. Apenas respiraba y me encomendaba a todos los santos, prometía portarme bien y permanecer puro y casto hasta mi matrimonio si todo salía bien.

Que haces?- era la voz de su madre, que como nunca ese día se había aparecido a las cuatro de la tarde.

Todo estaría bien si Miluskita no se hubiera puesto nerviosa, tartamudeó un “na-na-nada”. Su esquiva mirada y su actitud sospechosa la delataron.

Y Eduardo?- Pregunta otra vez su madre.

- Ya se fue- otra vez apenas susurró Miluska.

Escuché los pasos acercarse. Su madre levanta con una habilidad única el colchón de espuma y me encuentra bajo las tablas de la tarima, escondido, acurrucado, en posición fetal con los pantalones abajo y sin calzoncillo.

Que haces ahí?- gritó

Y yo que con el susto, y con el frío, me había encogido hasta mi más mínima expresión, me quedé mudo sin atinar a dar la más escueta explicación.

Se han cuidado?- interrogó a Miluska.

Miluska también calló.

Después de ahí sólo escuché palabras y más palabras, sobre Dios, la moral, el sexo, los valores y la importancia de llegar impolutos y castos al matrimonio. Por si fuera poco, no bastando con eso, me amenazó que iría donde mis padres y que me acusaría que me había “ampayado calato” en su casa con mi “tesorito” a su libre albedrío.

 

Yo que siempre había mantenido la imagen de un jovencito bueno, respetuoso, estudioso apegado a la moral y buenas costumbres iba a quedar ante la sociedad como un vulgar degenerado, un abyecto, un sibarita descarriado que anda por ahí llevando por el camino de la perdición a jovenzuelas inocentes.

 

Bueno, cuando por fin, pude salir, me di cuenta que mi bicicleta me había delatado de alguna manera. Su madre la había visto ahí encadenada a la escalera y por lo tanto tenía que estar en algún lugar de su casa y no me había marchado como dijera Miluskita.

 

Desde ese día, cada vez que veía a la madre de Miluska pasar por las inmediaciones de mi casa de inmediato me escabullía como un perro huidizo y más aún si por esas casualidades mi madre, con quien se conocían y saludaban se encontraba fuera, con mil pretextos me la llevaba dentro de la casa. Gracias a Dios nunca llegó decirle nada. También, desde ese día, empecé a conocer los hoteles.

Quien C...... Inventó La Comida Gourmet?

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Ya no vuelvo a organizar un almuerzo nunca más. Por esas casualidades del destino, casi obligado por las circunstancias de la coyuntura terminé organizando un almuerzo al cual no me ofrecí realizarlo. Era cumpleaños de un amigo del trabajo, al cual invité a almorzar con 3 amigos más del área. Luego se plegaron, algunos jefes y gerentes a los cuales no les pude decir que no. El problema fue cuando uno de ellos remitió el correo de invitación para el almuerzo por motivo de cumpleaños de “Edgar” a toda la Gerencia, el cual terminaba con la frase “por favor coordinar con Eduardo si van a participar”. Luego ese correo no solo llegó a la bandeja de entrada de todos los de mi Gerencia sino también fue a parar a la Gerencia donde había trabajado anteriormente el buen Edgar.

El problema es que llegó tanta gente. Algunos me pagaron la cuota fijada, otros me alcanzaron una parte, otros tantos me pagaron con billetes grandes a los que quedé debiendo el vuelto.

De un momento a otro, yo un macho reconocido me vi envuelto de organizador de eventos sociales, del “catering” de la oficina. Pero ya nada podía hacer. Había que seguir adelante con la organización.

Así que, aplicando mis conocimientos de administración adquiridos en la universidad, decidí hacer una lista, un check list para controlar los que pagaban, los que faltaban completar y a los que debía el vuelto. Así también realicé el pedido por anticipado, haciendo la reserva del caso. Por un momento me sentí toda una “lady”, una “secretaria” y creí inocentemente tener todo bajo control. El problema vino después, cuando llegué al restaurante, se aparecieron otros tantos que no los tenía en la lista. Otros pidieron lo que no habían reservado inicialmente. Otro grupo pidió platos adicionales, otro vaso más de gaseosa y literalmente mandaron a la basura toda mi “listita” con los nombres y los pedidos de cada uno. Al final del almuerzo se arremolinaron algunos a pagarme y otros a pedirme su vuelto.

El hecho es que sumando y restando al final tuve que poner de mi bolsillo 170 soles para completar la cuenta CIENTO SETENTA SOLES!!! Que fácil me hubieran podido financiar un lindo fin de semana en algún lugarcito escondido y ficho por Miraflores.

 

Así que he decidido no organizar bajo ninguna circunstancia ningún almuerzo de cumpleaños más. Hasta ahora me duelen mis ciento setenta solsitos que tuvo que financiar mi alicaída economía. Y ni hablar del pobre mozo que se pasó por dos horas atendiendo al centenar de personas que con un hambre feroz lo llamaban insistentemente para que les traiga su plato. Y al final, de la manera mas desfachatada me fui escabullido con el montón de gente que salía mientras veía al pobre mozo que se acercaba a recoger ese empastado de cuero color negro donde traen la cuenta y no encontrar ni diez céntimos de propina.

 

Y no sólo ya no pienso organizar nunca más otro almuerzo, sino tampoco quiero participar de otros almuerzos, organice quien organice porque francamente odio las aglomeraciones, la pésima atención y sobretodo los famosos restaurantes “gourmets”.

 

Alguien me puede decir quien carajo inventó la comida “gourmet” o al menos lo que significa “gourmet”. Según Internet un “gourmet” es un catador y degustador refinado de la gastronomía; motivo por el cual esa palabrita no va conmigo; sobretodo si en su definición lleva la palabra “refinado”.

 

Bueno, con ese pretexto de “gourmet” los restaurantes peruanos se dan la libertad de cobrarnos caro y servirnos una miseria de comida en medio de un plato enorme y con dos verduritas a modo de adorno alrededor.

 

Y eso me recuerda cuando fui ahora poco al “Gol Marino” por motivo del cumpleaños de otro compañero de trabajo. Me pedí un cebiche el cual, después de devorarlo de un solo bocado, lo puedo describir en tres palabras: caro, poquito y feo. Lo peor de todo es que miraba a las compañeritas de trabajo que estaban a mi lado para ver si alguna de ellas dejaba algún trocito de pescado, una yuquita o aunque sea una cebolla y me la ofrezca. Y yo como quien no quiere la cosa, la tome con el viejo pretexto “para que no se quede”, “para que no se desperdicie”, “para sacarle el impuesto” o la última que escuché “para que no vengan muchas moscas”. Pero nada de eso ocurrió. Al parecer a todos les quedó chico el exiguo almuerzo. Desde ese día rebauticé al “Gol Marino” como el “Foul Marino”.

 

El segundo atentado a mi barriga (y a mi billetera) fue en el “Segundo Muelle”, nuevamente en San Isidro. Otra vez cumpleaños, pero esta vez de una compañerita, al que me vi casi obligado a asistir por un acto heroico de compromiso laboral y porque todos en la oficina apuntamos al mismo objetivo según nuestro Plan Estratégico.

 

Esta vez, con la experiencia anterior me junté con dos amigas y pedimos 3 platos diferentes a fin de compartir. Y aquí recomiendo que siempre hagan esto con amigas, con damas, porque existe la posibilidad que ellas coman menos que tú, por los motivos de siempre “cuidar la línea” y las “dietas”. De esta manera puedes dar rienda suelta a tu apetito voraz y arrasar hasta con la última cebolla del plato. Bueno, igual que la experiencia pasada nos sirvieron unos ridículos platos con una comida que solo podría llenar el estómago de algún liliputiense. Después de esta experiencia en el “Segundo Muelle”, lo rebauticé con el nombre de “Ridículo Muelle”

 

Y, en este último párrafo quiero expresar mi protesta contra la comida gourmet, yo quiero mis buenos frijoles con seco, mi cebichazo, mi sopa seca en plato hondo como debe ser. Que refinerías ni cursilerías de gourmet y servir una champita con más adornos que comida. He dicho!.

Una Carita Feliz

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Cuando Janecita tiene que salir y nos deja a mi hija Lucía y a mi solos, aprovechamos el tiempo para hacer cosas juntos, como jugar, cantar, mirar televisión, comer bastante pop corn con harta sal y gaseosa, sin que nadie nos diga nada. Pasamos el tiempo tirados por la casa sin hacer nada y sin ningún sentimiento de culpa por eso.

Y si hay algo que nos gusta mucho hacer a los dos juntos es cantar. No somos ningún prodigio del canto, dignos de “Britains got Talent” o del “American Idol”, pero nos gusta hacerlo, desafinados, cambiando la letra o intentando estar en el tono de la canción.

