Impresionando a una Dama

Tenía unos 21 años y andaba como siempre solo, sin rumbo y sin saber que hacer los fines de semana. Un sábado, posiblemente al verme mi hermana en esas condiciones  decidió invitarme al club al cual ella asistía religiosamente todos los fines de semana de cada verano.

No me pareció una buena idea ir con mi hermana y mi cuñado a un club donde la mayoría van con sus familias, con sus parejas a divertirse y pasarla de lo lindo, comer un cebiche y luego unas chelas, mientras tanto yo, iba a estar como un hongo, como un arrimado mirando como los demás se divertían.

Pero bueno, como no tenía nada que hacer acepté ir con el consuelo siquiera de encontrar chicas bellas en bikini y si bien no tendría oportunidad de “meterle letra”, al menos podría apreciar estéticamente la belleza de la mujer peruana.

Acepté ir, llegamos y nos instalamos en unas tarimas cerca de la piscina. Me senté al borde y me dispuse a tomar un poco de sol por un buen rato para luego tomar un chapuzón.

Mientras escuchaba Metallica en mi fenecido walkman, me tocan el hombro “Eduardo” me dicen. Volteé de inmediato y era mi amigo Ismael de la universidad. “que haces acá” me dice. Respondí sarcásticamente “dando mi examen parcial” y los dos reímos. “Que voy hacer pues, he venido a veranear un rato” agregué, haciéndome pasar como un tipo despreocupado que había venido a disfrutar del sol y la piscina. Ismael se ríe y de inmediato me presenta a una fémina que la acompañaba. Al verla, todo lo demás se puso en blanco y vi, una aureola de luz a su alrededor como el de la virgen de Guadalupe. Me quedé abobado de ver a una chica preciosa en bikini y con un pareo a la cintura que cubría las curvas de sus caderas. Era la mujer de mis sueños, mi complemento perfecto, el cóncavo para este corazón convexo. En mis oídos empezó a sonar de inmediato campanas con la melodía de “Historia de amor”. Tartamudeé, se me trabó la lengua, me puse rojo y solo atiné a darle la mano y un beso en la mejilla a la vez. “Elizabeth, mi hermana” dijo Ismael y sentí como un alivio como si una puerta se abriera, como una oportunidad, una lucecilla de esperanza de poder entablar una bonita amistad con fines serios con este no mal parecido tipo, deportista y con costumbres sanas, como dicen los anuncios de los diarios de las personas que buscan pareja.

“Vamos a tomar unas chelas” me dice Ismael. “Estoy allá con mis papás”, “Date un salto”, agregó. Y yo que aún no salía de mi estado de shock no me salía palabra alguna. “Chau” me dijo Elizabeth y agitó la mano con una delicadeza digna de una presentación de un certamen de belleza.

Luego de unos minutos de planificar algunas estrategias para florear a aquella dama le hago señas a lo lejos a Ismael. Este me llama y me acerco como quien no quiere la cosa. Me presenta a su papá y a su mamá y nos sentamos a la mesa a tomar unas chelas. Ismael me hablaba y me contaba de “ene” cosas de la universidad, y que me disculpe si lee estas líneas, mi mente estaba en otro lado, sobre la anatomía de su hermana. Estaba perdido mirando de reojo a Elizabeth como se deslizaba el bloqueador por todo su cuerpo. Su cabellera sujeta con una peineta y los lentes oscuros eran la prueba contundente para eliminar de una vez por todas el programa photoshop de las revistas de modelaje.

Elizabeth se pone de pie y dice “chicos que hacen ahí tomando vamos a darnos un chapuzón”. “No jodas” dice Ismael, “ya ahí vamos” añadió. Y yo, que quería irme corriendo atrás y decirle “Sirenita yo soy tu príncipe Eric”. “Terminamos esta chela y vamos” agregó Ismael. Luego de unos cinco minutos que parecieron una eternidad nos dispusimos a entrar a la piscina. Elizabeth se había acomodado al filo de la piscina con las brazos cruzados “Ya chicos”, nos decía.

“Vamos al trampolín” dice Ismael señalando una torre con una tabla donde un grupo de gente hacía cola para lanzarse.

“A ver vayan” dice Elizabeth. “Desde aquí los voy a calificar quien hace el mejor clavado”.

Ismael prácticamente me da un jalón y corrimos al trampolín. Yo, que nací en Pisco y viví prácticamente a orillas del mar me jacto de ser un buen nadador, de ser un viejo lobo de mar capaz de superar a cualquiera bajo el agua. Reconozco que nunca me había lanzado de un trampolín pero, no sería cosa del otro mundo. Total me había lanzado del muelle de Pisco incluso haciendo una pirueta en el aire. Hicimos la cola y empezamos a subir las escaleras.

Cuando llegamos a la cima, la verdad se veía mucho más alto que desde abajo. Pensé retroceder pero tras de mi seguía subiendo otro grupo de entusiastas muchachos y bellas chicas. Adelante se lanzaban como si nada algunas féminas, de pie y otros tantos de cabeza. Cuando nos acercábamos, Elizabeth desde abajo nos agitaba las manos con una sonrisa preciosa. Desde aquí pensaba que si había que morir por complacer a Elizabeth lo haría sin pensarlo dos veces. Lo haría como un super héroe que se sacrifica para que su bella dama esté feliz y contenta. Por esa sonrisa me lanzaría del Empire State o de la torre Eiffel sin la menor duda. Ismael que iba adelante le tocó su turno, agitó los brazos a Elizabeth para que tome nota de su clavado. Dio un par de brincos sobre la tabla y se lanzó de cabeza. Poco ortodoxo, poco estético y con las piernas abiertas terminó su pobre actuación que me hizo acordar más bien a la bruja del 71 cuando se tiró a la piscina en Acapulco para salvar a Don Ramón. Era mi turno, así que saludé a Elizabeth con las manos, miré abajo y la altura por poco me hace desistir de lanzarme. Pero no podía quedar como un cobarde frente a la que podría ser la madre de mis hijos. Tomé valor, respiré hondo,  di un saltito sobre el trampolín Y de inmediato esa tabla me lanzó como un resorte medio metro más arriba, mientras me elevaba pensaba “tranquilo nomás”, me di una vuelta estética y empecé a caer de cabeza de forma vertical hacia la piscina cuidando de mantener de forma recta mis piernas. Pero como estaba tan alto, mientras más iba cayendo no podía controlar mi cuerpo y poco a poco me iba inclinando cada vez más. Cuando llegué a la piscina prácticamente estaba en posición horizontal mirando hacia arriba. Caí como un paquete. Como quien lanza un saco de papas desde un camión interprovincial. Caí y prácticamente hice un hueco en el agua con la forma de mi silueta que poco a poco se fue llenando de agua otra vez. Y ni hablar del golpe en la espalda que me di. Sumergido en el agua no quería aparecer a la superficie de pura vergüenza.

Cuando asomé los ojos, como un cocodrilo escondido en el río, Ismael y Elizabeth se desternillaban de risa. No me quedó más que hacerme el loco y atribuir que todo fue por culpa de las chelas que había ingerido.

Bueno, lo que siguió después fue peor. A la media hora apareció el enamorado de Elizabeth, saludó a sus padres con la mayor familiaridad y la abrazó como quien marca su territorio.

Así como llegué, regresé a la tarima de la cual había partido a seguir escuchando “Nothing else matters” de Metallica en mi fenecido “walkman”.

Una Mancha de Lápiz Labial

Como cada año, en el mes de marzo culminaron las prácticas profesionales de algunos jovencitos que estuvieron ávidos en la institución por aprender los procedimientos, aspectos técnicos y trámites burocráticos que caracterizan a la gestión pública. Culminaron sus prácticas y como están en la flor de su juventud, todo lo ven fiestas, reuniones, juergas y cuantas cuchipandas haya de por medio.