Ese sábado que se fue Janecita a sus clases, todo el día, con Lucía, miramos televisión, tirados en el piso comiendo canchita pop corn con gaseosa. Luego nos cansamos y empezamos con el karaoke en la computadora. Lucía, pequeñísima y dulce ella, me daba un premio por cada canción que ella consideraba yo había interpretado de la mejor manera. Así gracias a mi gran interpretación de “Laura No está” de Nek me hice acreedor de una carita feliz que Lucía estampó con mucho cariño en mi frente. Los siguientes premios fueron un caramelo, un beso y un lapicero que prendía luces. Mientras tanto los regalos que ella exigía por cada canción bien interpretada era una muñeca “My Scene”, “un tablero gigante de pintura” o “un Nintendo wii” a los que yo simplemente prometía cumplir el día que sea Gerente de la empresa donde trabajo.

 

El hecho es que entre canto y canto, la hora se nos fue volando y nuestras barrigas empezaron a sonar de hambre. No había nada preparado para la cena. Me acerqué a la cocina, revisé el refrigerador y no encontré nada provechoso como para preparar algo rápido y salir del paso. Así que, no me quedó más remedio que salir a comprar mi comida.

 

Dejé con muchas recomendaciones a Lucía en casa y salí rapidísimo a la pollería más cercana. Salí prácticamente con lo que estaba vistiendo, un short, sandalias y un polo viejo con el estampado ya casi irreconocible. Llegué a la pollería, me acerqué a la caja a cancelar y sacar mi ticket. Una señorita guapa atendía en la caja registradora, levanta la mirada y me queda mirando fijamente mientras esboza una sonrisa, casi pícara, cómplice. Yo miré atrás, era el único en la caja. Me puse nervioso y también le sonreí. Mientras me preguntaba cual era el pedido, no dejaba de mirarme y sonreirme. Y yo, cada vez más nervioso, también sonreía.

- Dos cuartos de pollo- apenas tartamudeo

- Son veinticuatro soles- me dijo

Y yo, nerviosazo, saco el dinero del bolsillo, unas monedas rodaron por el suelo, las recojo rápidamente. Y es que me pongo así cuando inesperadamente una chica guapa me sonríe. Me vuelvo torpe, no coordino mis movimientos. Mi mente piensa una cosa y mi cuerpo hace otra. Casi transpirando le entrego un billete de veinte soles y cuatro monedas de un sol.

Ella me extiende el ticket y nuevamente me clava la mirada con esa sonrisita matadora. Apenas balbuceo gracias con mi sonrisa tímida. Entrego el ticket al de la barra quien me mira un poco desconfiado. Apenas me recibe el ticket, levanta una ceja y hace un gesto de negación. Y yo pienso, “Este tarado se ha ganado que la chica de la caja y yo hemos hecho clic y posiblemente se ha puesto celoso”. “Claro!” me digo, “No faltaba más”. “Este sujeto de la barra le ha echado el ojo a la chica de la caja”. Me siento en una mesa a esperar que me llamen. Miro ligeramente al lado y nuevamente me topo con la chica de la caja que cuchichea con una mesera mientras me miran y sonríen. Y yo, más nervioso aún, sin saber que hacer. Definitivamente los dotes de galán me fueron negados.

Trato de distraerme en otras cosas. Miro mi ropa y anoto en una servilleta. “Polo blanco, short verde militar y sandalias”. Trato de encontrar una explicación. Posiblemente mi pobre polo usado, casero, concentra las feromonas que tan buenos resultados me está dando esta noche.

 

El de la barra me llama y me entrega en una bolsa mis dos cuartos de pollo a la brasa. No demoró casi nada, “claro, me quiere despachar rápido”, salgo por el lado de la caja “Gracias” le digo a la señorita y ella responde con esa dulce voz “gracias a ti” y nuevamente la sonrisita pícara.

 

Al salir a la calle, el viento me hizo volver a mi realidad. Por un momento había olvidado todo, Crucé casi corriendo la pista y abordé una combi, con la chica de la caja en la cabeza.

 

Como son las últimas cuadras de recorrido de esta línea de transporte, la combi va casi vacía, me siento pegado a la ventana. Una fémina guapísima, que está sentada frente a mi, me mira y me sonríe y yo, nuevamente, nervioso, miro atrás y no hay más que una viejecita con unas bolsas de víveres y yo “uy y esa sonrisita para quien fue” pensé. “Debo estar alucinando” cavilé nuevamente. “Me debo haber equivocado”, “una pasa pero dos en la misma noche ya no me la creo”. Mientras hago la “finta” que miro las calles, me topo con su mirada y nuevamente la sonrisita matadora. “Que pasó hoy”, me pregunto. “Estoy arrasador”. “Deben ser mis feromonas”. Los astros, la luna, Júpiter y no se que más disposiciones astrológicas esta noche están jugando a mi favor.

 

La chica de la combi se baja no sin antes de darme la última mirada con su respectiva sonrisita y yo que también le regalo una leve sonrisa. Me bajo en la próxima esquina y el cobrador me mira y hace una mueca de desagrado. Y yo que pienso “Ya envidioso, bajo en la próxima esquina, el que puede puede, y el que no que mire y aprenda”.

 

Bajo rapidísimo de la combi y subo corriendo al segundo piso con mi ego al tope. Abro la puerta del departamento, Lucía me esperaba hambrienta.

- Papito tanto te has demorado-

Me recibe la bolsa, y de inmediato empieza a comer las papas.

- A lavarse las manos- le ordeno como todo buen padre cuidando la salud de sus hijos.

Mientras nos lavábamos las manos con abundante agua y jabón levanto la mirada y me topo con el espejo del baño y noto un sticker grande, redondo, amarillo en mi frente con una carita feliz.”good job” decía con letras rojas.

Rápidamente mi mente retrocedió hasta el momento que salí a la pollería, la chica de la caja, el tipo de la barra, la fémina de la combi y el cobrador. Ahora todo tenía coherencia. No me queda más que sonreír.

Miro a Lucía y ella me regala una sonrisa mil veces más bella que cualquier fémina.

- Papito, te fuiste con tu carita feliz a comprar”

- Si amor, porque no me avisaste”-

- Era tu premio-

Sonrío

- No te preocupes”- le digo.

 Y corrimos a la mesa a devorarnos el pollo.

Dicen Que Los Hombres No Deben Llorar

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He descubierto que a la gente le gusta sufrir y no sé porque. Es más me atrevería a decir que este rasgo masoquista se encuentra más marcado en las mujeres. Sino fuera así no serían fieles seguidoras de las novelas mexicanas y venezolanas que no son más que una bomba lacrimógena directo a los ojos, donde la protagonista se caracteriza por ser la más gansa de la historia y de haber nacido para sufrir.

 

Yo por mi parte soy un enemigo de toda aquella historia que me haga llorar, suficiente con la vida misma, por eso siempre que elijo alguna película para ver, es para relajarme. Yo no voy a ver dramas, tragedias o películas de acción donde los muertos vuelan por todos lados, las mutilaciones se desperdigan por toda la pantalla, poco falta para que salpique chorros de sangre a los espectadores. Más que relajarme saldría con los nervios de punta o con una depresión única, buscando que comer cualquier cosa que contenga potasio.

 

Por eso siempre que voy al cine o me pego con una buena película en el televisor son esas comedias romanticonas, simples donde no hay que hacer mayor esfuerzo que mirar, sonreír y en algunos casos reír a carcajadas.

 

No me gustan esas películas alternativas, existenciales, profundas y no sé con que otros nombres las llaman donde no entiendo nada o tendría que hacer esfuerzos mentales y abstraerme para poder entender una trama por demás enredada. Para que generarme ese problema más si ya es suficiente con los que tengo en mi vida. Y no me gusta tampoco la gente que se la pega de intelectual, con su barbita de 4 días y sus anteojitos y sale comentando que la película es muy buena cuando en realidad no se entendió nada.

 

Repito, me basta con todo el trabajo que tengo y con las mujeres que conozco que me acarrean un esfuerzo sobre humano de abstracción para poder entenderlas. A eso no le voy a sumar el irme al cine a tener que cavilar y meditar largamente tratando de entender una película.

 

Yo voy al cine a relajarme, soy un promiscuo total. Miro lo que sea sin interesarme en lo más mínimo quien la dirigió o quien actuó. Con tal que me entretenga y me haga reír, creo que la película ya cumplió con su objetivo.

 

Todo esto me lleva allá por el año 1998, cuando conocí a Kathy, Katita le decíamos. Katita era linda, hija de clase media, vivía en Jesús María, era la menor de 3 hermanas, lindísima ella. A pesar de sus 25 años tenía algunos comportamientos de niña que particularmente me gustaban. Su inocencia, su forma de actuar, su forma de sonreír, su rostro sin maquillaje y un montón de etcéteras.

 

Nos conocimos en un curso de computación que llevaba en un instituto limeño. Casi de inmediato hicimos “clic”. Y “by the way”, no sé porque con algunas chicas casi de inmediato de conocerlas conversamos y no paramos de hablar y siento como si la conociera de años y nos reímos de cada cosa con una confianza única. En cambio con otros a veces es difícil llegar a un grado de confianza mínimo. Definitivamente la química, las feromonas, las dopaminas juegan un papel importante.