Suelo juntarme con la gente más joven, me contagian de alegría y me inyectan de nueva energía con sus ocurrencias o porque me hacen acordar cuando yo también pasé por esa etapa.

Así me invitaron a la reunión de despedida de uno de ellos. El punto, El Bolivariano en Magdalena Vieja. Llegué después de dos horas a la cita, haciéndome el interesante. Me uní a la mesa y me serví mi vaso de Pisco. Porque un macho que se respeta toma pisco y puro. Nada de “Bloody Mery”, “amor en llamas” “Baylies”, “Blue Hawaian”, “Palmas Punch”, “tequila sunrise” o “Daikiri” y menos aún esos que están llenos de colores unos sobre otros.

 

La pasé bien. Me divertí viendo bailar a los muchachos coquetearse, pelearse, irse hasta el suelo con algún baile de moda y excederse también con el alcohol.

Así que ya habiendo transcurrido un par de horas más en la reunión, era la hora de la partida. Me levanté y me fui despidiendo uno por uno, dando la mano a los practicantes y su respectivo besito a las “practicantas”.

Pero por esas contorsiones que uno se da para darle su besito de despedida a las chicas que están sentadas, no me percaté que una de ellas accidentalmente había manchado con lápiz labial el cuello de mi camisa, exactamente en la puntilla del cuello izquierdo.

Un amigo, notó la mancha que era una línea minúscula de unos tres centímetros y me pasa la voz.

Mientras salía me jalaba el cuello y trataba de ver la mancha. Saqué un poco de saliva y traté de limpiarla. Grave error. El lápiz labial empezó a esparcirse. Y mientras más la frotaba con saliva iba creciendo hasta que se hizo un círculo entre rojo y negro de sucio.

Lo que inicialmente era una línea minúscula de lápiz labial se transformó en un círculo rojizo que caprichosamente había tomado una forma circular similar a una boca.

Subí al primer taxi que encontré sin saber que hacer. Todo el trayecto de regreso a casa me la pasé intentando limpiar. Agarré un papelillo celeste que había en el asiento trasero del taxi y empecé a frotarlo con el cuello. Me decía por último si va haber una mancha prefiero que sea celeste a que sea rojo pasión. Un color celeste o azulado puede ser una mancha de algún lapicero. Una mancha roja detectada por tu enamorada o esposa es fatal. De inmediato significa la presencia de una tercera persona que ha estado muy o extremadamente pegada a ti.

Es más se me vino a la mente aquella vez que me contó mi amigo Roberto  que su esposa le detectó una mancha de lápiz labial en la espalda de su camisa y de inmediato le hizo un escándalo y peor aún que lo agarró frío y sin saber que hacer esgrimió que se había manchado en la combi, que algún amigo le había jugado un broma pesada, por último que esa mancha era sangre de un forúnculo que tenía en la espalda; pero todos sus argumentos fueron desbaratados porque el buen Roberto no viaja en combi, tiene carro propio y su sangre no huele a cerezas perfumadas.

Pero después de todo el buen Roberto recibió el castigo luego de haberse gozado de lo lindo con otra fémina; pero en mi caso yo que soy un “Pan de Dios”, una “inocente paloma” iba a ser acusado y llevado al cadalso por un acto que no cometí.

Cada minuto que pasaba se tejían finales cada vez más trágicos. Me imaginaba a mi Janecita acusándome sin piedad hasta terminar en una separación.

Cuando llegué a casa y bajé del carro me tapé de inmediato la solapa del cuello con el saco. Entré a casa, Janecita descansaba sobre la cama, saludé como de costumbre y de inmediato me saqué la camisa. La hice un "puñete" y simulé dejarla de lado. Me desarropé y me arropé luego con la pijama. Agarré la ropa que me había quitado y me dispuse a llevarla a la lavandería. Me desplacé sigilosamente a dejar todo en la lavandería (menos la camisa). Rebusqué los bolsillos de mi pantalón como de costumbre antes de dejarlo y encontré aquel papelito azul que había usado para limpiar. Por curiosidad lo desdoblo antes de tirarlo al tacho de basura y era una boleta de venta, decía “Hostal Soy Calidad”, más abajo “Habitación Matrimonial, 30 Soles”. Definitivamente no era mi día, más salado no podía ser. Agarré el fósforo y lo quemé en el lavadero, luego pasé las cenizas por el desague. Ahora sólo me quedaba la mancha de la camisa. Busqué rápidamente lejía y no había. Agarré un poco de “ayudin”, me puse la camisa bajo la pijama y me escabullí hasta el baño. Simulé entrar para hacer una evacuación de los intestinos. Me puse frotar el cuello y la bendita mancha de lápiz labial no desaparecía. Salió la suciedad pero el color rojizo no desaparecía. Se acabó el poco “ayudín” que tenía y esta vez intenté con champú con “ceramidas”, pero con resultados poco alentadores.

En eso suena la puerta del baño “apúrate que quiero entrar” dicen al otro lado. Era Janecita. “espera ya salgo” respondí. Me escondí nuevamente la camisa bajo el polo que uso de pijama. Bajé el tanque del baño a pesar de no haber hecho nada y salí rápido esta vez hacia el cuarto. Metí la camisa en la mochila que suelo aventar al lado de la cama. Mientras simulaba mirar televisión se me cruzaban todo tipo de ideas para evitar ser puesto al descubierto de algo que no hice.

Me llegó a la mente aquella vez que mi amigo Raul me contó que en una oportunidad al llegar a casa, luego de una faena con una fémina, se dio cuenta que su calzoncillo blanco, estaba manchado de lápiz labial, Dios sabe cómo y al llegar a casa se desvistió sigilosamente, hizo el calzoncillo un "puñete" y lo escondió en el maletín de su lap top. Al otro día al salir se deshizo del calzoncillo tirándolo en un bote de basura muy alejado de su casa. Bueno, exactamente no fue así, me cuenta Raul que llegó ese día a las justas al trabajo donde tenía una reunión para hacer una presentación del presupuesto que había venido haciendo. Como llegó tarde cuando entró a la sala de reuniones, abrió de inmediato la maleta para sacar la laptop y salió elcalzoncillo volando sobre la mesa. Pero bueno, esa es otra historia que algún día les contaré.

Así que barajé la posibilidad de deshacerme de mi camisa al otro día tirándola en algún bote de basura. Pero me dolía perder mi camisa casi nueva, solo tenía una lavada. Así que empecé a barajar otras opciones mientras Janecita descansaba a mi lado.

Después de tanto pensar me dormí y me desperté sobresaltado a las 2 horas. Janecita dormía plácidamente. Muy despacio deslicé el cierre de la mochila y saqué la camisa. Me fui de puntillas a la lavandería y nuevamente intenté limpiarla esta vez con un poco detergente que logré raspar de una bolsa que quedaba, pero igual, aún se podía distinguir un tono rojizo. Otro intento en vano. Voy a la cocina y había gelatina. De inmediato se me ocurrió tirar un poco de gelatina al piso, cerca al cesto de ropa sucia, un poquito de agua y poner la camisa estratégicamente como que se hubiera caído y justo la puntilla del cuello se manche con la gelatina. Pero era muy forzado. Ese argumento podría ser desbaratado rápidamente. Cortar el cuello y coserla hasta que me quede un “cuello nerú” tampoco era la salida. Fácilmente sería detectado.

Rebusqué entre las cosas y encontré “Pinesol”. Vacié un poco de la botella (en realidad vacié media botella) sobre el cuello de la camisa y luego de unos minutos de restregar desapareció la mancha. Desapareció pero aparecieron unos hilillos de la tela maltratada.

Puse la camisa en el cesto de la ropa sucia y cuando intentaba salir de puntillas escucho la voz de Janecita “Eduardo que haces”, “Tomando agua” tartamudeé apenas y luego lance un “ahhhhhh” como si hubiera tomado una coca cola helada. Me fui a la cama y recién concilié el sueño después de una media hora.

Al otro día salí temprano al trabajo y en la tarde al volvera casa, entré sigiloso, saludé y disimuladamente me fui a la lavandería y vi el cesto de la ropa sucia vacío. Creo que había pasado lo peor.

A los minutos aparece Janecita con mi camisa blanca entre sus manos. Puse mi cara de miedo y empecé a sentir el calor de inmediato, como cuando se calienta un motor sin radiador. Miles de pensamientos corrieron en mi mente y las excusas se me cruzaron todas por la cabeza.

 “Mira esto”- dijo Janecita y me enseña el cuello de la camisa. En mi cara se empezó a dibujar la expresión misma del terror y cuando me iba a tirar de rodillas para jurar que no era lo que ella pensaba, Janecita añadió “La lavadora le ha agarrado el cuello y se ha deshilachado”.

El alma me volvió al cuerpo y se me salió nuevamente un  “ahhhh” pero esta vez como el de Fulvio Carmelo.

Un día de mala suerte

No todos los días salen como uno quiere. Hay días en que uno se levanta con el pie izquierdo y todo se confabula para que salga mal. Olvidaste comprar el pan para el desayuno, se te malogra el carro, se le baja una llanta a la combi en la que vas, llegas tarde al trabajo y encima una paloma decide polarizarte con “fotogray” los anteojos con caca blanca.

Hoy me desperté no sé con qué pie. Dicen el izquierdo, aunque suena totalmente injusto relacionar lo malo con lo izquierdo. He tenido amigas zurdas excelentes, de las que no me puedo quejar para nada. Menos de su mano izquierda.

Me levanté con una aureola de mala suerte. Al salir de casa noté que uno de mis audífonos se había roto. Soy un melómano y no soporto viajar todo el trayecto de mi casa al trabajo sin escuchar algo de música. Como duermo con los audífonos puestos posiblemente los haya roto en algún movimiento involuntario. No puedo poner música al ambiente porque Janecita de un grito me hace apagarla o me saca de la habitación de inmediato.

Busqué entre mis cosas y encontré un “triz”, “bingo” grité, después de todo pensé tener algo de suerte. Puse una gota sobre la parte afectada y la presioné por unos segundos. Me puse los audífonos y salí disparado de casa. Llegué más temprano de lo normal al trabajo. Cuando quise sacarme los audífonos no querían salir de mi oreja y deduje que más de una gota de triz había ido a parar por allí. Y para colmo de males mis audífonos son esos de modelo “chupón” que literalmente entran hasta la mitad del oído. No me quedó otra que jalar con fuerza, pero el “jebecito” blanco que protege el audífono se quedó dentro del oído.Terminé en el tópico de la empresa con el doctor jalándome con unas pinzas el audífono de mi oído.

Al salir del tópico me dispuse a comer mi fruta picada que me prepara mi esposa Janecita, tan linda ella, como cada mañana. Era mango. No podía ser de otra manera. Es temporada de mango. Me comí un taper rebosante de “mango Edward” y “papaya”. Lo devoré casi de ni mediato. A los pocos minutos mis tripas empezaron a crujir como camión descompuesto.

Acá en la empresa han remodelado los baños y le han puesto lo último en tecnología. Los baños cuentan con un sensor de movimiento de modo tal que uno no necesita apretar ningún interruptor. Automáticamente se enciendan las luces y el extractor de aire. Así que como recién han inaugurado los baños, fue una hermosa oportunidad para que de igual manera lo inaugure yo con un “Nicolas Cage”, como dicen mis amigos, con un “viaje a Caquetá” o como escuché últimamente “reproduciendo cacatúas”. Me dirigí al recientemente inaugurado baño, entré y se activó la luz y el extractor de aire. Me acomodé en el inodoro y en lo mejor que estaba, se apagó la luz y el extractor. Me quedé en silencio, asustado. Esperé unos minutos y seguía todo a oscuras. Sentado en la taza empecé a levantar las manos y agitarlas para que el sensor de movimiento me detecte y se digne encender nuevamente la luz. Hizo el ademán de arrancar, pero apenas bajé los brazos se apagó otra vez. Intenté en vano agitar los brazos nuevamente. Busqué algo que llegue más alto y no se me ocurrió mejor idea que lanzar algún objeto hacia arriba. Ví el papel higiénico “Soy un genio” me dije y lo lancé con dirección al techo. De inmediato sentí el motor del extractor arrancar nuevamente y el fluorescente encenderse “jejeje” sonreí y me sentí orgullosazo de mi hazaña. Cada vez que se apaga la luz, lanzaba nuevamente el papel higiénico y otra vez arrancaban los equipos. Así le estuve atinando unas cinco veces hasta que en mi último intento, no pude capturar el papel, chocó en mi rodilla y se deslizó por debajo de la puerta hacia fuera, al mismo tiempo que el extractor de aire y las luces se apagaban.Así que abrí ligeramente la puerta y al no ver a nadie salí caminando despacio con los pantalones abajo atrás del papel higiénico. A mitad de camino se abre la puerta y aparece el señor de limpieza. Jejeje, sonreí y señalé el piso “el papel” le dije, lo recogí y de inmediato regresé rengueando con los pantalones a la rodilla.

By the way, me pregunto porque a los baños les dejan la parte de abajo abierta?, hay alguna razón para que esto suceda?. He tratado de esbozar algunas respuestas “es para que haya una mejor ventilación”, “es para que aquellos que entran vean que está ocupado”; aunque esto último no del todo es cierto. Recuerdo un día cuando estuve trabajando en un “service” para la Municipalidad de Ate, una urgencia urinaria me hizo buscar el baño que se encontraba en el último piso. Al llegar las puertas de los baños individuales estaban cerradas. Me agacho ligeramente y comienzo a buscar hasta que diviso uno libre, al menos no se veían los zapatos y el pantalón abajo como de los otros cubículos. Intento abrir y estaba cerrado. Lo fuerzo y nada. Como mi necesidad era urgente, me trepo de la parte superior y encuentro al Jefe de Personal sentado de cuclillas sobre la taza del inodoro, “ya pues déjame cagar tranquilo… que quieres que haga si los baños paran sucios” me dijo. Me bajé rápidamente y me fui al parque del frente a buscar algún árbol que me refugie.

Y es que no es justo, uno no se merece a ser maltratado durante una actividad tan importante en la vida como es evacuar los intestinos, muy por el contrario uno debe estar tranquilo relajado, sereno, cómodo, concentrado, porque sino, como dice mi amiga Marina, no se asoma la cabeza de la tortuga.

Un Beso Inesperado

Era uno de esos días en que había amanecido “bajoneado”. Estaba nublado y no había salido el sol para nada. Era esos días en que tenía mucha pereza y el sueño me ganaba. No quería salir para nada, quería seguir durmiendo cansado y no despertar jamás, mismo Emmanuel. Pero como siempre, como cada sábado, antes de anochecer recibí la llamada de mi amigo Carlos, para tomar unos tragos en la noche. Terminó convenciéndome. Acepté acompañarlos a esas reuniones de fin de semana, las que no era necesario tener un motivo para compartir un trago con los amigos y amigas. Los de siempre.

Quizás uno de los motivos de mi estado de ánimo “bajoneado” tenía un nombre “Carolina”. Debo admitir que me gustaba y todo hacía indicar que yo también le gustaba, el problema es que también parecía que le gustaban los demás amigos del grupo y cuanto amigo nuevo se integrara a la mancha. Sentía que me hacía daño al no saber si realmente quería algo conmigo o no. Y no sé porque me hacía un mundo cavilando situaciones sobre si le gustaba, si me aceptaría, si sólo era una percepción mía, errónea o verdadera y luego construía una vida imaginaria con ella en un futuro, hasta que algo o alguien me despertaba.