 

Bueno, regresando al tema con Katita hicimos “clic” de arranque, “de arrancancón” como dicen mis amigos. Yo le explicaba algunas cosas de los cursitos de Word y Excel avanzado que llevábamos, porque era media “burruchaga” Katita para las computadoras; pero ahí iba aprendiendo poco a poco. Y, entre tablas dinámicas y macros quedamos en ir un día al cine.

 

Y yo, conociendo a Katita, pensé en ir a ver algo ligero, una peliculita de amor, de romance, alguna comedia de esas hollywoodenses, fáciles de digerir, donde al final la chica bonita se queda con el “loser”, de forma tal que eso exacerbe su corazón y le entre las ganas de fijarse en este pobre corazón que anda por ahí buscando.

 

Además siempre había escuchado que el cine era un lugar perfecto para dar ese puntillazo final con una fémina. Últimos asientos, canchita de por medio y un vaso enorme de gaseosa con dos cañitas. Todo preparado para que el destino solo se deje llevar y por esas casualidades de la vida coincidamos en aquel instante de sorber un poco de gaseosa y juntemos nuestras caras. La película sería perfecta, con su fondito de música romántica. Podría ser con un soundtrack de Air supply o de Celine Dion.

 

Así llegamos al cine, y como todo un caballero dejé que Katita escoja la película. “La vida es Bella” eligió y como yo sé tanto de cine como de estructura de átomos polielectrónicos, pensé “aquí la hago”. El título era sugestivo, “la vida es bella”, deletreaba el título varias veces en mi cabeza. El afiche también me decía algo. Un sujeto escuálido parecido a mi con una chica guapa y un niño. El triángulo perfecto del amor.

 

Previa canchita en versión gigante y una sola gaseosa extra grande con dos cañitas, entramos a la sala. Todo estaba de maravillas, sobre ruedas. Nos ubicamos en la penúltima fila, colocamos el vaso de gaseosa enorme al centro, nos miramos y sonreímos esperando que inicie la película. Lo demás vendría por añadidura. Ya estaba la canchita, la gaseosa, solo falta la película de amor para que Katita se anime y se predisponga para este torpe corazón que nunca me hace caso.

 

El hecho es que empezó la película y la trama estaba más lejos de lo que imaginé. Y yo, yo que soy un sentimental de primera y que a estas alturas del blog lo confieso, me atrapé con la historia al ver a este sujeto famélico llamado Guido hacer lo imposible por su hijo Josué y su esposa Dora.

 

Confieso que toda la bendita película me la pasé tratando de contener las lágrimas y me hacía el loco que tosía, que me picaba el ojo, que me fastidiaban los lentes y trataba de borrar el más mínimo de indicio de alguna lagrimilla que quiera escaparse. Y miraba a Katita de reojo y ella tranquilita comiendo su canchita y sorbiendo algunos tragos de gaseosa de vez en cuando.

 

Hasta que llegó el final de la película, se acabó la guerra carajo!!! Sale Josué de ese gabinete donde lo había escondido su padre Guido y yo que me desparramaba en el asiento, hacía puño con las nalgas tratando de contener cualquier lágrima  y Josué que se sube al tanque y a lo lejos divisa a su mamá Dora. Mamá, mamá!!! Grita el condenado y yo que me ponía de costado, engullía el pop corn tratyando simular. Y baja el escuincle corriendo del tanque y se abraza de su madre y todo el mundo se preguntaba Y Guido?. Y yo también, Donde está Guido!!!... Lo mataron carajo.

 Y que se acaba la película y de inmediato encienden las luces y Katita toda tranquilita que se levanta, me mira a la cara y me ampaya con los ojos rojos, hinchados, con una lágrima rodando por mis mejillas… Eso no se le hace a un poeta!!!.

Un AñO Nuevo Diferente

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Se acerca el fin de año y mi correo se llena de publicidad de fiestas y reuniones. Cosas como "La mejor Fiesta de Fin de Año", "Diversión Garantizada", "Ven y Diviértete con nosotros", "Cena y trago incluido", "Mejor Cotillón" y aparecen fotos de chicas bellísimas, provocadoras, grupos de jóvenes levantando una copa de algún licor y riendo de oreja a oreja. En otra fotito el cotillón cae a borbotones mientras un grupo inmenso baila haciendo coreografías.


Y la verdad a mi no me llama la atención. Y podrán acusarme (como lo hace la mayoría de personas que me conoce) que soy un aburrido y "aguafiestas" y déjenme decirle que están en lo correcto. Y tengo mis razones para sostener mi posición cuando alguien intenta llevarme o inducirme a asistir a estas fiestitas de fin de año.
En primer lugar, por ser una fiesta de fin de año, el solo nombre, convoca a un sin número de personas. No hay lugar libre. Todos los locales, discotecas, se encuentran abarrotadas de personas, de bote a bote. Y por lo tanto cuando un local se encuentra por encima de su capacidad, pues no habrá una buena atención. No se puede bailar. Hace mucho calor. Te están empujando por todos lados. Si pides un trago o una comida se demoran en traértelo. La música es estridente y no te permite conversar. No me gustan los cohetes y en general cualquier fuego artificial. Tienes que gritar al oído si quieres conversar con alguien. Hay peleas y broncas. Por lo general las comidas que sirven en estas fiestas son pésimas, para salir del paso. Las fiestas que incluyen tragos gratis tienes que hacer cola de 2 horas por cada vaso de cerveza, es decir el tiempo que te toma acceder a estos tres vasos, ya amaneció y por lo tanto ya se acabó la fiesta. Odio la gente ridícula que se pone sus lentes del año 2009, sus gorros de color amarillo y sus collares de flores artificiales mismo Hawai. Los baños al poco rato de iniciada la fiesta, se vuelven un mar de "pis", por no nombrar lo otro. Sale un olor nauseabundo y finalmente porque no me gusta bailar. Presumo que debo tener una especie de "multitudfobia". Nunca me gustó ver tanta gente junta. Por esa razón odio las procesiones, fiestas, discotecas, mítines y cualquier reunión o motivo que congregue más allá de 20 personas juntas.


Por eso muchos años nuevos me los pasé durmiendo. Como cualquier día. Cenaba a mi hora, como debe de ser y luego a dormir. Todo transcurrió así hasta que un año nuevo mis primos me propusieron pasar el año de campamento. La idea me pareció genial, lejos de la bulla, el tumulto y la algarabía y éxtasis colectivo.

El problema fue que escogimos mal. El destino era la playa “León dormido”. Así que agarramos nuestras mochilas, carpas, sleeping, latas de atún, hot dog, galletas de agua y trago, mucho trago.

Enrumbamos al sur de noche en algún bus pirata un 30 de diciembre de 1995. Bordeábamos los 22 años casi todos, listos para pasar un año nuevo distinto. El ómnibus nos dejó en la playa “León Dormido”, bajamos. Estaba totalmente oscuro, caminamos alumbrados con una linterna a duras penas por el arenal, hasta llegar a la playa. Cuando llegamos corrimos como perros en el campo. La playa estaba vacía excepto por una carpita iluminada por una fogata. Se escucharon voces y risas de chicas y ni siquiera necesitamos hablar para saber que teníamos que instalarnos cerca y por esas casualidades de la vida terminar compartiendo trago, comida, carpas y quizás hasta sleepings.

 

Armamos rápidamente la carpa y dos de mis primos enrumbaron por la orilla de la playa a indagar nuevos horizontes. A los minutos regresan y nos dicen que los inquilinos de la carpa vecina nos habían invitado a tomar un trago. Si, esa carpa de donde salían esas vocecillas femeninas.

De inmediato nos alistamos, sacamos una botellita de ron, porque no íbamos a aparecernos con las manos vacías, y caminamos rumbo a aquella carpa a conquistar el mundo. Llegamos y había tres chicas y tres chicos, lo cual a primera impresión, nos bajó los ánimos, ver que de alguna manera estaban “emparejadas”, pero al segundo vistazo era fácil darse cuenta que estos tres chicos no eran muy varoniles que digamos, empezando por los sobrenombres que tenían: “Barbie Rocker”, “Pedorra” y “Chibolín”.

-         Pedorra, Pedorra, tu hot dog, se quema tu hot dog- gritaba una

-         Ay no seas escandalosa – decía pedorra- si total acá ya tenemos 5 más –lo decía en clara alusión a nosotros 5 que acabábamos de llegar

 

Después de una breve conversación sacamos conclusiones contundentes, los chicos no eran tan varoniles y las chicas no eran tan femeninas que digamos, con decir que solo les faltaba tener pelo en pecho.

 

Y nos dimos cuenta que habíamos sido timados vilmente por las féminas, usadas de carnada por estos sujetos para atraernos con engaños con la posibilidad de engatuzarnos y terminar compartiendo carpa y sleeping. Por supuesto que nada de eso ocurrió.