En esos casos como me ha enseñado la vida, lo mejor es alejarse, quitarse, desaparecer por un buen tiempo y esperar que el tiempo haga su trabajo. Acá no funciona, eso que somos amigos. Que ya pasará, no no, no, nada de eso funciona. Mientras tengas cerca la persona que te gusta no vas a poder safarte de sus encantos. La lejanía es lo mejor. Y cuando tengas la seguridad, sólo cuando la tengas, podrás volver a frecuentarla.

Bueno, yo estaba en esa etapa, en querer alejarme en “dejar de frecuentar amigos en común”, pero “no me acostumbraba no”. Y había aceptado reunirnos una vez más incluida Carolina.

Carolina era lindísima, con una sonrisa permanente en los labios y unos ojos vivaces. De alguna manera había notado que literalmente babeaba por ella y parecía disfrutar verme ir de un extremo a otro en mis emociones y en mi estado de ánimo.

Ese día nos juntamos en casa de Rafael, con Carlos, Oscar. Llegaron otros patas más que la verdad no recuerdo su nombre y no me interesa tampoco recordarlos. Estaban también Karina, Kathy, Zoila y Carolina. Sonaba la música en el equipo. Cada canción que escuchaba lo relacionaba con Carolina. Tocaba en esos momentos “hurt so good” y algunas baladas metal dignas para cortarse las venas. Aunque fácil en ese momento hubiera atracado “sírvame otra copa cantinero” o el “Y hoy lamento haberla amado tanto, que me duele mi pobre corazón” del buen Iván Cruz, cuyos CD’s traen como “bonus track” un cuchillo incluido.

De vez en cuando alguien caleta deslizaba un temita de Guns And Roses y  de inmediato más de uno empezaba a agitar la melena, sobretodo Rafael que llevaba el pelo más largo que todos,  a tal punto que más de una vez lo confundieron en alguna discoteca sacándolo a bailar algún asistente fornido y macetón. La canción sonaba hasta que alguna de nuestras amigas decía “ya pusieron otra vez esa bulla” y sacaba el disco y ponía algún pop de moda.

Así que como andaba con el ánimo en los pisos me acurruqué en un mueble, un poco alejado del tumulto. Escuchando la música con un vaso de chela en la mano.

 A los minutos se acercó Carolina.

- Que pasa contigo? Preguntó.

- Nada -  le dije.

- Anda, que haces ahí, levántate, vamos a conversar con el grupo, a bailar… cuál es tu problema?-

Yo la miraba y me perdía literalmente en sus ojos, mientras le cantaba mentalmente “que mis problemas sabes que se llaman tú”, pero como siempre me acobardaba, me chupaba, me arrugaba, me cohibía su mirada fuerte.

Luego la llamó Zoila con un gesto.

Antes que se vaya le dije.

-       Me voy a descansar arriba mejor-

-       Dónde vas a estar me dijo-

-       En el cuarto de Rafael- respondí con una lucecilla de esperanza

Y ella se marchó coqueta, ensayando algunos pasos en su caminar.

Pasé a su lado y le lancé la última mirada. Una mirada de súplica, de “estoy arriba esperándote, como te espero cada día de mi vida”.

Subí, me tiré a oscuras en la cama, mirando el techo oscuro, con la lejana esperanza que aparezca Carolina. Cuando empezaba a perderme en el reino de Morfeo, escuché la puerta abrirse. Un rayo de luz y una silueta apareció cerca de la puerta.

Simulé estar dormido. Se acercó lentamente y pude sentir los labios de Carolina rozar los míos y besarme tímidamente. Sus cabellos con olor a cigarro cayeron sobre mi cara. Luego salió de puntillas y cerró la puerta suavemente.

Me quedé pensando sin saber que hacer. Me quedé esperando, en vano, que volviera otra vez. Que aparezca, que se ilumine la habitación con su presencia, pero nunca llegó.

Cuando bajé ya no estaba Carolina. Se marchó. Desapareció. Y me quedé con esa espina clavada en el corazón.

Por esos devaneos de la vida nos fuimos alejando y nunca tuve la oportunidad de preguntarle por ese día. De hacerle acordar. No se si no tuve la oportunidad o me acobardé en los pocos días que posteriormente nos vimos. Nunca encontré la situación adecuada para hablarle de ese beso que me subió al cielo. Se me quedó como dicen algunos como “una asignatura pendiente”, como un “libro inconcluso”, “una espina clavada”.

Pero el tiempo, los años se encargan de arreglar todo. No hay mejor médico del corazón que el tiempo. Y nos volvimos a encontrar nuevamente, primero por el correo electrónico, mandándonos mensajes por el facebook y luego por teléfono, conversando.

Hasta un Buendía que me llamó y me dijo para encontrarnos con Karina y Rafael, dos de los amigos que frecuentábamos en esa época. Yo acepté gustoso. Quería verlos después de tiempo y si tuviera la oportunidad, esta vez le preguntaría sin ninguna carga emocional, lo juro, por ese beso. Por el significado de aquella noche. Total tantos años habían pasado que estaba seguro que “no pasaba nada”.

Nos encontramos en el News caffe de San Isidro, me gustó verla después de tanto tiempo, aunque, confieso ahora ya no me gustó tanto físicamente, los años como a todos le habían pasado la factura. Luego llegaron Karina y Rafael y empezamos a conversar de las cosas que hacíamos y todo lo que pasamos juntos. Hasta que Rafael, soltó el tema de la fiesta de aquel día, que prácticamente se había convertido, sin querer, en la fiesta que había marcado la separación del grupo. Nos habíamos alejados por “ene” motivos. Rafael, luego de comentar las juergas y los litros de licor que consumimos ese día, incluyendo los que guardaba su padre en su habitación, dijo:

- Debo confesar Carolina, que tú me gustabas en aquella época-

- Jajaja,- río Karina – eso todos sabían-

-Pero eso fue hace mucho tiempo- dijo Rafael con toda la naturalidad del caso. -Aunque ese día te robé un beso-

- A mi?- preguntó extrañada Carolina- habrás estado borracho, cuando?-

- El día de la fiesta pues, cuando estabas descansando en mi cama-

Y yo que empezaba a hilvanar lo que estaba escuchando y a ponerme incómodo.

-       Estarías borracho Rafaelito, ese día nos fuimos con Karina temprano, yo nunca me eché a descansar en tu cama-

-       Qué no eras tú?. Si a mi Carlos me dijo que habías subido al segundo piso-

-       Habré subido un toque al baño del segundo piso, pero para nada me fui a descansar

-       Entonces a quién carajo besé yo?- preguntó Rafael-

Y Carolina que me mira y vi en sus ojos, como quien ve todos sus recuerdos antes de morir, nuestra conversación de aquel día. Carolina, suelta una risa contenida y me señala.

-       No, no me mires a mi, yo ese día estuve un toque y me fui casi tras de ti- la adelanté antes que dijera algo.

Y Carolina siguió acusándome que yo había estado en el lugar de los hechos ese día y yo por supuesto me negué tantas veces haya sido necesario.

Ese día al llegar a casa corrí al baño a lavarme la boca como diez veces y me hice cinco  enjuagues de listerine, el azul, el más fuerte.

Mis Sacramentos

De niño fui pegado a la religión católica. Hice la primera comunión a los 8 años, me sabía más de 8 oraciones sin contar la oración del ángel de la guarda y la de San Roque (San Roque, San Roque, si me ve que no me toque – aplicable cuando un perro te miraba con ganas de clavar sus caninos en tus canillas). Me confesaba al menos una vez al año y solía ser asistente a las misas dominicales. Recibía la hostia desabrida, sosa, que se pegaba en el paladar, prohibida de meterle diente. Es el cuerpo de Cristo decía mi madre. En un momento luego, cuando nadie veía, me metía el dedo a la boca y disimuladamente la despegaba. Como me quedaba un amasijo blanco en las uñas me limpiaba en el bolsillo del pantalón de gabardina beige que me había cosido mi madre con mucho cariño, para las salidas domingueras.