 

Prácticamente salimos despavoridos de su fogata, derrotados, solos y lo peor de todo comparados con unos pobres hot dogs, ni siquiera chorizos o por último rellenos, sino unos pobres y escuálidos hot dogs.

 

Al día siguiente, al amanecer del 31, con la luz del día nos pudimos dar cuenta que el león dormido no había estado tan dormido porque no aparecía por ningún lado. Recién descubrimos que estábamos en otra playa, Cerro la Virgen, y que el jijuna del ómnibus pirata nos botó antes de lo debido a fin de aligerar su carga o dejar asientos vacíos para nuevos pasajeros.

 

Ese mismo 31, empezó a llegar gente como si fuera una invasión anunciada, como si se estuvieran regalando terrenos en la playa. Llegaban en carros, ticos, camionetas 4x4 y hasta camiones llenos de gente. Llegaban e instalaban carpas de todo tamaño. Yo que había salido huyendo del tumulto de Lima, de pronto me vi invadido por todos lados. Había llegado tanta gente que las carpas prácticamente se encontraban una al lado de la otra.

 

Y llegó todo otro contingente de homosexuales que se unió con el primer grupo y se armó un escándalo total. Llegaban también chicas lindas acompañadas con sus galanes. Y nosotros solos ya nos habíamos terminado de comer todas nuestras raciones de comida y estábamos a punta de galletas de agua y atún.

 

El día de año nuevo llegó, reventaban los cohetes, ponían música a todo volumen y bailaban. En la carpa contigua se escuchaban gemidos y sonidos guturales y nosotros 5, sentados mirándonos las caras sin trago, sin una comida decente y sin mujeres.

 

Ese día si apenas pude conciliar el sueño. Despertamos, entramos al mar y nuevamente sacamos nuestras galletitas de agua, abrimos la última lata de atún y nos dispusimos a desayunar.

Y estábamos tan pegados unos a otros que no podíamos evitar ver al sujeto de la carpa contigua, a escasos 2 metros sacar cuidadosamente una maleta e instalar una tremenda parrilla, por supuesto acompañado de una fémina hermosa vestida de un diminuto bikini amarillo.

 

El tipo todo galán, sacó el carbón y cual todo experto en la materia encendió el carbón en un dos por tres. A su lado tenía un cooler azúl de tapa blanca, del cual sacó, algunos trozos de carne, hamburguesas, chorizos, salchichas y con una destreza única y con todos los implementos que un buen parrillero necesita empezó a dorar su carne. Ella lo miraba y lo admiraba, lo abrazaba y lo besaba mientras él con una pericia única daba vueltas a la carne que despedía un olor irresistible.

 

Nosotros sentados alrededor tratábamos de poner nuestras galletas de agua para que le caiga siquiera un poquito de humo y ya no tener que sentir más el sabor del atún. Así estábamos mirándonos las caras, en silencio, en medio del sol, hasta que uno de mis primos, quizás de pura envidia, se soltó una sonora flatulencia, no fue un gasesillo, un “Gueiser” decente, fue una señora flatulencia que salió con cólera, con rabia, desde las entrañas, que hizo voltear asustados al tipo este y a su novia, quienes casi despavoridos sacaron las carnes, apagaron el fuego cerraron la parrilla y se marcharon lejos.

 Cuando se fueron, recién nos desternillamos de risa, doblados en la arena, nos olvidamos por unos instantes de la falta de comida, trago y mujeres.

Lunes De MiéRcoles

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Hoy lunes, apareció en mi Outlook un aviso “cita con la nutricionista”, hora, de 09:00 a 09:15. Faltaba pocos minutos, así que de inmediato me dirigí al baño, me di una lavada de cara y fui al consultorio. No era la primera vez que venía la nutricionista ya en 3 oportunidades anteriores me había hecho un control, me había pesado, habíamos conversado un poco sobre las dietas, las calorías, las grasas, las proteínas y un poco de nosotros.

Esta vez subí al consultorio, me reconoció. Así que nos saludamos con besito, le pregunté que había hecho el fin de semana largo. Me contó que había estado en su casa descansando y que no había hecho nada fuera de lo común. Mientras hablaba jugaba con el lapicero. Miré sus manos, sus uñas se encontraban bien cuidadas con un dibujo de una flor blanca con centro celeste, preciosas. De inmediato la imaginé cantándome “que te aruño papi que te aruño” (y no se que significa “te aruño” pero igual la aluciné). Yo por mi parte le solté el rollo de mi viaje a Paracas, Chincha e Ica. Después de esa breve conversación y de un intercambio de sonrisitas, me pide que suba a la balanza para controlar mi peso. Gustoso acepto, me quito los zapatos y me subo de inmediato a una balanza digital y no me había percatado que una de mis medias tenía un agujero. Juro que cuando salí de casa ese agujero no se encontraba allí. Y yo todo orondo parado sobre la balanza, cuando me inclino mi dedo gordo del pie izquierdo asomaba curioso por el hueco, sin vergüenza, pero ya era demasiado tarde para ocultarlo, la nutricionista había echado el ojo sobre el numerador de la balanza y obligada había visto aquel prisionero queriendo salir del calcetín. Me puse, rojo, amarillo, verde y morado, pero era demasiado tarde, había empezado mal el día.

 

Cuando salí del trabajo, subo a esa combi destartalada, combi Peruana del Perú, perdonen la tristeza. El asiento parecía tener molida la espuma, me hundía en el asiento y sentía claramente los fierros marcarse a fuego en mi trasero, como caballo. Y del respaldar ni hablar. No podía apoyarme porque se iba para atrás y corría el riesgo de terminar echado sobre la falta de alguna viejecita que hacía uso del asiento reservado. Por si fuera poco sólo estaba el asiento tras el chofer, así que ahí me ubiqué y de alguna manera, salvo las incomodidades del asiento, estaría más tranquilo porque no habría gente a mi lado de pie que me esté molestando, empujando. Pero error!!!, en cada giro que hacía el conductor, cada vuelta de timón, cuando agitaba los brazos despedía un olor hediondo que salía de sus hot wings. Por si fuera poco se atrevía a reclamar y pelearse con otros choferes agitando los brazos. No me quedó otra que abrir la ventana de par en par. Todo la Javier Prado me la pasé prácticamente con media cabeza fuera de la ventana. Que seguridad ni que ocho cuartos mi nariz sufría y tenía que hacer algo.

Pasaje, Pasaje grita el cobrador. Le doy un sol veinte y me dice, “Falta!, un sol cincuenta hasta la avenida la molina” y yo que ya estaba con cólera le digo “Que un sol cincuenta siempre pago un sol veinte”, “un sol cincuenta señor”, “ ya ok” le digo, “entonces me bajo en el jockey plaza”. Se queda tranquilo y se va. Y pienso, total me da igual bajarme en la avenida la molina o el jockey plaza igual de ahí tengo que tomar otra combi peruana en el Perú, perdonen la torpeza.

Me bajo en el jockey y me encuentro con una turba de adolescentes fanáticos, hinchas de universitario. Y yo lamentándome por haberme bajado, hubiera pagado el sol cincuenta y me hubiera evitado este nuevo problema. Y pienso “Carajo no sabía que hoy jugaba la U en el monumental”. Odio el fútbol y lo odié más en ese momento. No sé a quien se le ocurrió hacer un estadio cerca de la Molina. Porque no se fueron a Villa el Salvador, Villa María del Triunfo, San Juan de Lurigancho, si todos esos vándalos que me rodean y que me miran con cara de querer “bolsiquearme” vienen de esos lugares. Y ojo, no me acusen de discriminador, pero es la pura purita verdad, me basta ver sus banderas con la esvástica (que estoy seguro que ni siquiera saben lo que significa) e iniciales como VMT, VES y SJL.

Si tuviera el poder, los trasladaría con sus banderitas nazis hasta Alemania y los pondría en las zonas donde operan los Skinheads para que cuando les vean sus caras de cobrizos indios quechuas les den una paliza y una pateadera que se les va a quitar todititas las ganas de volver a pintar la esvástica.

Y rogué y recé dos padres nuestros pidiendo, primero para que no me asalten y segundo para que desafilien al fútbol peruano de la FIFA y se acabe de una buena vez con tantos chibolos pandilleros, rateros, mediocres. Porque para ser hincha, fanático de perdedores sólo puedes ser otro perdedor. Nunca he visto a una persona exitosa ganadora, que se hincha de una mediocre, perdedora. Y maldije el fútbol, a Burga, a Woodman (que no tengo idea quienes son y que cargos ocupan) pero igual los maldije y a Universitario también.

Y que se acabe el fútbol para que el Estado no gaste tanto dinero poniendo policías por todos lados, llevándolos y sacándolos del estadio en carros particulares, omnibuses, camiones como buenos. Y todas las combis peruanas del Perú, perdonen la franqueza, pasaban repletas llevando a los vándalos, que los identificaba de inmediato por su estilo entre pelotero con “reggaetonero blin blin”. Su pantalones que se debaten entre ser pantalones o shorts, sus gorritos de medio lado o su gorro tipo peterete y las infaltables camisetas bambas de la “U”. Pasaban repletas y yo sin poder subir a ninguna y las que iban por las Viñas no querían parar para no ser víctimas de algún saqueo. Hasta que por fin, pude abordar una repleta. A mi que no me gusta subir parado en combis pequeñas, tuve que hacerlo, para salvar mi vida.

Así terminó este lunes de miércoles, empecé mal y terminé mal, sobre esta combi peruana del Perú, doblando la cabeza.

Necesito Un Auto

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A mis treinta y tantos he concluido que necesito un auto. Uno a esta edad no puede seguir siendo un ciudadano de a pié, moviéndose en combis cochinas o en el mejor de los casos en algún taxi destartalado. Alguien de mi alcurnia que desciende de los más importantes abolengos de los Villalpando y Matalascayando no puede seguir siendo maltratado por cualquier cobradorcillo de transporte público.

 

Necesito un auto, porque no hay nada como llegar a una reunión social, a algún matrimonio de un familiar o un amigo en un auto propio. Bajas bien vestido a tu evento social y te diviertes y la pasas de lo lindo, sabiendo que cuando quieras retirarte, saldrás, encenderás el motor, meterás primera y directo y sin escalas a tu casita o al lugar que desees. Y si en la fiestecita lograste conquistar a alguna fémina, lograste convencer a alguna incauta, saldrás victorioso, la subirás al auto y la llevarás directo a algún hotel, algún “telo”, “telúrico”, “Telmex” y te meterás de frente hasta la cochera sin tener que hacerle pasar el roche de ir caminando por la vereda y justo al pasar frente a esa puerta luminosa con una “H” enorme que se prende y apaga, girar repentinamente y escabullirte como un ladronzuelo en su madriguera.

 

En el caso contrario, a estas alturas de la vida, no se puede llegar a algún evento social importante en un taxi tico amarillo o en un station wagon blanco y que todavía tenga inscripciones en el parabrisas cosas como “En memoria de mi madre Cirila” o en la parte posterior “Guíame Sr. De Muruhuay”, No pues! Esas cosas no son dignas de un treintón.

 

Y peor aún si a algún amigo se le ocurriese hacer su fiesta en alguna capilla escondida de algún distrito populoso de Lima, no te quedará más remedio que chapar tu mototaxi y, caballero nomás, llegar bien al terno “Giorgio Mamani”, “Gamarrage” o “Christian Pior” y bajar de esas mototaxis que le ponen lucecitas azules, rojas y escuchando reggaeton a todo volumen. En base tres esas cosas son imperdonables, y más aún si tienes el descaro de llevar pareja.

 

Y si en la fiesta, por esas casualidades de la vida, alguna jovenzuela cayó en tus sucias garras y no tienes auto, tienes que actuar de inmediato, saliendo y agarrando el primer taxi que se cruce en tu camino (si es que encuentras) y pagarle al chofer el precio que te pida. En estas circunstancias el “regateo” no tiene cabida. Sabes, que esos segundos, esos minutos que te demorarías en conseguir otro taxi destartalado pueden jugar en tu contra. La susodicha se puede desanimar, puede cambiar de opinión o en el peor de los casos puede recibir alguna oferta más atractiva y arrancarse sin compasión ni miramientos, pues se ahorraría el tener que estar esperando que su pareja consiga algún taxi o caminando hasta avenidas principales con el riesgo de ser asaltados a esas alturas de la noche.

 

Necesito un auto, porque un auto te da un plus, un adicional con el sexo puesto. Ahora me dirán que uno es igual con auto o sin él. Y en efecto, apoyo esa idea, pero no me podrán negar que contar con un auto te abre otras posibilidades. Si tienes un auto puede ser un buen pretexto para “jalar” a alguna fémina por el camino. Si vas sólo puedes hacer tu juego de lucecitas si ves alguna jovenzuela paradita esperando su microbús. O simplemente le tocas un par de bocinazos. Y si ya la tienes a tu lado, le puedes aplicar unas miraditas, una sobadita de pierna alegando que te equivocaste al querer hacer el cambio. Ah! Porque un macho reconocido maneja un carro mecánico. El carro automático es para señoritas. Un hombre que se jacte de tener sus testosteronas completas no puede ir desplazándose por las calles en un auto acelerando y frenando como carro chocón, eso no es de machos.

 

Bueno, por ahora, sólo me queda seguir viajando en estas combis destartaladas, descuajeringadas, así que he optado por sentarme al último para que nadie me esté empujando y para librarme que pudiera subir alguna ancianita y tener que cederle el asiento después de lo mucho que me costó sentarme. Y no es que sea un malcriado y no quiera dar el asiento. Por el contrario yo soy el primero en levantarme como un resorte si sube alguna viejecita, una mujer embarazada o alguna señorita guapa. Soy el primero en levantarme si estoy en uno de los primeros asientos, así no sea el reservado. Por eso, como siempre estoy cansado me siento al final, tranquilo y cuando sube alguna ancianita, soy el primero que grita “asiento reservado” y de inmediato me escondo en el anonimato.

 

Bueno, me desvié del tema, necesito un auto porque ya me cansé de ser torturado cada mañana, todos los días, 4 veces al día (y otros días 6) por las combis de este país. Aunque en estos últimos 5 meses he preferido las Couster. (Couster o nada!) a las combis pequeñísimas.

 

Me cansé de los cobradores, todos cochinos por igual, de los cuales recomiendo alejarse de su lado si desean mantener la salud de su nariz. Y peor si los ves usando esas camisetas de fútbol sintéticas que le sacan un olor a comino terrible, te sugiero caminar de inmediato sin parar hasta el fondo de la combi. No esperes que te lo pidan, dirígete derechito hasta el último extremo del pasamanos. En este país, pareciera que fuera un requisito indispensable tener un buen “alacrán” para ser cobrador de transporte público.

 

Me cansé que me estén diciendo “avancen, avancen! dos filas!”, “avancen por la derecha dos pasamanos!”, “colabore pues señor”, “al fondo entran cuatro”, “apéguese por favor apéguese”. Y ni hablar de los vendedores ambulantes que suben en cada esquina y te ponen sus “productos golosinarios” en la cara.

 

Necesito un auto porque ya me cansé de gorrearle el carro a mi hermana. Todos estos años he vivido como Facundo Cabral “No tengo auto porque mis amigos lo tienen”, pero ahora ya me cansé de depender de mi hermana para los paseos, de ajustarme a sus horarios,  sus necesidades y de que me deje un espacio pequeñísimo en su maletera.

Necesito un auto, y necesito también el dinero para poder comprarlo. Alguien me podría prestar?.

Que Es El Beso?

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Dicen que el primer beso nunca se olvida. Supongo que es el beso en los labios, el beso apasionado, el beso enamorado. No es cualquier besito de una amiguita en el cachete o en la frente, es ese beso de dos, voluntario, en los labios y que por lo general es muy inocente. Y hay besos y besos, al menos yo recuerdo el mío, tercer grado de primaria, beso apresurado, sin el preámbulo necesario como para coronarse como un beso de telenovela, estábamos hablando de tomates y de un momento a otro simplemente la agarré y la besé en los labios o mejor dicho junté mis labios a los suyos sin ninguna carga erótica y luego salí disparado, corriendo a esconderme entre el tumulto de los alumnos. De ahí no tuve cara de mirarla nuevamente, a pesar que ella, quiero pensar eso, correspondió a mi beso, se dejó, se rindió, no opuso resistencia.

Y digo que hay besos y besos porque son de distintas formas y ocurren en distintos momentos, como el de mi amigo Antonio, cuando teníamos 17 años, habíamos invitado a tres amigas, y como buenos caballeros habíamos literalmente reventado nuestras propinas pagándoles las entradas a la discoteca, las gaseosas, los halls, los chiclet’s y un par de cervezas para seis. Habíamos invertido nuestras propinas de todo un mes en esa invitación con el objetivo de obtener alguna caricia de nuestras amigas. Como pasaba el tiempo y no había el menor indicio de que aquello ocurriera yo literalmente había tirado la toalla. Pero mi amigo Antonio no se había resignado a tirar así por así su dinero que había ahorrado con tanto esfuerzo y privaciones. El tenía que obtener algo, pero el tiempo se le estaba terminando mientras caminábamos a casa de una de ellas. Cuando estábamos en la puerta, dando la despedida final, Antonio no tuvo mejor idea que agarrar a una y besarla intempestivamente, casi a la fuerza. Aún me queda la imagen grabada de Antonio besando efusivamente moviendo su rostro de un lado a otro con sus manos sosteniendo los brazos de mi amiga. Y ella, absorta, inmóvil, petrificada, tomada por sorpresa, con los ojos totalmente abiertos.