Asistía, comulgaba y seguía los ritos católicos porque creía. Le creía al cura y a sus sermones aburridos, a los ritos, los procedimientos, las costumbres y chucherías católicas.

Sin embargo pasado los años, los estudios y las lecturas me han convertido en un apóstata, en un renegado, en un Ali Agca, en un ser pernicioso para la religión católica. La vida y la historia me han enseñado que la religión católica no es una religión en la cual confiar. Como dice Fernando Vallejo “es una fiera desdentada, es la puta de Babilonia”, que en estos tiempos ya no tiene la fuerza y los medios para matarnos o quitarnos algo de nuestras posesiones.

¿Por qué condenamos tanto al nazismo (y debe ser justificadamente condenable) si fueron trece años de terror y no hacemos lo mismo con la religión católica que con la inquisición torturó, robó y mató de la manera más atroz por 700 años?. El nazismo al lado de la religión católica es un chancay de a 20. Hitler, que es un ser totalmente despreciable, al lado de Inocencio III (el de las cruzadas), es un bebé de pecho, un cachorro tierno, inocente, desdentado. Después de todo, son la cara de la misma moneda  y que prueba más contundente que aquel pacto firmado entre Hitler y Pío XII.

Pero no nos metamos tanto en historia, me desvié de mis domingos, de mis misas y de mis sacramentos. Fui bautizado a los días de nacido. Creo que fueron 5 días, junto a mi hermano que ya tenía más de año y medio. En una ceremonia sencilla, sin muchos cohetes, de la noche a la mañana, como debe de ser, así entre amigos, a lo Arjona “sé que odias el protocolo hermano mío”. Y así me salvaron de las garras de cualquier pitufo verde que quiera llevarme.

Cuando crecí, como era pegado a la religión católica me matricularon junto a dos hermanos, (para ser más exactos un hermano y una hermana) para dar la primera comunión. Nos tocó en un colegio de barrio. De la periferia. De la zona peligrosa de Pisco. Asistí religiosamente todos los domingos por casi un año. Cuando estaba a punto de culminar le comunicaron a mi madre que no podía dar la primera comunión porque era muy pequeño. Tenía ocho años. Mi madre no aceptó, hizo una pataleta, reclamó al cura, al párroco, al obispo, al arzobispo y al cardenal y finalmente me aceptaron dar la primera comunión. Me pasaron a un aula de los niños de 15 años. Como era fiel creyente me sabía más oraciones que el resto del aula. Y no es que haya sido una mente brillante, sino que como repito, por ser un colegio de la zona peligrosa estaba lleno de pirañas que poco o nada le importaba la primera comunión. Eso me dejó un sinsabor, más aún con el agravante que los catequistas utilizaban los paseos y retiros para pachamanquearse entre ellos .

Debíamos dar la primera comunión con uniforme de colegio, ese de color plomo rata, horrible, con camisa blanca. Pero los recursos de mi madre van más allá de lo evidente y días antes se había conseguido, prestadito nomás, un terno azul marino de un primo que había dado la primera comunión unas semanas atrás. Con mi hermano dimos la primera comunión con el uniforme de colegio pero para las fotos, él se ponía el terno, lo retrataban, se sacaba el terno, me lo ponía yo y me retrataban. Al final lo que vale son las fotos del recuerdo  y mi hermano y yo salimos como se debe, con el terno azul, con su corbatita, con una vela en la mano debidamente decorada con hilos dorados y con un librito con rosario colgando incluido, en la otra.

Para la confirmación, ya me había emancipado. Mis ideas apóstatas estaban en ebullición y por supuesto me negué a cualquier intento de purificarme a través de la confirmación. Es más me volví en un azuzador y más de una vez arranqué de las fauces de la iglesia a algún amigo que ya andaba en las reuniones dominicales para la confirmación. Sus enamoraditas me odiaron y me tildaron de anticristo, cosa que no soy. Ya después es otra historia porque más de uno de ellos se ha casado por iglesia y le hicieron hacer la confirmación a la volada, a lo que salga, a la que chu, una semana antes. Valgan verdades igual la saqué a Janecita, mi esposa del grupo de señoritas del Opus Dei al cual asistía antes de conocerme.

Del matrimonio no hablaré porque ya hay un post, más que extenso de las razones por las cuales no me caso ni me casaría. Como diría el buen Pablo Milanés “yo no te pido que me firmes, diez papeles grises para amar”.

Y “si un día para mi mal viene a buscarme la Parca” como dice Serrat, la pelona como decimos los peruanos, que presumo será en pocos años, y esté convaleciente en mi lecho, inconsciente, sin capacidad de decisión, no pido la unción de los enfermos, moriré con las botas puestas y con mi conciencia tranquila, sabiendo que fui mejor moral y espiritualmente que muchos sacerdotes y que muchos papas, que para colmo de la desfachatez muchos se han hecho y otros tantos se quieren hacer santos.  

Es más me atrevo a darme un diagnóstico de muerte. No moriré del corazón, de infartos, ni por enfermedades relacionadas al aparato respiratorio, ni diabetes, ni hipertensión, menos por gordura. Moriré de alguna de estas tres cosas: cáncer a la lengua, cáncer al estómago o cáncer al colon.

Y que después de este post, no me tilden de un anticristo, de un seguidor de Belzebú, por el contrario creo en Cristo y en una vida después de la muerte. Es más, asistí un tiempo a una iglesia evangélica, para ser más exactos a la iglesia del centro victoria que se encuentra por la avenida La Paz en San Miguel. Como en aquella época de mi juventud usaba el pelo corto, casi rapado y mi anatomía esmirriada más de una vez me confundieron con algunos de los internos en rehabilitación. No podía estar con una bolsita negra porque los microbuseros no me recogían, pensaban que subiría y sacaría mis caramelos para vender y poder ayudar a otros hermanos de la congregación. Luego, una vez más, abandoné la iglesia y no porque me confundieran…, bueno , ok acepto, también, entre otras cosas porque me confundían y porque solía aburrirme en sus reuniones. Recibí también charlas de los Testigos de Jehová, leí literatura de los “hare krishna” y asistí una que otra vez a sesiones del “Mahikari”.

Después de todo, creo yo, nos juzgará por nuestros actos y no por lo que dijimos ser, si recibimos o no los sacramentos, si nos confesamos o no y creo que yo, que he sido una buena persona, hasta ahora por lo menos. Que creen ustedes?.

Cosas de Borrachos

Eran esas épocas entre la adolescencia y la adultez, cuando te encuentras en el límite a punto de cruzar el umbral de la mayoría de edad. A escasos meses de obtener tu ansiado DNI. Ese documentito quete da la llave para hacer lo que mejor mande tu conciencia.

Eran esas épocas también de la academia preuniversitaria y de los famosos exámenes de admisión para alcanzar el tan ansiado ingreso. En mis épocas ingresar a la universidad era difícil. No es como ahora que vas te matriculas y ya estás adentro. O empiezas en el ya famoso“ciclo cero” que es el previo al primer ciclo de tu universidad. En esas épocas te tenías que quemar las pestañas estudiando día y noche, postergar fiestas,juergas, pichangas y cines para pasártela estudiando y poder ingresar.