Cuando Antonio terminó su supuesto beso amoroso, ella exclamó: “Y éste que tiene?”.Aún me queda la imagen de la cara de Antonio, desencajada, y a mi sólo me dejó una lección, hay que hacer las cosas con paciencia y hay que saber en que momento actuar. Hay que darse cuenta si tienes opción o no, no hay más.

Y nuevamente repito que hay besos y besos. Ya mayorcito y con algunos años encima, me encontré después de tiempo con mi gran amigo Carlitos, lo llamábamos “Carlitros” por las cantidades considerables de ingesta de alcohol que se echaba cada fin de semana y mi gran amigo Oscar. A éste lo llamábamos “Roscar”, “Rosquitar”. Porque en el Perú a las personas le gusta cambiar, tergiversar, rotar, invertir, cortar los nombres, poner apodos, chapas, motes. Acá en el Perú tu nombre no es tu nombre, es solo el punto de partida para todos los posibles nombres cambiados que podrías tener durante el transcurso de tu vida, según el capricho de tus amigos. Así le habían cambiado el nombre a mis amigos, Juan Carlos era “Juan Cabros”, Amparo era “Tramparo”, José Orihuela era “José Orihueca”, Alberto era “Abierto”, Martín era “Mierdin” y otros más que no recuerdo ahora.

Pero bueno, el hecho es que en esa reunión nos encontrábamos Carlitos, Oscar, Karina, Katy, Mirella y yo. Carlitos toda la vida había sido un triunfador, había arrasado literalmente con cuanta mujer se había cruzado en su camino. Oscar por el contrario había sido de perfil más bajo, sin que esto signifique que no hubiera tenido sus encontrones gloriosos con el sexo opuesto. 

Ese día, después de mucho tiempo nos habíamos reunido y habíamos empezado con un cebiche y su respectivas cervezas, como tiene que ser, porque el cebiche es con cerveza, así como el chifa es con la inca kola, como la pizza es con sangría y como la parrilla es con el vino. Empezamos con las cervezas y luego de habernos contado muchas cosas y matizado la tarde, decidimos ir a mi departamento. En esa época tenía el privilegio de vivir solo y eso tácitamente significaba para los amigos tener un lugar donde juerguear, tomar, hacer reuniones e incluso hasta me pagaban para que les deje el departamento y me desapareciera una buena cantidad de horas.

 

Así que, decidimos ir a mi departamento, ya sazonados con unas chelas encima, a seguirla porque el objetivo estaba trazado, no hay más ni más, es la ley de la vida, de las relaciones sociales, de la conservación de la especie. Y como un acto de compañerismo también nos habíamos repartido las féminas. Cada quien le había puesto la puntería a una de ellas. No había porque disputar o pelearnos por una cuando había tres, exacto, una para cada una. La amistad está por encima de todo.

 

Carlos desde un inicio ya estaba de ganador con Karina, Oscar se había pegado a Katy y yo había aceptado de buena gana o por azar del destino ponerle la puntería a Mirella. Pero el alcohol juega su papel importante porque en estado sano quizás no pienses igual. Bajo esas circunstancias uno cree que todo se puede.

 

Entonces, yo me dije, yo también tengo que ganar. Así que ya con unas previas miraditas y una abrazadita de vez en cuando a Mirellita estaba dando mis primeros pasos para consumar el hecho. El alcohol había hecho lo que tenía que hacer, el resto era mío. Le tomé la mano a Mirellita y ella sólo me sonrió y yo sintiéndome un idiota por el poco coraje de lanzarme de frente a la yugular y clavarle los dientes.

Mirellita se paró de la mesa y se dirigió al baño, por lo que  me dije “aquí tiene que ser”, “yo mismo soy”, “si no es ahora nunca”, “vamos caraaaajo”. El baño estaba ligeramente escondido, en el ya clásico “al fondo a la derecha”, así que me paré despacio, Carlitos estaba en pleno agarre y Oscar que le faltaba poco para lograr su cometido, se jugaba de manos con Katy. Yo era el que había avanzado menos.

Así que ni corto ni perezoso calculando el tiempo que salga del baño me paré y como “haciéndome el loco quien revisaba el bar, abría la refrigeradora”, me fui moviendo lentamente y a la vez esperando. Cuando escuché abrirse la puerta del baño, caminé y casi la detuve en el pequeño pasillo.

Que haces le dije y puse la mano sobre la pared para impedirle el paso. Me sonrió. Así que respirando hondo y tomando valor me acerqué y le apliqué un “chape de aquellos”, un “beso profundo” y ella me siguió, al menos así lo sentí yo. Se dejó llevar y yo “bingo” decía en mis pensamientos.

Cuando terminé de besarla, Mirellita agachó la cabeza y empezó a llorar, despacito.

- Que pasa Mirellita le dije-

- Discúlpame- me dijo -lo que pasa es que…- y se quedó en silencio.

Y yo, sintiéndome apenado sin saber que decir. Y ya estando a punto de soltarle ese poemita de Federico Barreto “Un beso es el dulce idioma, con que hablan dos corazones, que mezclan sus impresiones, como las flores su aroma”

Mirellita volvió a hablar.

“No Eduardito no es por eso” y yo que la abrazo fuerte y ella nuevamente, dice:

“Me sentía mal y he vomitado tu baño, discúlpame”…

...

Acá les dejo con este poema cursi que es “camote” de todos los cómicos ambulantes, vendedores y charlatanes:

Con candoroso embeleso

y rebozando alegría,

me pides morena mía

que te diga...¿Qué es un beso?

Un beso es el eco suave

de un canto, que más que canto

es un himno sacrosanto

que imitar no puede el ave.

Un beso es el dulce idioma

con que hablan dos corazones,

que mezclan sus impresiones

como las flores su aroma.

Un beso es...no seas loca...¿Por qué me preguntas eso?

¡Junta tu boca a mi boca

y sabrás lo que es un beso!

Mi Amigo Wencel

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Les había comentado de Wencel, cuyo nombre más parece de perro que de persona, era un amigo que había conocido a través de un aviso pegado en una tienda de música “Se busca bajista” decía. Desde esa fecha nos hicimos muy amigos. Era mucho menor que yo. Estudiante eterno. Había pasado de Ingeniería Electrónica a Economía y de Economía a Administración. Abandonó la universidad y empezó idiomas. Luego lo dejó y por último empezó computación en Cibertec, donde se mantiene hasta la fecha.

Tenía el pelo largo y amarrado atrás. Aunque en cada presentación del grupo se lo soltaba  y lo movía incesantemente al compás de la batería. Usaba también un pantalón jean azul pegado al cuerpo, ligeramente acampanado abajo. Yo siempre lo fastidiaba que era pantalón de “cabro” y él solo sonreía y me seguía la corriente con esa pasividad que lo caracterizaba. Ejecutaba la guitarra como ninguno. Tenía una mano veloz que se deslizaba por todo el diapasón de la guitarra con una precisión inigualable. Tal vez en ese talento radicaba su atractivo con el sexo opuesto. Siempre escuché decir que el mástil de la guitarra era un símbolo fálico y no cuesta creerlo, basta con ver la cara de quienes tocan este instrumento. Sus expresiones son fácilmente comparables a las expresiones del gozo sexual. Y más aún mientras mas rápido y agudo se hacen los “punteos” sus rostros parecieran que fueran a tener una eyaculación. Por el contrario, nunca he visto una mujer que al momento de ejecutar la guitarra pusiera todas esas expresiones de placer en la cara. Definitivamente es un símbolo fálico y eso fascinaba a las chicas. Verlo tocar la guitarra y mover incesantemente su mano de arriba abajo por el mástil y poner esas expresiones de placer en la cara. Es un maestro el nombre de perro Wencel.

Sentimentalón también, igual que yo. Pero insisto es un maestro. A pesar de su corta edad, había tenido la misma cantidad de mujeres que yo, pero elevado a la 10. No había “chibola” que se cruzara y no pasara por su manos. Como era un experto en la guitarra, reclutaba constantemente chicas para dizque formar un grupo de rock. Una a una iban pasando la prueba de “cantantes” y permanecían en el grupo hasta que Wencel literalmente les daba vuelta. Yo formaba parte de su grupo de rock, y como mencioné era mi amigo, sin embargo muchas veces me sentí utilizado para hacer las pruebas de sonido, audiciones y los interminables ensayos preparando a las jovencitas que pasaban por el grupo y que terminarían en las garras de Wencel.

Lo peor de todo es que a todas las llevaba al mismo hotel que quedaba apenas a 3 cuadras de su casa. Una a una iban desfilando por el mismo hotel barato, el mismo cuarto de 15 soles, sin televisor y con baño común. Los dueños del hotel ya lo conocían, pero sin embargo, por razones que desconozco nunca habían entablado amistad con él, a pesar de ser un cliente frecuente. Cada vez que aparecía con una chica nueva el dueño del local solo lo miraba y no decía nada. Ya no le pedía DNI tampoco. Lo dejaba pasar y lo miraba con esos ojos de “donde estará mi hija ahora” hasta verlo perderse por las escaleras.

Después de ir arrasando con las postulantes a cantantes del grupo o alguna otra amiga, Wencel se internacionalizó. Asiduo concurrente del “Messenger”. Cada vez que yo me conectaba lo encontraba ahí, infaltable, pareciera que todo el día estuviera pegado a la máquina. A cualquier hora del día, tarde, noche e incluso madrugada.

De esta manera conoció una chica Chilena, casada, con la cual entabló un “Romance Virtual”, hecho que a mi me pareció tonto y una pérdida de tiempo. Cosa de chibolos. Y digo “a mi me pareció” porque después de ver como Wencel se iba a Chile con todos los gastos pagados por esta fulanita, empecé a reconsiderar mi opinión.

Por si fuera poco al regresar y como prueba de su hazaña, vino con 2 GB de fotos en todos los lugares de Arica, y Antofagasta y por supuesto con la fulana en todas las poses que establece el kamasutra.

Aunque estas palabras suenen a una declaración “gay”, debo reconocer que Wencel tenía algo muy atrayente. Su rostro expresaba paz y tranquilidad. Nunca lo vi molesto; pero si lo vi en unas pocas veces deprimido. Y es que a todos nos toca alguna vez perder y él no sería la excepción.

Una vez llegó al grupo, por un aviso pegado en alguna tienda de música, una chica delgada, trigueña, graciosa. Se llamaba Nory, bueno, al menos así le decían. No tenía muchas cosas especiales como otras tantas que le conocí a “Nombre de Perro Wencel”, pero sin embargo y “sin querer queriendo” se convertiría en la Vengadora de todas aquellas que la precedieron y que fueron olvidadas una vez que desfilaron por ese mismo hotel.

Cuando llegó al grupo, tenía enamorado, al menos eso decía. Comenzó a frecuentar la casa de Wencel para hacer los ensayos de voz y para aprender las canciones. Esa constancia les hizo crear cierta dependencia, cierta costumbre entre ambos. Pero a diferencia de las otras, Nory, a pesar de sentirse atraído por Wencel, jugaba lentamente con él, a ese juego macabro que aplican muchas mujeres “Te doy y te quito”. Le daba entrada a Wencel, le coqueteaba, jugaba con él. Cuando Wencel pensaba que la tenía ella lo rechazaba. Una vez se besaron. Wencel pensó que esta vez ya la tenía pero ella otra vez se alejó. Poco a poco Wencel fue cayendo en el juego y lo vi derrumbarse emocionalmente. Y creyó enamorarse. Me lo confesó, una tarde, en  un estado depresivo, como nunca lo había visto. Me dijo que esta vez si estaba enamorado y estaba dispuesto a dejar todo por ella. A iniciar una relación seria y duradera. Pero Nory, que le llevaba 3 años seguía dándole sus cariños de a poquito, a cuenta gotas, con el pretexto que tenía enamorado y que primero tenía que terminar con él.

En esos 6 meses que estuvo Nory en el grupo, lo vi a Wencel ir de un estado emocional a otro, lo vi llamar constantemente casi suplicando, tirándose al piso, arrastrándose por verla, para que vaya a un ensayo, faltando a clases solo para acompañarla. Muchas veces lo vi pasar de la alegría eufórica a la depresión más profunda después de recibir una llamada telefónica. Bastaba un “Me voy de viaje con mis amigos, por trabajo” o el “Hoy no podré ensayar, estamos acá celebrando con los chicos del trabajo” para tumbarlo y patearlo en el corazón.

Creo que cuando tocó el fondo, cuando empezó ir a su trabajo y esperarla a su salida, sin que ella la viera, tan sólo para saber si seguía con su enamorado, si se iba con sus amigos. Cuando se dio cuenta que su vida se había vuelto un satélite de la de ella, reflexionó y decidió salir de ese remolino en que se había convertido su vida, y con mi venia, sacamos a Nory del grupo.

Recuerdo que fue en año nuevo. Después de esa fecha, en el mes de marzo aproximadamente, conseguimos una nueva vocalista para el grupo, se llamaba Melina, como la canción de Camilo Sesto. Retomamos los ensayos. Demás está decir que Wencel regresó a su antigua vida y la hizo pasar por el mismo hotel que llevaba a todas.

Como Detectar A Un Gay

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Era un martes, tres de la tarde, había ido a darme un paseíto con Janecita y mi hija Lucía al Jockey Plaza, aprovechando mis cortas vacaciones y a ver si por ahí nos animábamos a comprar algún parcito de zapatos en el Payless o a algún polito 2x1 en Saga.Apenas había llegado me dirigí al baño y como nunca o por ser, tal vez, un día de semana laborable, el baño estaba vacío, sólo estaba un sujeto con su uniforme azul limpiando los lavaderos. De inmediato me dirigí al fondo del baño donde se encuentran los urinarios, uno al lado del otro, todos vacíos y limpios. 

De frente fui y me estacioné en uno de ellos tranquilo y me dispuse a evacuar mi vejiga que iba a reventar por haberme tomado casi 2 litros de agua en el almuerzo. Cuando estaba de lo más tranquilo viene un sujeto y se para a mi lado también a miccionar, en el urinario contiguo. Hasta ahí todo tranquilo, al menos no había notado nada extraño. Mientras tanto, yo seguía expulsando “mi pis” como dicen las tías, de lo más forondo y placentero. En un momento miro al sujeto que estaba a mi lado y lo descubro que miraba “mi tesorito” fijamente. Si bien el sujeto llevaba unos lentes oscuros tipo “ray ban”, sin embargo pude notar que la dirección de su mirada iba hacia “mi Penélope cruz”. Ahora no es que yo haya sido bendecido en abundancia por la naturaleza pero tengo mis cosas que se habrán creído. Cuando el sujeto se ve descubierto, me levanta una ceja y sigue miccionando. Ahí recién me doy cuenta que las cosas no estaban tan bien, ¡Todos los urinarios estaban vacíos!. Este tipo pudo haber escogido cualquier urinario pero justo se fue a parar a mi lado. Me “palteé” y rápidamente guardé a “mi mejor amigo” y salí disparado del baño. 

Me detuve en el pasillo a esperar que salgan del baño de damas Janecita y Lucía. Para mi mala suerte casi tras de mi salió este sujeto, caminando, vestía un jean medio desteñido, un polito blanco pegado al cuerpo, mangas pequeñas mostrando sus bíceps, tríceps, “triceratops” y no se cuantos músculos más, lentes oscuros tipo ray ban y corte militar. Yo ni mirarlo. El sujeto da la vuelta, como quien baja por las escaleras y ahí gira rápidamente la cabeza y otra vez la levantadita de cejas. 

Esta situación sólo confirma una de las teorías que se maneja respecto a como detectar a un gay. Este sujeto vestía como un hombre, militar, fornido, corte alto, pero que se le “chorreaba, se le chorreaba” y feo. 

Acá les paso algunos “tips”, que manejan algunos amigos respectos a cómo detectar a  los gays. Y ojo! No es que sea homofóbico sólo quiero mencionar algunos detalles técnicos para que no los sorprendan. 

HOMBRE QUE LE GUSTA BAILAR, ES GAY

Esta teoría tiene mucho de validez, a un hombre generalmente no le gusta bailar y si baila es por algún interés subalterno de pretender a alguna fémina. Un hombre por ejemplo no baila mientras arregla sus cosas. Las mujeres bailan mientras limpian o barren, pero díganme cuando han visto a un mecánico, a un carpintero, meneando la cintura mientras arregla un auto o algún mueble. Eso no es para machos. Y con esto no quiero decir que todo hombre que baila es gay. Un hombre baila por un compromiso social, porque tiene que cumplir bailando con la familia, la novia o la enamorada. Hasta ahí está bien. Pero que se pase toda la fiesta sacando a bailar a medio mundo, ese si es gay seguro y es más gay aún si sabe las coreografías de los bailes de moda. 

HOMBRE BIEN VESTIDO SIEMPRE, ES GAY

Un hombre no se fija en esas cosas. Para eso tiene una mujer, una esposa una novia que le puede aconsejar como vestirse. Un hombre que se cuida al extremo que anda bien vestidito, zapatitos limpios, corte de pelo exacto es gay. Con esto no quiero decir que el hombre tiene que andar todo cochino y resinoso, no para nada. Sólo que el hombre puede salir bien cambiadito de su casa pero pasa el día y se descuida, un pelo desarreglado se le ensucian los zapatos, se le desacomoda la camisa, etc. Ahí si pasa. Pero aquel que cuida al extremo su aspecto personal es gay.Y ojo que aquí hay una variante todavía. El que usa ropa pegada es más gay aún. Un hombre no usa ropa pegada. Imagínense  un sujeto con unos pantalones ceñidos al cuerpo, no pues, uno tiene que dejar libre “el cardán”, “el atado”, no se le puede estar aplastando así porque sí. 