Ahora no. Ahora desde que estás en el nido te están visitando las universidades, te toman un examen para que pongas las figuras geométricas donde corresponde en un juguete de “Fisher Price” y ya estás adentro. Hasta puedes estudiar y obtener tu grado “a distancia”. Sólo basta inscribirte para el examen que no es más que un mero trámite y ya tienes tu carné de medio pasaje. Te dan una ruma de libros de dudosa categoría,asistes los sábados y listo. En 5 años puedes salir con tu cartón bajo el brazo a engrosar las cifras del censo de sub empleados. Antes, no, antes a distancia sólo se estudiaba para ser “caricaturista” o para ser “fisicoculturista”, al menos esa es la idea que se me quedó grabada cuando veía en las revistas de historietas la promoción que por un depósito de dinero te enviaban las revistas para ejercitar tu cuerpo y terminar siendo un “Charles Atlas”.

Eran esas épocas cuando mi primo Lucho,Luchano le decíamos, después de mucho esfuerzo había logrado ingresar a una prestigiosa universidad a la carrera de contabilidad. Era un buen motivo para celebrar el ingreso y su nueva vida de universitario. Pactamos un día con otros amigos y nos encontramos en su departamento que alquilaba en el centro de Lima. Como apenas nos encontrábamos entre los 17 y 18 años andábamos escasos de dinero.A duras penas pudimos comprar una caja de cervezas que duró poco o menos de una hora. Sobre todo porque después de comprar la deseada caja se aparecieron sus amigos que vivían en los otros departamentos del edificio, cuales camellos recién llegados del desierto se servían como si fueran los cumpleañeros yliteralmente se absorbieron la caja en un santiamén.

Nuevamente pasamos el sombrero recolectando las últimas monedas de los bolsillos y logramos alcanzar cual teletón la meta delos 10 nuevos soles. Por ser altas horas de la noche formamos una comisión y salimos a caminar por el centro de Lima a buscar algún licor que sacie nuestra sed de celebración. Anduvimos en mancha, agrupados, con el valor que te da el alcohol para enfrentar a cualquier malandrín que quiera quitarte las pocas monedas que habíamos podido juntar. Caminamos hasta llegar al jirón RufinoTorrico. Nos agolpamos en una licorería de mala muerte, que por nuestros diez soles nos dieron dos botellas de “cognac” y con el vuelto 5 cigarros.

Regresamos nuevamente envalentonados al departamento a seguir celebrando. Todos esperaban sedientos el licor. Después de abrir la primera botella y al finalizar la primera ronda poco a poco se fueron desapareciendo todos los advenedizos hasta quedar reducido el grupo de celebración a Luchano y sus íntimos. Vale decir Luchano, Toño, Roberto y yo. Nos abandonaron y sospechamos que la calidad del licor tuvo mucho que ver. Más aún que luego de la primera vuelta el famoso “cognac” que habíamos adquirido,perdió la etiqueta y debajo de ésta había una fotocopia que decía “pisco puro”.

De hecho que no le creí a ninguna de las dos etiquetas, pero eso no importaba. Lo que importaba es que estábamos los que teníamos que estar. Los que pasamos días y noches enteras estudiando, celebrando unas pocas veces y ensayando con nuestro grupo las canciones de Metallica, Iron Maiden y Guns and Roses que más que asemejarnos a estos monstruos del rock, sonábamos más bien parecidos a la orquesta del chavo, Kiko y la chilindrina con las ollas, baldes, y matracas.

Quedamos apenas nosotros 4 y seguimos consumiendo ese licor adulterado, que más que fijo ahora pienso debió ser metanol del puro que nos pudo liquidar en ese instante como aquel borrachito que murió en una competencia de libar licor en Huánuco.  Cuando abrimos la botella por primera vez la tapa de plástico salió disparada como esos “champagnes” de las películas y hasta hizo el mismo sonido. Luego apareció un humo blanquecino. Por un momento y como consecuencia de mi borrachera pensé que se iba aparecer la mismísima “mi bella genio”.

Bueno, el hecho es que celebramos como condenados hasta el amanecer, que nos sorprendió sin pensarlo.

Presos ya del estómago que nos pedía alimento, más que por hambre, creo que como mecanismo de defensa para proteger los embates de esa cicuta envuelta en una botella de licor. Bajamos del séptimo piso y nos instalamos en la primera carpa de caldo de gallina que vimos por el mercado central.

 En medio de los agachaditos y de los bohemios que igual que nosotros se habían acomodado en esa carpita buscando algún alimento que elimine esa resaca o sacie el hambre de alguna bajada de algún cigarrillo no convencional.

Bajo esa carpa de rayas gruesas azul con blanco nos sentamos y nos pedimos nuestro caldo de gallina. Ávidos empezamos a devorar el plato, por supuesto con su limoncito y bastante pasto que la “tía” nos prodigaba para nuestro deleite.

Pero Luchano, el pobre Luchano que había tenido que pasar por la prueba del ping pong durante la noche de licor, estaba borracho y su pobre estómago, quizás alterado por el licor “bambeado” que se había inoculado, casi al terminar  el plato de caldo de gallina, no soportó más y lo devolvió todo. Pero el Luchano fue delicado y lo devolvió sutilmente al plato sin hacer mucho roche. Pero estaba tan borracho que siguió tomando el caldo de gallina nuevamente hasta no dejar ni un solo fideo, ni una sola cebollita china en el plato.

Dicen mis amigos que estuvieron presentes aquella mañana, que la “tía” al final, le cobró al pobre Luchano, dos platos.

Los Amigos que Perderé – El Chiri

En “Los amigos que Perderé” hablaré de las muchas personas que tuve el gusto o disgusto de conocer a lo largo de mi vida. Algunas de ellas amigos, otros sólo compañeros de trabajo o estudio o conocidos, cada quien con sus características, sus defectos y virtudes.

Alguna vez hablé de mi amigo Wencel, hoy no sé porque me vino a la mente mi amigo Vicente Chiriboga, quien trabajó conmigo en la Municipalidad de Jesús María. Bueno, yo en ese tiempo trabajaba para un service y él directamente para la Municipalidad.

Y he titulado “Los amigos que perderé” porque probablemente más de uno no querrá seguir siendo mi amigo, después de leer esto.

El Dr. Vicente Chiriboga trabajaba en el área Legal de la Municipalidad de Jesús María, donde yo también por esos devaneos de la vida había ido a parar allí a trabajar de apoyo administrativo, mientras buscaba un mejor lugar donde desarrollarme profesionalmente. Trabajábamos en la misma área por lo que habíamos coincidido en llevar juntos algunos casos de ex trabajadores que entablaban juicio a la municipalidad por algún abuso o despido arbitrario; bueno yo sólo lo apoyaba a través de la disposición de información sobre los trabajadores implicados porque de juicios y derechos sé tanto como química cuántica.

Habíamos formado con otros trabajadores un grupo de amigos compacto y de mutua confianza. Almorzábamos juntos y algunos fines de semana salíamos a algún karaoke o a celebrar algún cumpleaños de uno de nuestros integrantes.

En el grupo habíamos apodado a Vicente Chiriboga como “El Chiri”. Se quedó con ese mote, ya nadie lo llamaba por su nombre. El Chiri era un tipo alto, poco agraciado, dientes amarillos y picados. Parecía poco amigo de la limpieza personal. Cuando se levantaba del asiento dejaba una estela de olor a poto a su paso. Tenía dos hijos y una esposa quien inexplicablemente lo celaba y que con esos actos se convertía, tal vez inconscientemente, en firme defensora del dicho “el amor es ciego”.Sin embargo, si algo hay que reconocer es que El Chiri tenía muy buena labia, de hablar pulcro que contrastaba enormemente con su apariencia física y con un nivel de cultura general muy por encima del promedio. Jugaba muy bien el deporte ciencia y en más de una vez me atreví a retarlo con resultados poco alentadores.A pesar de percibir una remuneración por encima del promedio siempre andaba a las justas, con sólo su pasaje de regreso. Más de una vez le presté un sol para que pueda regresar a casa. Algunas veces traía los pantalones remendados o el cuello de la camisa gastado con algunas hilachas saliendo.Cuando se sentaba cruzaba las piernas y exhibía sus pies jactándose de calzar 45, ¿y si te cortas las uñas? le respondía siempre. Porque más que fijo dentro de esos zapatos se escondían algunos dedos hediondos con uñas amarillentas larguísimas como garras de una arpía.