HOMBRE METROSEXUAL, ES GAY

Acá no me vengan tonterías con nuevos nombres a las opciones sexuales. Ahora para disimular sus tendencias homosexuales se hacen llamar “metrosexuales”, no pues!. Un hombre no puede estar en un salón de belleza, haciéndose peinaditos a la moda, corte hongo, limpieza de cutis, base, ondulados, eso no es de hombres.Un hombre a las justas se peina y sale como los machos a la calle. 

HOMBRE QUE VA AL GIMNASIO, ES GAY

Los que van al gimnasio dizque para formar bíceps, triceps, cuadriceps, etc. Lo que están haciendo en realidad es suplir ciertas deficiencias en otros aspectos de la vida. Entiendo que algunos puedan ir por un tema de salud pero los que van para verse bonitos, esos son gays, identifíquelos!. 

Y esta es la última, 

HOMBRE QUE NO TIENE NOMBRE DE HOMBRE ES, GAY

Un hombre tiene que tener un nombre de macho que se respete como Eduardo, Roberto, Rafael, Sebastián, Gabriel, Enrique, etc. uno no puede ir por el mundo llamándose Alexis, Johnatan, Christian, Stefan, Joseph, no pues, esos nombres no son de hombre, son nombres gays.Si no me creen hay que hacer un ejercicio simple, imagínense acá unos años, cuando sean grandes, hombres hechos y derechos, los llamarían “Don Eduardo”, “Don Roberto”, “Don Rafael”, etc. etc. Suena bien, verdad?, pero imagínense llamándose “Don Alexis”, “Don Johnatan”, no pueeeees!, no corre!, que me traigan a los bomberos!!!. 

Si alguien tiene otras características que no se han detallado en este post, escríbanlas en los comentarios.

A Llorar A Otra Parte

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Quién dijo que las casualidades no existen?. Después de haber terminado y habiendo pasado un buen tiempo sin verte, sin llamarte y viceversa, te vengo a encontrar en una ciudad alejada, en Cañete. Jamás en mi vida hubiera imaginado encontrarte allí y por si fuera poco, en un día de semana laborable. Yo, había ido a hacer una supervisión a una de nuestras oficinas que se encuentra en esa ciudad y tú habías ido llevando unos uniformes que tu madre había hecho para una dependencia de educación de esa ciudad. Y ahora me pregunto porque justo ese día, pudiste haber pedido permiso a tu trabajo cualquier otro día y haber llevado esos uniformes. Pudo haber sido a otra hora o en otro lugar diferente, alejado; pero pareciera, como dicen los cronistas, que el maldito destino nos quiso poner otra vez en la misma vereda. Ahora, quien me dice que las casualidades no existen?. Este mundo es pequeño, no es ancho y ni siquiera ajeno.

 

Nos cruzamos, sonreímos y nos saludamos como dos viejos amigos que no se veían de hace mucho tiempo. Estoy seguro que si nos hubiéramos cruzado en algún lugar de Lima donde era predecible encontrarnos, ni siquiera nos hubiéramos saludado aunque sea con una levantadita de ceja. Seguramente hubieras evitado mi mirada y yo la tuya. Pero ahora fue diferente, el lugar, la lejanía, la soledad, la idea de saber que estás sólo en una ciudad donde no conoces a nadie y no te dan ganas de moverte más allá de los lugares que tienes que ir.

 

Y nuestro encuentro, nuestro saludo, fue un buen pretexto para olvidar todas las promesas que me hice a mi mismo de no verte nunca más, de no llamarte, no hablarte, de evitarte y de odiarte por haberte marchado. Se me olvidó todo tan repentinamente al verte otra vez allí sonriente, como si nada hubiera pasado, con tus ojos color caramelo monterrico y tu sonrisa de niña pícara.

 

Y otra vez, empezar de nuevo, almorzamos juntos, yo tenía que regresar todavía a la oficina a terminar un trabajo y tú podías haberte regresado a Lima pero dijiste que me esperarías para volver juntos. Así que rápidamente hice la última revisión de algunos documentos y salí a buscarte. Tú me esperabas en una cabina de Internet y hablabas con no se quien. Se supone que no tenía que importarme, 8 meses son suficientes para curar cualquier herida, cualquier rencor, mi corazón partío ya tenía sus tiritas bien puestas.

 

Otra vez, atrapados por la locura, nos fuimos a Lunahuaná. Era muy tarde ya, pero me dijiste que querías conocer, así que nos fuimos con la intención de lanzarnos por el río en alguna balsa, canoa o como se llame y que pase lo que tiene que pasar. Si había que morir arrastrados por la corriente, estaba dispuesto a hacerlo a tu lado. Llegamos y ya era muy tarde para cualquier deporte de aventura, así que no nos quedó otra opción que visitar las vitivinícolas. Siempre te gustó el vino. Nos dieron de probar, de catar de no se cuantos toneles, los suficientes como para terminar con la cabeza afectada, con la vista nublada, como para hacer de la realidad un sueño que podía construir a mi antojo. Compramos dos botellitas que hacían mucho menos de todo lo que nos tomamos y terminamos envueltos y enredados en la cama de un hotel.

 

Cuando desperté ya era tarde. Te despertaste asustada y llamaste a tu madre para darle explicaciones y salimos disparados rumbo a San Vicente de Cañete. Que importaba la tardanza, total! ya nadie nos quitará lo vivido. Así que, después de vivir lo nuestro (y que nadie nos obstruya el pensamiento), regresamos en un soyuz, tan enamorados (y que la noche nos dure un poco más). Quería que el viaje se alargue, que transcurra lento. Quería detener el tiempo para soñar a tu lado que lo nuestro era eterno carajo como dice la canción.

 

Y así nuevamente empezamos a salir. Pero esta vez no éramos nada solo salíamos, nos encontrábamos, conversábamos, nos reíamos y comíamos algo por ahí. Cuando te acompañaba a tu paradero siempre había una ocasión para arrancarte un beso, un chapecito, un chapetex. No éramos nada, repito, pero las cenizas quedaron después de ese maldito fuego que se apagó hace 8 meses.

 

Hoy habíamos quedado en encontrarnos, como siempre una vez más. Había pasado apenas un par de días de tu cumpleaños, al cual no pude ir, porque a tu madre, obviamente no le caía en absoluto. Así que encontrarnos como siempre, furtivamente era lo mejor. Había salido temprano del trabajo, pedí permiso y me fui a la tienda de CLARO a comprarte un celular, porque el tuyo lo habías perdido hace poquito. Algún ladronzuelo de mala calaña te lo había arrebatado justo cuando respondías mi llamada. Por eso de alguna manera tenía una parte de la culpa o quería tenerla so pretexto de regalarte esta vez el celular que querías. Llegué a la tienda y pedí, ese motorola con tapita y con radio para que escuches durante ese largo trayecto de tu casa al trabajo. Para que escuches tu radio corazón  cuando pienses en mi o tu radio la Q, nuestra cumbia, cuando quieras lamentarte al son del Grupo 5 o de los hermanos Yaipén.

 

Lo compré y salí de la tienda, apenas me quedaba 10 minutos para llegar a tu trabajo y darte la sorpresa. Siempre me dijiste que no me molestara pero a mi me gustaba colmarte de regalos, me sentía mejor. Cuando abordé el taxi, sonó mi celular, y eras tú desde un teléfono público. Faltaba 10 minutos para tu salida y no sé como hiciste para escaparte esos segundos y llamarme desde un público. Y hablaste rapidísimo porque los 50 céntimos sólo alcanza para unos cuantos segundos. No tenías tiempo para hacer un alargue, para hacer ese preámbulo que tenemos por costumbre los peruanos para no hacer tan fuerte el golpe o para “ordenar palabras para no hacerme tanto daño, tanto daño”. Esta vez, de frente me disparaste al corazón, a quemarropa y me dijiste que hoy no me verías, que lo nuestro no podía ser, que tú salías con alguien más, que había sido bonito nuestro reencuentro pero que jamás debimos volver a frecuentarnos y por último que lo mejor no era vernos más. Y yo… y yo sigo temblando, pero no llorando porque un maldito taxista me estaba mirando, y lo último que dijiste fue… “voy a colgar”. Ok, te dije, creo que ya habías colgado incluso, no te preocupes. Paré el taxi de inmediato y me bajé quien sabe donde y le pagué la mitad de lo acordado. Me quedé pensando, pues como siempre tú niña bonita una vez más te marchaste y me dejaste, esta vez con un celular que no quiero.

 

Si de algo estoy seguro, es que volverás en una segunda oportunidad, pero esta vez, te diré lo que dicen los hermanos Yaipén “A llorar a otra parte”.

 

Pd.- Vendo celular CLARO, nuevo, pre pago, con cámara, radio y MP3. Por favor dejar sus datos en los comentarios.

 

Querías más? Claro que tienes más!

 
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