Si hay algo que me sorprendía, es que este tipo por lo general no almorzaba. Su refrigerio consistía en 2 paquetes de galletas dulces y una gaseosa, y si alguna vez lo vi comer un plato de comida, siempre fue una carne frita, hamburguesa o cualquier otra comida chatarra. Quizás esa alimentación basada en frituras y comidas llenas de grasas saturadas le afectaba el buen funcionamiento de su estómago pues solía ser frecuente visitante de los servicios higiénicos, y como lo mencioné inicialmente era poco amigo de la limpieza personal.Siempre que su sistema digestivo le urgía una evacuación, me decía “voy a pasar un fax”, agarraba unas cuantas normas legales que apilaba en su oficina, las ponía bajo el brazo y acto seguido se dirigía a liberar los intestinos. Literalmente nuestro abogado defensor se cagaba en las leyes.

No sé de cuando, pero uno de esos días empezó a correrse el rumor en la oficina que su esposa del Chiri, no quería tener relaciones sexuales con él, por lo que El Chiri había optado por dar rienda suelta a sus pasiones con una papaya. Esto resultó gracioso e inverosímil y se tejió una serie de historias alrededor de ello, como que su esposa en las noches apagaba la luz, se ponía una papaya con un orificio entre las piernas y le engañaba al Chiri que estaba teniendo relaciones sexuales con ella, incluso por ahí, alguien más agregó que el Chiri, todas las mañanas tomaba de desayuno jugo de papaya.

Pero el Chiri era mi amigo, era muy entretenido conversar con él, sobretodo hacer una especie de competencia de cultura general. Nos entreteníamos tratando de responder las preguntas del fenecido programa “Quien quiere ser millonario”.Las cosas cambiaron cuando el Chiri conoció en una reunión de trabajadores Municipales a una mujer alta de provincia. El quedó impactado como cuando una bala entra directo al corazón, al purito músculo sin rozar ninguna costilla y ella le dió cabida porque él solía decir que era el Asesor Legal de la Municipalidad.El Chiri perdió la cabeza, muchas veces salía del trabajo temprano, abordaba el primer avión a Trujillo sólo para estar con ella un par de horas y regresaba el mismo día a Lima en el vuelo de la noche. Abandonó mujer e hijos y dejó su casa. Ella vino de provincia para casarse con el Asesor Legal.

La última vez que lo vi, lo encontré casi igual que la primera vez, los pantalones remendados, el cuello de la camisa gastado con hilachas que salían. Su primera esposa le había hecho juicio y le quitaba el 60% de su remuneración. Al final de la conversación, me pidió un sol para regresar a casa.

La Muerte de la Abuela

Mi abuela se fue en octubre de 2006. Había vivido casi 91 años. Siempre estuvo sana, sin embargo tuvo una caída, la llevaron a la clínica y le detectaron cáncer. Pasó una semana y falleció. Así de rápido. Yo sólo pienso que no murió de cáncer. Murió porque ya había vivido lo suficiente y había hecho tanto por nosotros y por esta vida que se cansó y decidió partir, directo y sin escalas allá arriba, sin duda. El cáncer sólo fue un pretexto para irse.

 

A veces hay héroes anónimos en esta vida que merecieran estar en algún libro. Mi abuela tuvo siete hijos. Se quedó viuda muy joven con 5 hijos y por si fuera poco crió 3 sobrinos, hijos de un hermano fallecido y 3 ahijados. Luego tuvo 2 hijos más. A veces me pregunto como hizo? Viuda, 5 hijos, 3 sobrinos y 3 ahijados. Cómo hizo para criar a todos, educarlos y darles de comer?. Mi abuela solo cosía, no tenía ni siquiera luz eléctrica y se amanecía trabajando. Me rompo la cabeza pensando y creo que yo ni siquiera tendría los pantalones suficientes para aceptar criar un solo hijo ajeno.

 

Tuve la suerte de vivir con ella. De vivir en su casa. Desde que nací hasta los 16 años en que me mandaron derechito a Lima a seguir estudiando. Fue como una madre más para todos los nietos. Aún recuerdo sus cumpleaños que eran motivo para reunir a toda la familia, todos sus nietos y bailar con ella, obligatoriamente, al ritmo de vals de algún long play ejecutado por la vieja radiola “Emerson” que hasta hoy se aferra a vivir en la sala de su casa.

 

Aún recuerdo cuando con mi hermano solíamos comernos la fruta que ella guardaba para mi abuelo. Mi abuela por supuesto que se daba cuenta que le faltaban algunas manzanas pero nunca nos decía nada y mi hermano y yo creíamos que habíamos cometido el robo perfecto. Recuerdo como si fuera ayer cuando nos comimos con mi hermano una fuente enorme de gelatina que mi abuela había preparado para todos, pero nosotros cual Shaggy y Sccoby devoramos todo y para colmo regresamos la fuente a la refrigeradora. Cuando mi abuela fue a servir a toda la familia no encontró siquiera un trocito. Raspó algunas líneas rojas pegadas a la fuente y alcanzó apenas para un vasito para mi abuelo. Se molestó, pero a los pocos días nuevamente estaba preparando su gelatina o comprando sus frutas e invitándonos sin ningún rencor.

 

Algunas tardes me gustaba sentarme a conversar con ella y revisar los álbumes de fotos antiquísimas, muchas en blanco y negro y escuchar contarme la historia de la familia, de cada extraño que aparecía en las fotos.

 

Recuerdo todas esas cosas mientras me levanto en la mañana. No se porqué pero la noticia pareciera como si no me hubiera afectado. Alisto mi ropa y me dirijo al trabajo para pedir permiso para el día siguiente. Saliendo partiré a Pisco para su velorio y el día de mañana su entierro. Necesito el permiso para estar con mi abuela. Casi todo el día me la he pasado tratando de resolver los pendientes que tengo. No quiero dejar nada incompleto para mañana ni que me estén llamando del trabajo. Y me sorprendo porque estoy tranquilo, leyendo los correos de casi todos mis primos coordinando como vamos a viajar. Los que tienen carro y los que no tienen. Casi todos van a partir temprano. Yo respondo que no puedo. Tengo que terminar el trabajo y recién partiré saliendo. No quiero pedir permiso dos días. Aunque me duele un poco saber que mi abuela cuando yo era un niño hubiera dejado cualquier cosa por estar conmigo, por atenderme.

 

Así que no me queda otra me iré solo en el Soyuz. Termino lo que tengo pendiente, converso con mi jefe inmediato, que también es mi amigo y me ve tan tranquilo y sereno que me dice “ya pues dime la verdad, donde te vas… seguro a trampear y me estás floreando”. Sólo sonrío y le digo que es verdad que al otro día no podré estar en el trabajo.

 

Salgo raudo y me subo al primer ómnibus que encuentro. Estaba cansado. De inmediato recuerdo que estuvo viviendo en Lima tantos años y yo pocas veces las fui a ver. Siempre hubo pretextos. Estaba muy lejos. Al centro de Lima se me hacía pesado ir. Mucho tráfico. Enciendo mi MP3 y mi mente se cansó de buscar alguna justificación y me quedo dormido.

 

Prácticamente casi todo el viaje estuve durmiendo. Cuando llego al velorio ya estaban todos mis primos y pienso lo irónica que es la vida. Si antes el cumpleaños de la abuela era un excelente motivo para encontrarnos todos, hoy era su muerte.

 

Saludo a todos, entro y me acerco al féretro y sólo puedo verla por unos segundos. No era su rostro. Y me sorprendo verme tan fuerte. Mi padre me llama y me presenta tías, tías abuelas, ahijadas de mi abuela que no conozco. Todas que me ven dicen que me parezco increíblemente a mi abuelo. El  padre de mi padre y que muriera sin conocerlo. Todas dicen que me parezco y me saludan. Aunque ya se que la próxima vez que las encuentre no me reconocerán, hasta que le cuenten otra vez la misma historia.

 

Voy donde mis primos que están afuera con una botella de Pisco y conversamos de todo. De nuestra niñez. Nos acordamos de todo lo que pasamos con la abuela. La recordamos alegre, como ella, estoy seguro, quiere que la recuerden. De sus cumpleaños y de los bailes obligatorios a su lado. Y nos acordamos cuando nos comíamos su fruta, su gelatina o cuando la hacíamos llenar todo el crucigrama con cualquier palabra que se nos ocurriera. Nos acordamos cuando mi abuela venía a Lima y compraba colonias por docenas para regalarnos a cada uno de nosotros conforme vayan llegando los cumpleaños. Así, cuando veíamos el regalo del primer cumpleañero, en enero, ya sabíamos que íbamos a recibir cuando llegue el nuestro. La recordamos alegre y nos reímos tanto que alguien tiene que salir y pedir que nos callemos.

 Sin pensar, el cielo había empezado a clarear. Cada quien fue a descansar un rato y a las 10:00 nos volvimos a encontrar. La llevamos en esa carroza grisácea hasta el cementerio de Pisco. No hubo mucha gente. Sólo los más cercanos. Un pequeño discurso de un cura a la entrada del cementerio y luego la llevamos hasta ese agujero en la tierra, previamente preparado. Bajaron el ataúd y recién me cayeron lágrimas que no pude contener. Me cayeron tantas que un señor a quien no conozco me dio una palmada en la espalda y me dijo “hay que ser fuerte”. Yo que me había sorprendido todo este tiempo desde que recibí la noticia, ya no pude más y lloré. Lloré a borbotones. Quizás recién comprendí todo lo que había perdido.

Recuerdos de Colegio

Hoy terminé de forrar los cuadernos de mi hija Lucía. Todos quedaron muy bien, sobretodo porque, vale decir, los cuadernos de hoy, tienen una presentación envidiable. Forré como 14 cuadernos con la cara de Pucca, los Jonas Brothers y Hanna Montana. Lucía los decoró con algunos stickers que venían en el mismo cuaderno y extrajo los posters que traían de regalo para pegar en su cuarto.

Rápidamente mi mente me llevó a aquellos años en los que yo estaba en el colegio y tuve que llevar mis cuadernos populares, todos chiquitos, con la pasta de un mapa del Perú en fondo plomo, con unas hojas más corrientes y amarillas que parecía que alguien con infección urinaria lo había usado de mingitorio.

 

Para mi papá no había otro cuaderno que no sea el popular, claro está por su precio y no por su calidad. Mi hermano, que ya estaba en los últimos años los forraba con papel de regalo y literalmente pasaba piola .

 

Luego, recuerdo que salieron los cuadernos pre-forrados. Eran lo máximo. Mi hermana como no tenía los benditos cuadernos, los forraba con “vinifan” y luego con una plancha ligeramente caliente los pasaba hasta que el forro se adhería. Cabe señalar que a veces se le pasaba la mano y los forros se achicharraban y lejos de quedar como un pre-forrado quedaba como un pre-arrugado.

 

En un año a mi papá se le ocurrió la grandiosa idea de traer unos plásticos que había en su trabajo para usarlos como “vinifan”. Eran unos plásticos mas duros que forrar un cuaderno se convirtió en toda una odisea. No se podían doblar. Las cintas scotch reventaban cuando intentábamos pegarlos. Pero a fuerza de tesón y terquedad (vale decir no teníamos otra cosa con que forrar) terminábamos de forrar todos los cuadernos. El problema venía después. Cuando terminabas de forrar y lo soltabas el cuaderno se despaturraba por el plástico duro que quería regresar a su forma original. La siguiente idea fue ponerle una maleta pesada encima por una par de días para que el plástico se acostumbre a su nueva forma.

 

Después de ese año ya no tuvimos problemas con los forros de los cuadernos porque estos plásticos eran tan duros que sirvieron para el año siguiente y para el siguiente más. Y como ya se habían amoldado a la forma del cuaderno lo sacabas como si fuera una casaca y se lo ponías al otro.

 

Y luego que Lucía  terminó de arreglar sus cuadernos, siguió con los fólderes, para variar, de Hanna Montana, Demi Lovato y de Nick Jonas. Entró a la computadora, se bajó unas carátulas, puso su nombre, las imprimió a color y listo para empezar las clases.

 

Vaya que sencillo, en mi época cada quien tenía que dibujar su carátula. Yo, si se puede decir, me especialicé en eso. Me gustaba dibujar así que agarré una habilidad para hacer mis carátulas y con una regla de letras escribía mi nombre, calculando el espacio y tratando de evitar que alguna letra se salga del dichoso pergamino o agarre uno de los rollitos que le dibujaba a los lados. Algunos amigos por flojera a veces me alcanzaban un par de monedas y les hacía sus carátulas. Así me “recursié” hasta que empezaron a vender las carátulas en las librerías, ya hechas, sólo para poner tu nombre y mi próspero negocio se fue a la quiebra.

 

Y ya que hablamos del colegio, me acuerdo de las famosas “asignaciones” (ahora hacen asignaciones?). Agarraba mi máquina de escribir y me ponía a digitar mi tarea previamente escrita. Pero los errores nunca faltan así que agarraba mi “radex” y le aplicaba a la letra errada. El problema era regresar a la misma línea, por eso a veces me salía algunas letras montadas como si saltaran por encima de la palabra queriendo figurar. Y más aún que la bendita máquina de escribir se había malogrado y no corría la cinta así que con la mano derecha escribía y con la izquierda iba dando vuelta al rollo de cinta. Al final terminaba con un dolor en la yema de los dedos índice y medio de la mano derecha.

 

Luego de digitar unos párrafos dejaba unos espacios para los dibujos que iba hacer posteriormente y más valía no cometer algún error dibujando porque sino tenía que volver a digitar toda la hoja nuevamente.

 

Luego salió el “liquid paper”. El problema es que en esa época aún trabajábamos mucho con el papel “bulky” y el papel “periódico” que eran más prietos que ropa percudida. Cuando le aplicabas el “liquid paper” quedaba una mancha blanca que se podía divisar a kilómetros de distancia.

 

Y si tenía que sacar alguna información tenía que irme a la biblioteca municipal. Cabe indicar que previamente había tenido que hacer mi pago respectivo, llevar mi foto carnet blanco y negro y esperar 20 días para que me entreguen mi dichoso carnet con sus respectivos sellos de tinta y sello de agua infalsificable, que me acreditara como inscrito y me permitiera pedir algunos libros para leer en la sala. Sólo tres por día.

 

Y ya que hablamos de colegio, Lucía va a un colegio particular con piscina y agua temperada, con salones acondicionados, lleva música, arte, danza, natación, etc. No es un “gran colegio” pero al menos, creo yo, cumple con un mínimo de estándar para su educación.

 

En mi colegio de primaria en cambio a las justas tenía un patio central. Cuando quisieron ampliar el colegio se cayó una pared. Se escribía en pizarra con tiza. Para los cambios de hora o anunciar el recreo hacían sonar una campana. No existía cursos de música natación y mucho menos había alguna piscina. A las justas había agua en los baños. Yo me tenía que ir caminando al colegio con mi uniforme plomo y mi portafolios más incómodo. Ida y vuelta. Cuando había “paraca” llegaba más enterrado que el uniforme ya parecía blanco.